—Vanessa, tienes que decirle esta noche que lo amas. Si no se lo dices, nunca lo sabrá. Vuelves a casa dentro de dos días, y el próximo año estarás en la universidad o trabajando… ésta es tu última oportunidad de contarle a Zac cómo te sientes —le exhortó Eleni, la prima mayor de Vanessa.
En ese momento, en algún oscuro lugar de su mente, Vanessa se preguntó por qué Eleni se preocupaba tanto, pero se sintió mezquina y reprimió el pensamiento. ¿Acaso Eleni no había sido su confidente? ¿No la había escuchado hablar de Zac con entusiasmo durante años todas las vacaciones de verano? Eleni sólo la estaba ayudando.
—Pero, Eleni, no lo he visto desde hace mucho tiempo —respondió con la voz insegura por los nervios—. Ahora siempre está en Atenas.
«Y un tanto distante, lo que es algo nuevo en él».
—No importa —contradijo Eleni con vehemencia—. Siempre ha sentido debilidad por ti. Sigue siendo el mismo, la única diferencia es que ahora está forrado.
Vanessa tragó saliva.
«Y se ha hecho un hombre… va a reírse de mí».
—Vamos, Vanessa, no te acobardes ahora.
Ella miró a Eleni. Tenía aquella expresión de impaciencia que siempre le había asustado un poco.
Vanessa asintió nerviosa con la cabeza. El corazón le latía con tal fuerza que parecía que se le iba a salir del pecho. Allí estaba él. Por encima de la cabeza de Eleni podía ver a Zac Efron. Veinticinco años y espectacularmente guapo. Tenía el cabello levemente rizado a la altura del cuello, tal vez algo largo, y de un negro tan intenso, que casi parecía azulado bajo las lámparas. Sus pronunciadas y masculinas facciones eran irresistibles para Vanessa.
Sobrepasaba el metro noventa de estatura, con unas espaldas y unos pectorales formidables. Su cuerpo era atlético y poderosamente masculino. Algunas veces Vanessa se asustaba de lo que sentía cerca de él; era algo que no podía controlar ni tampoco entender plenamente.
Se encontraban en la suntuosa residencia que la familia de Zac poseía justo al lado de la de la abuela de Vanessa, en las colinas que dominan Atenas, donde Vanessa pasaba siempre las vacaciones veraniegas. Cada año, la fiesta con que se despedían del verano en la finca de los Efron era lo más destacado del ambiente social del lugar. La Naviera Efron era una de las compañías más importantes del mundo. Y desde el prematuro fallecimiento de su padre dos años antes, Zac había tomado el control de la empresa.
—Vanessa, te va a ver siempre como una amiga salvo que vayas y hagas algo.
—Ya lo sé —Vanessa estaba angustiada. Volvió la atención a la sala. Nunca había hecho nada tan osado. Normalmente prefería esconderse tras un libro o quedarse soñando en la hamaca situada al fondo del jardín de su abuela. Ni siquiera estaba segura de si quería hacerlo. De pronto vio a Zac cruzar la sala, agarrar una botella de una mesa y desaparecer. Eleni la estaba observando.
—Ness, no le des más vueltas, ahora o nunca. Si no lo intentas te vas a arrepentir toda tu vida. Cuando lo vuelvas a ver ya estará casado y tendrá tres niños…
Aquella idea la hizo sentirse físicamente indispuesta… o quizás era el vino que Eleni no dejaba de ofrecerle para infundirla valor. Eleni sostuvo otra vez el vaso. Vanessa hizo un gesto con su cabeza. Sólo con verlo sentía nauseas. Aquélla era la primera vez que había tomado alcohol y no estaba segura de que le gustara.
—Vamos, Vanessa. ¡Ya!
Impulsada por algo más poderoso que ella, aunque acaso fuera el vino y la sensación de que era el momento, Vanessa avanzó entre la gente como en un sueño. Atravesó la puerta por la que se había marchado Zac y salió al patio. Notó cómo una cálida brisa la acariciaba. Estuvo a punto de volver sobre sus pasos, pero al ver a Eleni en la puerta pensó que no había vuelta atrás.
Al principio no consiguió ver a Zac. Estaba tapado por un árbol cuyas ramas caían hasta las piedras de aquel magnífico jardín. Por fin lo encontró. Se había quitado la chaqueta, y su cuerpo alto y atlético descansaba contra el muro. Vanessa sintió mariposas en el estómago. Su cabeza daba vueltas y sus pensamientos fluían desordenadamente mientras se acercaba a él.
«Es ahora o nunca. Si no lo hago, entonces él nunca sabrá lo que siento». Contuvo la respiración y dio unos pasos hacia donde el árbol dejaba entrever una especie de claro. Ajena a los lejanos sonidos de la fiesta, el corazón le latía apresuradamente. Zac estaba de espaldas, pero ella pudo ver que estaba bebiendo de una botella que tenía en la mano. Debió de hacer algún ruido porque él se giró.
— ¿Quién anda ahí? —Vanessa dio unos pasos hacia él—. Vanessa, ¿eres tú?
—Soy yo —respondió, dejándose ver.
—Deberías volver adentro con los demás —dijo mientras se apartaba.
Se sintió dolida por su evidente deseo de estar a solas, por su rechazo. Entonces, un poco tarde, cayó en la cuenta de que había estado de un humor extraño durante toda la noche, ensimismado, como si le acuciase algún problema, lo que en ese momento resultaba aún más claro.
Habiendo llegado tan lejos, Vanessa hizo oídos sordos y siguió caminando hasta ponerse casi a su lado. La deslumbrante vista de Atenas se extendía a sus pies. Su corazón palpitaba tan deprisa, que se sintió algo mareada.
—Me gustaría quedarme, si no te importa.
Él se encogió de hombros y tomó otro trago de la botella. Vanessa se la arrebató por sorpresa y bebió de ella antes de que él pudiera evitarlo. Tosió y escupió al sentir
cómo el alcohol le quemaba la garganta. Él le dio unas palmaditas en la espalda y la ayudó a sentarse en la parte baja del muro, junto a él. Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro.
— ¿Qué pensabas, que era vino?
Vanessa dejó escapar algunas lágrimas, lo que por un momento la puso nerviosa.
— ¿Qué era eso?
—Ouzo.
Sintió un estremecimiento al darse cuenta de que estaban muy cerca el uno del otro. La musculosa pierna de Zac estaba peligrosamente cerca de la suya. Él puso su abrigo sobre los hombros de Vanessa, y ella tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse, para no cerrar los ojos e inhalar su olor hasta el fondo de los pulmones. Sin moverse, permanecieron sentados en silencio durante unos largos minutos. El ambiente parecía hacerse más denso alrededor de ellos, la tensión aumentaba, y Vanessa se preguntó, cada vez más agitada, qué podía decir, cómo romper aquella atmósfera. Pero Zac se volvió de pronto hacia ella.
—Vanessa… ¿por qué has salido aquí fuera? Deberías regresar, está oscureciendo.
Ella lo miró con una expresión de dolor.
—Yo, sólo… —balbuceó—. No me importa sentarme aquí contigo.
Él dejó escapar una leve protesta.
—Lo siento… no soy la mejor compañía esta noche.
Ella puso una mano en su brazo y lo miró.
— ¿Quieres contarme lo que te preocupa?
Él la estuvo observando durante un buen rato, y a ella se le hizo un nudo en el estómago. Zac parecía estar librando alguna lucha interior. Entonces sucedió. Tomó un mechón del pelo de Vanessa y dejó que se deslizara entre sus dedos. Vanessa se quedó sin respiración.
—El color de tu piel es asombroso, ¿lo sabes?
Vanessa hizo una mueca; no sabía dónde meterse.
—Es horrible. Me ruborizo con demasiada facilidad.
«Y estoy muy gorda», pensó. Cualquier inseguridad emergía a la superficie con demasiada facilidad. Él negó con la cabeza.
—No, lo que pasa es que tienes el color de tu madre. El típico rubor inglés.
—Mi padre dice que por eso se enamoró de ella.
En ese momento algo pasó por la cabeza de Zac, y éste soltó el pelo de Vanessa. El instante mágico se había esfumado. Entonces ella supo que ella ya no tendría valor
para hacerlo. Debería haberlo dejado en paz para que luchase a solas con sus demonios.
—Me vuelvo adentro.
Ella se incorporó, pero dio un traspié. Los brazos de Zac acudieron en su ayuda, apresándola contra su pecho para recuperar el equilibrio. Su deseo de marcharse se desvaneció en aquel instante. Ella tenía las manos contra su poderoso pecho. Podía sentir los latidos regulares. Su aroma la rodeó. Ella elevó los ojos para adentrar su mirada en aquellas profundidades oscuras e impenetrables hasta abandonarse, incapaz de disimular el flagrante deseo que manifestaban sus ojos. Se encontraba inmersa en un mar de sensaciones tan intenso, que había perdido todo sentido de la realidad, del espacio y del tiempo.
Levantó indecisa una mano y con un dedo tembloroso dibujó el sensual contorno de la boca de Zac. Podía sentir la respiración de él contra la palma de su mano.
—Vanessa, ¿qué haces?
Lo miró directamente a los ojos y por primera vez en su vida se sintió valiente, llena de algún tipo de poder femenino desconocido e inexplorado. Sin ser consciente de cómo había reunido el coraje, simplemente repuso:
—Esto —y se levantó, cerró los ojos y presionó con sus cálidos y suaves labios los de él.
Al principio él se quedó estático. Vanessa sintió cómo algo se movía dentro de ella, un intenso y doloroso deseo. Comenzó a albergar una esperanza: él no la apartaba, pero ¿la besaría? Sus labios se movieron tentativamente contra los de él. Entonces, de forma abrupta, su mundo entró en erupción. Él la apartó de un empujón, y Vanessa, mareada por el alcohol, casi se cayó hacia atrás, pero los reflejos de Zac reaccionaron a tiempo para sujetarla.
— ¿Qué demonios crees que estás haciendo?
Él la soltó y, de alguna forma, Vanessa se las arregló para guardar el equilibrio. Un chorro de calor subió hasta su pecho para extenderse por todo su cuerpo, pidiendo a gritos ser liberado.
Pero la forma en que Zac la miraba, horrorizado, lleno de desprecio e incredulidad, la hizo sentirse muy mal.
—Yo… te estaba besando —contestó, vacilante.
—Ya lo sé, Vanessa, no soy tonto —repuso, enojado.
—Lo siento —estaba avergonzada—. No sé qué… —se tropezó, y él la sujetó por los hombros.
—No, Vanessa, dime qué demonios ha pasado. ¿Por qué me besaste?
—Porque… —lo miró: estaba tan hermoso bajo aquella luz crepuscular. Algo la quemaba en su interior, disipando su vergüenza. Tenía que decírselo, y tenía que hacerlo en ese momento—. Lo hice porque… —tragó saliva —te amo, Zac.
— ¿Que tú qué? —él se enderezó. Todo su cuerpo se puso en tensión.
—Yo… te amo.
Ni un movimiento. Vanessa vio cómo la miraba. La sorpresa inicial había dado paso a una expresión de desconcierto y, más tarde, de asco. Zac quitó bruscamente las manos de sus hombros.
—Mira, no sé qué es lo que quieres, Vanessa, pero no me gusta. Esta noche voy a anunciar mi compromiso, y si alguien nos hubiese visto… Maldita sea. Mejor vete, Vanessa.
Su cerebro había oído aquellas palabras, pero no las había registrado. ¿Compromiso? ¿Matrimonio? ¿Pero con quién?
Vanessa sintió unas ganas absurdas de reír, pero enseguida se sintió ridícula. Se puso colorada, como una niña sorprendida, jugando a ser mayor vistiéndose con la ropa de su madre. De pronto fue plenamente consciente de lo poco esbelto de su figura y del vestido que llevaba puesto. Se lo había dejado Eleni, pues con él esperaba aparentar más edad, aunque en realidad le quedaba demasiado apretado. Tenía los labios rígidos y entumecidos, y el cuerpo frío.
—Lo siento, Zac… olvídalo. Olvida lo que ha pasado, olvídate de mí —se volvió y salió corriendo escaleras abajo, hacia el jardín, lejos del patio, lejos de todo. Oyó cómo la llamaba, pero no se paró, y él tampoco la siguió.
Las lágrimas descendían por sus mejillas, y cuando por fin se detuvo, se agachó y no dejó de llorar hasta que se le nubló la vista. Lloró por ser tan ingenua y por haber hecho caso a Eleni. No lograba entender qué le había sucedido. Quizás había sido la luna, o un ataque repentino de locura, o el vino… Qué absurdo haber creído que alguien como Zac Efron iba a fijarse alguna vez en ella, y aún menos que iba a querer besarla. Sintió vergüenza cuando pensó cómo se había lanzado a él. Desde luego, de algo estaba segura: nunca más volvería a tomar ni una gota de alcohol.
Apesadumbrada, Vanessa regresó sobre sus pasos. Para volver a su casa tenía que rodear el palacete de los Efron, y al pasar por la terraza fue incapaz de resistirse a echar un vistazo al interior de la casa. La sala estaba en silencio. La numerosa y elegante concurrencia alzaba sus copas para brindar por la recién anunciada unión de Zac con la impresionante mujer que se encontraba a su lado, Pia Kyriapolous, la célebre modelo. Eran una pareja tan atractiva, que los ojos de Vanessa se humedecieron de nuevo.
Al sentir un golpecito en el hombro, Vanessa se dio la vuelta y vio a Eleni, que la miraba con unos ojos que hablaban por sí solos.
—Ay, Vanessa, lo siento mucho —algo en la forma en que Eleni dijo aquellas palabras hizo que Vanessa se quedase completamente inmóvil.
—Por favor, Eleni, dime que no sabías nada de esto.
—Te hice un favor, Vanessa. ¿Acaso te habrías acercado a él de haberlo sabido?
«Por supuesto que no», pensó Vanessa.
De nuevo se flageló a sí misma por ser tan ingenua, y en ese mismo instante supo que algo había muerto dentro de ella. Se alejó de allí, tanto física como mentalmente. Algo en el rostro de Eleni, algo que nunca había advertido antes, le hizo protegerse. Logró levantar la cabeza, del mismo modo a como se lo había visto hacer a su prima cientos de veces, por lo general cuando Zac estaba cerca, y encogiéndose de hombros, dijo:
—No pasa nada, Eleni. Apenas puedo competir con Pia, ¿verdad? —se las arregló incluso para esbozar una sonrisa—. Pero, como tú dijiste, al menos lo intenté, ¿no?
Y por primera vez en su corta vida, con todo el aplomo de que fue capaz, pasó página como un adulto, y se marchó de la fiesta, dejando atrás a su prima y a Zac.
Cuando Vanessa se levantó a la mañana siguiente, el dolor del pecho no había remitido, y tuvo la horrible sensación de que tal vez todo había sido un sueño, aunque, por supuesto, todo había sido real. Su único consuelo era saber que Zac debía de estar en Atenas y que ella tenía que regresar a Inglaterra al día siguiente. Rogó que Zac se quedara en la capital griega hasta que ella se hubiese ido, y que nadie se enterase jamás de lo que había sucedido. Excepto Eleni, quien, al menos, pensó Vanessa con alivio, no había sido testigo de su humillante fracaso.
Sin embargo, al bajar las escaleras se encontró con una escena de ruido y confusión. Su padre, hablando a gritos, estaba agitando un periódico delante de Zac.
— ¿Cómo pudiste? Confiábamos en ti. Por amor de Dios, sólo tiene diecisiete años. Es poco más que una niña. ¿No tienes suficiente con casarte con una de las mujeres más hermosas de Atenas que tenías que liarte con Vanessa?
Nadie la vio bajar las escaleras.
—He aparecido en las páginas centrales de toda la prensa sensacionalista del país y han hundido mi reputación como hombre de negocios. Gracias a tu hija, mi compromiso está roto.
La madre de Vanessa, que tampoco la había visto bajar, se acercó a Zac y le dio una bofetada. La voz de la madre fue la primera en romper el silencio que siguió:
—Siempre supiste lo que mi hija sentía por ti… Eras como un hijo para nosotros.
Vanessa se detuvo. No podía caminar, estaba paralizada. Sintió unas horribles náuseas. Debió de hacer algún ruido, porque todos se giraron hacia donde ella estaba.
No podía creer lo que acababa de presenciar, aquella violencia, y cómo su madre había expuesto sus más íntimos sentimientos a la vista de todos. Zac le arrebató el periódico de las manos al padre de Vanessa. Al ver aquella expresión de ira y desprecio en su cara, ella quiso salir corriendo.
—Tú… —Zac no pudo continuar la frase.
—Efron, sal de esta casa y no vuelvas nunca —le amenazó el padre.
Zac dio la espalda a Vanessa y se encaró con él.
—Créeme, no quiero volver a veros, a ninguno. Especialmente a ella —le lanzó una mirada tan despreciativa, que ella retrocedió. Luego él abandonó la casa.
Vanessa corrió tras él, desoyendo la llamada de sus padres para que volviera. Zac casi había llegado a la puerta que separaba las dos propiedades.
— ¡Espera, Zac! ¡Espera!
Se paró de forma tan repentina, que casi se dio de bruces con él. Se volvió y, con sus poderosas manos, la agarró de los brazos. La expresión de su rostro ya no parecía de cólera, sino de tristeza. Aquello era si cabe más extraño. Ella intentaba encontrar una explicación.
—Creía que éramos amigos, Vanessa. ¿Por qué lo hiciste? Has arruinado todo… ¿y sólo porque no te quería? —hizo un gesto de desaprobación con la cabeza—. Eras la única persona que no parecía esperar nada de mí. Confié en ti y me tendiste una trampa, contándolo todo.
¿De qué estaba hablando?
—No sé a qué te…
Él la interrumpió con una mirada furiosa y con una mueca de desagrado mientras recordaba el descaro con que lo había besado el día anterior. Si de algo estaba ahora seguro era de que nunca había llegado a conocer de verdad a Vanessa Hudgens, ni tampoco a los padres de ella. La familia de Vanessa había sido como una segunda familia para él y, no obstante, lo habían expulsado de sus vidas, de su casa, como a un perro. Había sido un tonto al confiar en ellos. ¡Pensar que él la había considerado inocente, pura… dulce!
—Has crecido mucho en estos dos últimos años, ¿verdad, Vanessa? Actuaste como las demás. Te enteraste de mi compromiso y pensaste que podías inmiscuirte, que también podías intentarlo.
Tenía una expresión tan dura, que Vanessa no sabía cómo no caía fulminada. Y todavía no había terminado.
—No me gustan las chicas de diecisiete años, y además, no tienes lo que necesito.
Le arrojó el periódico a la cara.
—Ah, y la próxima vez que quieras besar y contarlo, si intentas mantener tu identidad en secreto, es mejor no enviar la copia desde tu propia dirección electrónica. Eres una bruja, Vanessa.
Incapaz de articular palabra, observó con la boca abierta cómo él desaparecía de su vista. ¿Su correo electrónico? ¿Besar y contarlo? Como en una horrorosa pesadilla, miró el periódico que había caído a sus pies. Estaba abierto por una página con una foto en blanco y negro de pésima calidad, como si hubiera sido tomada con la cámara de un teléfono móvil. Pero no había duda de que una de las personas que aparecían en la foto era Zac. El chico de oro del mundo de las compañías navieras. Y la mujer con los brazos alrededor de su cuello, desde luego no era Pia Kyriapolous. La chica de la foto no sería identificable para nadie salvo para aquéllos que la conocieran bien, y era claramente demasiado gordita para ser la famosa modelo. Un titular de escándalo.
¡EL NOVIO! ¡LA NOCHE DEL ANUNCIO DE SU COMPROMISO…!