Ella miró hacia arriba, y sus ojos se toparon con esa profundidad oscura e inconmensurable que le resultaba familiar. Con aquel rostro indescriptiblemente hermoso; un rostro que ella conocía bien, porque había permanecido vivido en su recuerdo. Vanessa se quedó con la boca abierta.
—Zac Efron… —ni siquiera era consciente de que había pronunciado aquel nombre en voz alta. Era como si tuviera que decirlo para saber si lo que estaba viendo era real o sólo un producto de su imaginación. Pero estaba claro que no demasiado real.
— ¿Nos conocemos? —se detuvo y, sorprendido, se giró del todo.
« ¡Es ella! La mujer que he visto antes en la sala», pensó. Pero él la conocía.
La observó con detenimiento. Vanessa hizo un esfuerzo por intentar marcharse.
—Lo siento —se dio media vuelta y, justo cuando creía que podía respirar tranquila después de haberse alejado unos pasos, sintió una fuerte presión en el brazo, y oyó una voz profunda, llena de asombrada incredulidad:
— ¿Vanessa Hudgens?
Ella cerró los ojos. Lo peor acababa de suceder. En ese momento deseó poder seguir caminando y alejarse de allí. La terrible humillación que había sufrido en el pasado perduraba de tal manera en su recuerdo que tuvo que abrir los ojos de nuevo para detener la catarata de imágenes que inundaban su mente. Sin otra opción, finalmente se giró hacia donde él estaba y lo miró.
—Sí —contestó, sin poder descifrar aquel rostro masculino.
Él desvió su mirada de la de ella para observarla nuevamente al detalle.
—Vaya, vaya, vaya. La pequeña Vanessa Hudgens. Cómo ha crecido —hablaba casi para sí—. Tus ojos te delatan; son de un color peculiar, azul y verde. Aunque sólo por eso no creo que te hubiera reconocido. Debes de haberte retocado algo. Si no recuerdo mal, siempre te mostrabas insegura… pero desde luego ha merecido la pena.
Sólo cuando sus ojos se posaron insolentes sobre sus pechos, Vanessa resopló, indignada, aunque, por otro lado, se sintió aliviada, ya que gracias a eso pudo salir del estado de shock en que se encontraba. Finalmente se las arregló para librase de la mano que le agarraba el brazo.
— ¿Cómo te atreves? Claro que no me he retocado nada. Lamento haberme topado contigo, créeme, y estoy segura de que tú también estarás encantado de que me vaya.
—¿Y no sientes haber arruinado mi compromiso hace años… o haber arrastrado mi nombre por toda la prensa amarilla… o haberme humillado públicamente y haber conseguido que me arrojaran de tu casa como si fuera un vulgar ladrón?
Era demasiado esperar que pudiera haberlo olvidado. Sus mejillas se tiñeron de rubor.
Contra su voluntad, Zac tuvo que contener la respiración. Era una mujer magnífica… ¿y cómo lo había transportado de vuelta con tanta facilidad y rapidez a un tiempo que él creía olvidado para siempre?
Zac se sintió impresionado al estar cara a cara con la mujer que le había seducido hacía un instante en aquel mismo salón, por la fuerza que desprendía su belleza vista de cerca y, ahora, por el impacto de saber que ella era Vanessa Hudgens, la chica despechada que casi destrozó su vida. Sólo que ya no era una chica, sino una mujer, una mujer muy sexy, una mujer que le estaba haciendo hervir la sangre de deseo. Era una reacción química instantánea.
Vanessa había abierto la boca en ademán de hablar cuando de pronto apareció una rubia al lado de Zac que le tomó del brazo en evidente indicación de propiedad. ¿Y quién podía culparla? Incluso sin haberlo observado con detenimiento, no había ninguna duda de que era de lejos el hombre más apuesto de cuantos se encontraban allí. Un perfecto y poderoso espécimen de masculinidad, que irradiaba energía sexual por todos los poros de su piel.
Había sido un joven formidable, pero ahora era sencillamente irresistible. Los años habían dado fuerza a su figura, añadiendo madurez a sus facciones, que ahora eran más duras pero no menos atractivas. Poseía un encanto, un carisma sexual que sólo puede dar la edad, la seguridad y la experiencia. Sin embargo, su cabello aún conservaba los rizos que tenía cuando era más joven, lo que tuvo un efecto inquietante en Vanessa. La voz de la otra mujer la devolvió a la realidad.
—Cariño, ¿no vas a presentarnos?
Zac no podía dejar de observar a Vanessa. Una vez más había sido hipnotizado, hasta el punto de ignorar todo lo demás. Él también podía ver que Vanessa estaba confusa, como si los dos hubieran olvidado que se encontraban en un lugar público, rodeados de gente. Pero tenía que atender a Isabelle. Vanessa, no obstante, se adelantó antes de que él pudiera decir nada, dirigiéndose en exclusiva a Isabelle.
—Por favor, discúlpeme. Estoy buscando a una persona y tengo que encontrarla antes de que se vaya. Fue… un placer volver a verte, Zac —dicho lo cual se marchó y se perdió entre la gente.
No le fue nada fácil resistirse al deseo de ir tras ella. El agudo y punzante sentimiento de hastío que Zac había sentido antes ya había desaparecido, como si le hubieran insuflado la energía vital y el deseo que le faltaba. La clase de deseo que no había sentido en mucho, mucho tiempo, el deseo elemental de realizarse por completo. No podía creer que ella hubiese irrumpido de aquella manera en su vida, como una jugosa y suculenta fruta.
No había pensado en ella desde hacía años, y sólo de forma efímera se le había pasado por la cabeza tras retomar la relación con su tío recientemente. De hecho, después de la entrevista con Alexei, se alegró al creer que había superado todo aquello… hasta ahora.
«Vanessa Hudgens». No podía dejar de repetir aquel nombre en su cabeza. ¿Cómo imaginar que sería ella quien avivase las moribundas brasas de su deseo? ¿Cómo imaginar que tendría la oportunidad de hacer algo para vengarse de aquel acto mezquino y despreciable que protagonizó hacía siete años? Un acto cuyas consecuencias fueron más vastas de lo previsible y por el cual nunca tuvo que rendir cuentas a nadie. Curiosamente, y a pesar del tiempo transcurrido, le invadió un renovado sentimiento de rencor e ira.
Esa rabia inicial enseguida se transformó en energía. No podía haber sido más oportuno aquel encuentro con Vanessa. Era el revulsivo que necesitaba. Tenía claro que, de existir algo como el karma, tenía que parecerse a aquello. Estaba dispuesto a no dejar pasar la oportunidad.
Dos días después, Vanessa observó la luz parpadeante del interfono que indicaba el aviso de su secretaria personal.
—Vanessa, Zac Efron está en la línea uno.
Le dio un brinco el corazón. De algún modo, había tratado de convencerse durante las cuarenta y ocho horas anteriores de que en realidad no lo había visto; de que había sido una especie de mal sueño. Intentó decir algo, pero fue incapaz. Haciendo un gran esfuerzo, consiguió liberarse de la inercia que la paralizaba y recuperar el control de su cuerpo.
—Gracias, Cécile. Pásamelo ahora —descolgó el teléfono, presionó el botón correspondiente y respiró hondo—. ¿Hola?
—Vanessa—su voz sonó firme y enérgica.
—Zac —se maravilló de lo tranquila que parecía estar: la procesión iba por dentro. La traicionera llama del deseo que se había encendido al momento de encontrarse con él aún no se había apagado, y eso la asustaba. ¿Qué es lo que quería? Vanessa giró sobre su silla sin prestar atención a la vista de París que se podía contemplar desde su ventana, en un tercer piso.
— ¿Qué puedo hacer por ti, Zac? Estoy segura de que ésta no es una llamada social.
No era normal que el más poderoso magnate naviero del mundo llamara a su pequeña firma anglo-francesa de relaciones públicas.
El ligero acento de su voz acarició el oído de Vanessa.
—Fue toda una sorpresa verte la otra noche. ¿Cuánto tiempo ha pasado, seis años?
—Siete —su respuesta fue demasiado rápida y precipitada. Agarró el teléfono con más fuerza, confiando que él no lo hubiera notado. Lo que dijo a continuación pareció tranquilizarla.
—Sentí mucho lo de tus padres.
Ella estaba cada vez más perpleja. El padre de Vanessa lo había expulsado de su casa, la madre lo había abofeteado y él le había dicho que no quería volver a verla nunca más. Como si le hubiera leído el pensamiento, Zac añadió:
—A pesar de lo sucedido en el pasado, Vanessa, sentí mucho sus muertes.
El impacto que le produjo a Vanessa oír su voz estaba remitiendo.
—Bueno… gracias. ¿Qué… qué puedo hacer por ti, Zac? —repitió ella.
Durante un largo momento, se quedó callado. Ella estaba a punto de volver a repetir la pregunta cuando él, con una tranquilidad impresionante, respondió:
—Quiero que cenes conmigo esta noche.
Vanessa apartó un segundo el teléfono del oído y lo miró, asombrada. Estaba segura de que Zac quería algo. No era lógico que alguien como él quisiera cenar con ella. Era una persona que viajaba por todo el mundo en su jet privado, firmando contratos de miles de millones de dólares, que se reunía con jefes de estado y salía con lo que parecía una lista interminable de modelos y actrices, como Isabelle Zolanz. Estaba claro que alguien así no saldría a cenar con nadie a quien despreciara, especialmente si ese alguien había arruinado su oportunidad para tener un matrimonio feliz, e incluso, según contaban algunos, la posibilidad de una importante fusión empresarial con la compañía naviera de la familia de la novia, aunque ese detalle no podía confirmarlo. Cuando sucedió todo, Vanessa había intentado mantenerse alejada de lo que la prensa decía sobre el escándalo, y en Inglaterra, al menos, el tema no había estado tan presente en las noticias.
—No sé por qué, pero en realidad creo que no quieres, Zac.
—En absoluto, Vanessa, sí que quiero. Me gustaría charlar contigo, ponernos al día después de todo este tiempo —repuso él, con extremada facilidad, como si hubiera anticipado la respuesta de Vanessa.
Ella se sintió algo mareada. Aquello tenía que ser una broma de mal gusto. Estaba jugando con ella.
—Zac, no quiero salir a cenar. En su momento dijiste que no querías volverme a ver.
—Bueno, he cambiado de parecer.
— ¿Por qué? —le preguntó en un tono casi suplicante.
—Digamos que me debes al menos esto, ¿no crees?
Vanessa cerró los ojos. ¿Qué podía decir? Desesperada, pensó en cualquier excusa, pero como si él estuviera leyéndole el pensamiento, su envolvente voz se dejó oír al otro lado del hilo telefónico:
—Tuve una agradable conversación con tu ayudante. Fue de gran ayuda al informarme lo despejada que tenías la agenda esta noche.
Vanessa maldijo en silencio a Cécile. Ya no podía contener esa parte de sí misma que se moría de curiosidad, que quería aceptar la invitación.
No tenía ningún pretexto para rehusarla, y seguir luchando era invitarle a continuar una conversación que podría llevarlos donde ella no quería ir.
—Parece que no tengo elección —dijo con desgana—. Termino de trabajar hacia las seis de la tarde. ¿Cuándo te vendría bien?
—He reservado una mesa a las ocho en el Hotel Crillon, en la Plaza de la Concordia. ¿Te recojo… o envío a mi chófer?
Vanessa pensó en su pequeño piso en el barrio de Marais y se apresuró a responder:
—No, no hay necesidad. Nos encontramos allí.
—Como quieras. A las ocho, entonces. Te esperaré en el bar.
lunes, 10 de enero de 2011
sábado, 1 de enero de 2011
cap 1
El hotel Ritz, París, siete años después
Zac Efron estaba aburrido. Era como si una nube negra hubiese surgido de su propio interior cubriéndolo todo. No parecía darse cuenta de la opulencia que lo rodeaba. Era uno de los hombres más ricos del mundo y estaba hospedado en uno de los hoteles más lujosos. No prestaba atención a lo que se decía sobre él, y los halagos y las exageraciones le dejaban indiferente. De hecho, estaba acostumbrado a ellos desde hacía años, pero nunca les hizo demasiado caso, ya que nunca necesitó de la aprobación de los demás.
¡Es tan apuesto… tan joven! El magnate naviero más exitoso desde Onassis… Es aún más rico… El soltero más deseado…
Los constantes murmullos que le seguían a todas partes sólo aumentaban su tedio. Había alcanzado la cumbre del éxito; un lugar deseado por muchos, pero reservado sólo a unos pocos. Y lo había logrado con esfuerzo y trabajo, lo que aún era más satisfactorio. ¿Pero eso era todo? ¿Cómo podía sentirse así cuando tenía todo por lo que había luchado, cuando una palabra o una orden suya podían influir en el rumbo de la economía mundial? Y si eso no era lo que quería, entonces, ¿qué diablos era? De pronto le llegaron los ecos de un recuerdo lejano, de un viejo sueño desvanecido.
Entonces sintió cómo alguien le tocaba el brazo. No se trataba precisamente de un contacto suave, sino posesivo; de un contacto que le sacó de sus pensamientos para devolverle a la sala, a la mujer que tenía a su lado. Estaba considerada como una de las mujeres más atractivas del mundo y era la última en una larga lista de mujeres del mismo estilo que habían pasado por su brazo y por su cama.
—Cariño.
Estaba irritado, pero desgraciadamente las normas de la buena educación le impedían ignorarla. Se volvió hacia ella y le dirigió una sonrisa forzada al tiempo que se fijaba en el rubio platino de su pelo, que de repente le pareció demasiado chillón, en la cara excesivamente maquillada, en los destellos de avaricia que desprendían sus ojos. Al darse cuenta de que ya no la encontraba atractiva, en ese mismo momento tomó una decisión.
Isabelle Zolanz aún no lo sabía, pero estaba a punto de salir de su vida. Sintió cierto alivio por primera vez en varias semanas. La emoción de saber que sería libre de nuevo le ayudó a paliar aquel terrible aburrimiento. No deseaba pasar ni un minuto más con ella. De hecho, en ese mismo instante decidió llevarla a su casa para romper con ella.
Justo cuando estaba a punto de hablar, algo le llamó la atención. La sala estaba abarrotada, y en el pasillo, al otro lado de la misma, se encontraba una mujer. Era obvio que acababa de llegar. Estaba de puntillas, con el cuello estirado en busca de alguien. Durante un instante, cesó todo ruido en la sala. Él no podía apartar sus ojos de aquella mujer; se le puso la piel de gallina. El bullicio volvió enseguida.
Ella era extraordinariamente cautivadora, pero lo era de un modo que no podía explicar. Desde luego, no se trataba de una supermodelo, pero tenía algo que despertaba su interés. Era sólo de estatura mediana, pero bien proporcionada. Tenía una buena figura, quizás demasiado voluptuosa para su gusto, pero sentía hacia ella una atracción primitiva. El sencillo vestido negro con escote en uve atrajo su mirada a la cintura y a las curvas de sus pechos. Sobre el escote, una piedra preciosa pendiente de un colgante desprendía destellos al roce de la luz.
Zac se vio sorprendido por un irresistible deseo de dirigirse hacia ella, tomarla de la mano y conducirla fuera de allí para comprobar si aquella piel era tan suave y sedosa como prometía. El impulso era tan intenso, que notó cómo los pies se le movían en dirección a esa mujer. Quería tocar el lugar donde descansaba la joya. Y tuvo que admitir, contra su voluntad, pues no se consideraba una persona posesiva, que quería apartarla de los otros hombres que también se habían dado cuenta de su llegada. Ella era como un soplo de aire fresco en una habitación cerrada.
Su piel era muy blanca. El rostro, de facciones marcadas, tenía unos pómulos bien definidos y unos ojos almendrados ligeramente separados. Quería acercase para verlos de cerca y averiguar su color. El pelo, con mechas de color miel, caía suavemente ondulado sobre sus hombros, y el flequillo, peinado hacia un lado, unas veces escondía y otras dejaba al descubierto los enigmáticos destellos de sus ojos.
El la siguió con la mirada mientras ella caminaba con un ligero y femenino contoneo de caderas. La curva interior de su espalda y aquellos bien torneados glúteos provocaron en Zac una súbita excitación que sus pantalones apenas podían disimular.
Estaba aún absorto en la contemplación de esa mujer cuando, al notar que alguien le tiraba del brazo, casi se sacudió de encima la mano responsable. Y sólo entonces recordó dónde estaba y con quién. Se sintió aturdido. Durante unos segundos en los que se había olvidado de todo, se había quedado como en trance. Había algo en aquella mujer, algo que era incapaz de precisar. De alguna manera le resultaba familiar, como si la conociera o la hubiera visto antes en otro lugar…
Haciendo un gran esfuerzo, apartó de ella su mirada y se fijó de nuevo en Isabelle. En su rostro se dibujó una suave sonrisa mientras recordaba cómo hacía sólo unos instantes había querido marcharse. Después de aquello, ahora la belleza de Isabelle era incluso más discordante.
—Perdóname —murmuró él—. Mañana tengo una reunión importante a primera hora. ¿Te importaría que nos fuéramos?
—En absoluto, cariño. Voy al guardarropa a recoger el abrigo —ella sonrió y apretó su brazo, creyendo desacertadamente que él deseaba quedarse a solas.
Zac no sintió ningún remordimiento por lo que estaba a punto de hacer. Una mujer como Isabelle Zolanz estaba acostumbrada a hombres como él. Él, por su parte, disfrutaba de la emoción de la conquista, pero últimamente, para ser francos, perdía el interés enseguida.
De forma inconsciente buscó a la otra mujer, pero ya había desaparecido. Hizo una ligera mueca. Después de todo, probablemente era lo mejor. Por muy hermosa
que fuera una mujer, y aquélla tampoco era tan bella, sabía demasiado bien que construir castillos en el aire siempre terminaba en decepción. Eran todas iguales. En los ambientes en que se movía, no encontraba otro tipo de mujer. Sexo y dinero, eso era todo. Claro que él se manejaba en ese entorno a la perfección, tanto en la cama como fuera de ella.
Sin embargo, le surgió una duda: ¿estaba listo para ser libre de nuevo? Tener una amante le proporcionaba cierta protección, un respiro de los cansinos intentos de otras mujeres para llamar su atención. Entonces frunció el ceño. En realidad necesitaba a una mujer a su lado… pero también necesitaba algo más.
Vanessa se abrió paso entre la multitud. Estiró el cuello, buscando a su tío. Cuando finalmente lo localizó, se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Lo siento, Alexei, me entretuve con el trabajo.
—No importa, cielo. Deja que te invite a tomar algo.
A Vanessa le pareció que su tío estaba algo nervioso. Hablaba de forma acelerada y evitaba su mirada.
—Alexei…
De pronto, él la empujó detrás de una planta e intentó ocultarla con su cuerpo.
— ¿Alexei…? —susurró Vanessa. Sabía que su tío era un tanto dado al teatro, pero aquello era ridículo. Estaba actuando como si estuvieran en una mala película de espías—. ¿Qué diablos te sucede? —ella dibujó una amplia sonrisa y le susurró al oído—: ¿Nos estamos escondiendo de tu amante?
Él se volvió.
—Vanessa Hudgens, tú sabes que yo nunca me fijaría en otra mujer.
—Estoy bromeando —le puso la mano en el hombro en un gesto tranquilizador—, pero estás actuando de forma muy extraña. ¿Crees que puedo dejar de ocultarme detrás de esta planta?
Él se puso pálido. Vanessa no pudo disimular un gesto de preocupación.
— ¿Qué ocurre? Me estás asustando.
—Vanessa —la miró de nuevo y se aflojó la corbata—. Alguien está aquí… alguien que no has visto en mucho tiempo… alguien…
— ¿Quién? —preguntó ella, algo irritada.
Su tío evitó responder la pregunta.
—Intenté llamarte al teléfono móvil hace un instante, pero no conseguí comunicar, y luego me entretuvieron y no pude impedir que entraras antes de…
Ella intentó ser razonable y paciente.
— ¿Antes de qué? Alexei, ¿por qué no querías que entrase? —vio cómo su tío tragaba saliva.
—Porque… bueno, porque… Zac Efron está aquí.
«Zac Efron», repitió ella para sí.
El ruido de la sala se convirtió en un zumbido en los oídos de Vanessa. Apenas era consciente de cuanto la rodeaba. Notó cómo se le paralizaban los brazos y las piernas. Se le habría caído el vaso de no ser porque su tío lo atrapó a tiempo.
«Zac Efron». Sólo era un nombre, se dijo a sí misma. Sólo un nombre, asociado a alguien muy famoso, muy rico, muy atractivo y muy influyente. Alguien que pertenecía a un mundo completamente distinto al suyo. Y, no obstante, era un nombre imposible de olvidar; el nombre de alguien que una vez había formado parte de su vida, casi como un miembro más de su familia. Nunca se hubiera imaginado que tendría que encontrarse de nuevo con aquel hombre. Y ahora él estaba allí, en algún lugar, tal vez a tan sólo unos pasos. Se sintió atenazada por el pánico. Su tío, que la tenía sujeta por las manos, la estaba mirando. Ella, completamente pálida, hizo un esfuerzo por regresar a la realidad.
—Vanessa, cariño, lo siento mucho. La cosa es que no puedes estar aquí. Si él te ve…
Ella asintió, despacio, sin ni siquiera estar segura de por qué lo hacía, fijándose únicamente en las palabras: «si él te ve». No quería imaginarse ni por un instante cómo podría ser su reacción, ni qué aspecto tendría ahora, visto en persona.
Se sentía consternada por no sentir, simplemente, una curiosidad razonable, por darle excesiva importancia al hecho de coincidir en el mismo lugar con él y por preocuparse tanto de si se encontrarían cara a cara. Estaba sorprendida y asustada por la intensidad de su propia reacción, por la emoción a flor de piel después de todo el tiempo transcurrido. Nunca se había imaginado que todo aquello siguiera aún latente.
«Sólo fue un beso, por el amor de Dios», pensó, poco más que un beso. Sin embargo, había conducido a mucho más. Vanessa se enojó consigo misma por no haberlo superado, pero entonces recordó con un repentino malestar que sin su estúpida intervención Zac nunca habría roto su compromiso con la mujer que amaba. ¿Cómo podría él haber olvidado que ella había sido la responsable del fracaso del llamado matrimonio de la década?
Su tío estaba cada vez más inquieto.
—Vanessa, no te había querido decir nada hasta ahora porque temía que te fuera a disgustar. He vuelto a hacer negocios con él, aunque sólo después de que tus padres murieran, claro está. Ya sé que tu padre no lo habría aprobado, pero tenía que hacerlo. No tenía a nadie a quien recurrir, y cuando me concedió una cita… —soltó una breve carcajada nerviosa—. ¡A mí! Una cita. Parece que está dispuesto a olvidar el pasado, conmigo al menos. Ahora bien, de haberse tratado de tu padre, habría sido muy diferente… —se dio cuenta de que empezaba a tartamudear, y sujetó con más fuerza las manos de Vanessa—. Pero si te viera…
Su tío se refería, claro está, al escándalo que sacudió Grecia durante semanas. La prensa se había cebado en la historia de Zac Efron, aprovechándose de la joven hija del amigo de la familia. Justo cuando él estaba a punto de comprometerse con Pia Kyriapolous. Y aunque Vanessa había hecho todo lo que estaba en su mano por defenderlo, nadie la había escuchado. Era demasiado golosa la tentación de representarlo como un villano y a ella como una pobre víctima inocente. Más inútil aún había sido el intento de Vanessa por demostrar su propia inocencia en relación a la foto y a la historia que contaba la prensa. Sólo recientemente ella había descubierto quién había sido el verdadero culpable de todo. Por supuesto, la polémica se había evaporado hacía mucho. Además, desde la muerte de su abuela al verano siguiente, Vanessa sólo había regresado a Grecia en un par de ocasiones, y nunca se había vuelto a topar con Zac.
El exagerado miedo de su tío la trajo de vuelta a la realidad. Sin duda, estaba preocupado de que todo su negocio se fuera a pique si Zac Efron la veía y decidía vengarse.
—Alexei, de veras, no me importa qué tengas con él. Mira, yo me voy. Créeme, tengo tan pocas ganas de verlo como él debe de tenerlas de verme a mí. «Mentirosa. Te encantaría ver cómo ha cambiado después de todo este tiempo», pensó. El pulso se le aceleró con sólo pensarlo. Estaba a punto de abrirse la caja de Pandora, y Vanessa no podía hacer nada para impedirlo. Tenía que salir de allí lo antes posible, así que dio un beso a su tío en la mejilla y se despidió.
—Te llamaré mañana, así podremos hablar con más tranquilidad.
Él asintió con alivio, y Vanessa salió deprisa, con la cabeza gacha, sin mirar a izquierda o derecha, atenta sólo a abrirse paso entre la gente.
Casi en la puerta, tuvo que evitar a una camarera que llevaba una bandeja llena, y se chocó con la espalda de alguien. Ambos se giraron, y Vanessa reconoció con espanto a un hombre muy alto y fuerte, con el cabello negro y rizado a la altura del cuello. Se le puso la piel de gallina y se preguntó cómo no había sido capaz de presentir el peligro. Al contrario, parecía que alguna fuerza maligna la había empujado directamente hacia la boca del lobo. Estaba paralizada.
Zac Efron estaba aburrido. Era como si una nube negra hubiese surgido de su propio interior cubriéndolo todo. No parecía darse cuenta de la opulencia que lo rodeaba. Era uno de los hombres más ricos del mundo y estaba hospedado en uno de los hoteles más lujosos. No prestaba atención a lo que se decía sobre él, y los halagos y las exageraciones le dejaban indiferente. De hecho, estaba acostumbrado a ellos desde hacía años, pero nunca les hizo demasiado caso, ya que nunca necesitó de la aprobación de los demás.
¡Es tan apuesto… tan joven! El magnate naviero más exitoso desde Onassis… Es aún más rico… El soltero más deseado…
Los constantes murmullos que le seguían a todas partes sólo aumentaban su tedio. Había alcanzado la cumbre del éxito; un lugar deseado por muchos, pero reservado sólo a unos pocos. Y lo había logrado con esfuerzo y trabajo, lo que aún era más satisfactorio. ¿Pero eso era todo? ¿Cómo podía sentirse así cuando tenía todo por lo que había luchado, cuando una palabra o una orden suya podían influir en el rumbo de la economía mundial? Y si eso no era lo que quería, entonces, ¿qué diablos era? De pronto le llegaron los ecos de un recuerdo lejano, de un viejo sueño desvanecido.
Entonces sintió cómo alguien le tocaba el brazo. No se trataba precisamente de un contacto suave, sino posesivo; de un contacto que le sacó de sus pensamientos para devolverle a la sala, a la mujer que tenía a su lado. Estaba considerada como una de las mujeres más atractivas del mundo y era la última en una larga lista de mujeres del mismo estilo que habían pasado por su brazo y por su cama.
—Cariño.
Estaba irritado, pero desgraciadamente las normas de la buena educación le impedían ignorarla. Se volvió hacia ella y le dirigió una sonrisa forzada al tiempo que se fijaba en el rubio platino de su pelo, que de repente le pareció demasiado chillón, en la cara excesivamente maquillada, en los destellos de avaricia que desprendían sus ojos. Al darse cuenta de que ya no la encontraba atractiva, en ese mismo momento tomó una decisión.
Isabelle Zolanz aún no lo sabía, pero estaba a punto de salir de su vida. Sintió cierto alivio por primera vez en varias semanas. La emoción de saber que sería libre de nuevo le ayudó a paliar aquel terrible aburrimiento. No deseaba pasar ni un minuto más con ella. De hecho, en ese mismo instante decidió llevarla a su casa para romper con ella.
Justo cuando estaba a punto de hablar, algo le llamó la atención. La sala estaba abarrotada, y en el pasillo, al otro lado de la misma, se encontraba una mujer. Era obvio que acababa de llegar. Estaba de puntillas, con el cuello estirado en busca de alguien. Durante un instante, cesó todo ruido en la sala. Él no podía apartar sus ojos de aquella mujer; se le puso la piel de gallina. El bullicio volvió enseguida.
Ella era extraordinariamente cautivadora, pero lo era de un modo que no podía explicar. Desde luego, no se trataba de una supermodelo, pero tenía algo que despertaba su interés. Era sólo de estatura mediana, pero bien proporcionada. Tenía una buena figura, quizás demasiado voluptuosa para su gusto, pero sentía hacia ella una atracción primitiva. El sencillo vestido negro con escote en uve atrajo su mirada a la cintura y a las curvas de sus pechos. Sobre el escote, una piedra preciosa pendiente de un colgante desprendía destellos al roce de la luz.
Zac se vio sorprendido por un irresistible deseo de dirigirse hacia ella, tomarla de la mano y conducirla fuera de allí para comprobar si aquella piel era tan suave y sedosa como prometía. El impulso era tan intenso, que notó cómo los pies se le movían en dirección a esa mujer. Quería tocar el lugar donde descansaba la joya. Y tuvo que admitir, contra su voluntad, pues no se consideraba una persona posesiva, que quería apartarla de los otros hombres que también se habían dado cuenta de su llegada. Ella era como un soplo de aire fresco en una habitación cerrada.
Su piel era muy blanca. El rostro, de facciones marcadas, tenía unos pómulos bien definidos y unos ojos almendrados ligeramente separados. Quería acercase para verlos de cerca y averiguar su color. El pelo, con mechas de color miel, caía suavemente ondulado sobre sus hombros, y el flequillo, peinado hacia un lado, unas veces escondía y otras dejaba al descubierto los enigmáticos destellos de sus ojos.
El la siguió con la mirada mientras ella caminaba con un ligero y femenino contoneo de caderas. La curva interior de su espalda y aquellos bien torneados glúteos provocaron en Zac una súbita excitación que sus pantalones apenas podían disimular.
Estaba aún absorto en la contemplación de esa mujer cuando, al notar que alguien le tiraba del brazo, casi se sacudió de encima la mano responsable. Y sólo entonces recordó dónde estaba y con quién. Se sintió aturdido. Durante unos segundos en los que se había olvidado de todo, se había quedado como en trance. Había algo en aquella mujer, algo que era incapaz de precisar. De alguna manera le resultaba familiar, como si la conociera o la hubiera visto antes en otro lugar…
Haciendo un gran esfuerzo, apartó de ella su mirada y se fijó de nuevo en Isabelle. En su rostro se dibujó una suave sonrisa mientras recordaba cómo hacía sólo unos instantes había querido marcharse. Después de aquello, ahora la belleza de Isabelle era incluso más discordante.
—Perdóname —murmuró él—. Mañana tengo una reunión importante a primera hora. ¿Te importaría que nos fuéramos?
—En absoluto, cariño. Voy al guardarropa a recoger el abrigo —ella sonrió y apretó su brazo, creyendo desacertadamente que él deseaba quedarse a solas.
Zac no sintió ningún remordimiento por lo que estaba a punto de hacer. Una mujer como Isabelle Zolanz estaba acostumbrada a hombres como él. Él, por su parte, disfrutaba de la emoción de la conquista, pero últimamente, para ser francos, perdía el interés enseguida.
De forma inconsciente buscó a la otra mujer, pero ya había desaparecido. Hizo una ligera mueca. Después de todo, probablemente era lo mejor. Por muy hermosa
que fuera una mujer, y aquélla tampoco era tan bella, sabía demasiado bien que construir castillos en el aire siempre terminaba en decepción. Eran todas iguales. En los ambientes en que se movía, no encontraba otro tipo de mujer. Sexo y dinero, eso era todo. Claro que él se manejaba en ese entorno a la perfección, tanto en la cama como fuera de ella.
Sin embargo, le surgió una duda: ¿estaba listo para ser libre de nuevo? Tener una amante le proporcionaba cierta protección, un respiro de los cansinos intentos de otras mujeres para llamar su atención. Entonces frunció el ceño. En realidad necesitaba a una mujer a su lado… pero también necesitaba algo más.
Vanessa se abrió paso entre la multitud. Estiró el cuello, buscando a su tío. Cuando finalmente lo localizó, se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Lo siento, Alexei, me entretuve con el trabajo.
—No importa, cielo. Deja que te invite a tomar algo.
A Vanessa le pareció que su tío estaba algo nervioso. Hablaba de forma acelerada y evitaba su mirada.
—Alexei…
De pronto, él la empujó detrás de una planta e intentó ocultarla con su cuerpo.
— ¿Alexei…? —susurró Vanessa. Sabía que su tío era un tanto dado al teatro, pero aquello era ridículo. Estaba actuando como si estuvieran en una mala película de espías—. ¿Qué diablos te sucede? —ella dibujó una amplia sonrisa y le susurró al oído—: ¿Nos estamos escondiendo de tu amante?
Él se volvió.
—Vanessa Hudgens, tú sabes que yo nunca me fijaría en otra mujer.
—Estoy bromeando —le puso la mano en el hombro en un gesto tranquilizador—, pero estás actuando de forma muy extraña. ¿Crees que puedo dejar de ocultarme detrás de esta planta?
Él se puso pálido. Vanessa no pudo disimular un gesto de preocupación.
— ¿Qué ocurre? Me estás asustando.
—Vanessa —la miró de nuevo y se aflojó la corbata—. Alguien está aquí… alguien que no has visto en mucho tiempo… alguien…
— ¿Quién? —preguntó ella, algo irritada.
Su tío evitó responder la pregunta.
—Intenté llamarte al teléfono móvil hace un instante, pero no conseguí comunicar, y luego me entretuvieron y no pude impedir que entraras antes de…
Ella intentó ser razonable y paciente.
— ¿Antes de qué? Alexei, ¿por qué no querías que entrase? —vio cómo su tío tragaba saliva.
—Porque… bueno, porque… Zac Efron está aquí.
«Zac Efron», repitió ella para sí.
El ruido de la sala se convirtió en un zumbido en los oídos de Vanessa. Apenas era consciente de cuanto la rodeaba. Notó cómo se le paralizaban los brazos y las piernas. Se le habría caído el vaso de no ser porque su tío lo atrapó a tiempo.
«Zac Efron». Sólo era un nombre, se dijo a sí misma. Sólo un nombre, asociado a alguien muy famoso, muy rico, muy atractivo y muy influyente. Alguien que pertenecía a un mundo completamente distinto al suyo. Y, no obstante, era un nombre imposible de olvidar; el nombre de alguien que una vez había formado parte de su vida, casi como un miembro más de su familia. Nunca se hubiera imaginado que tendría que encontrarse de nuevo con aquel hombre. Y ahora él estaba allí, en algún lugar, tal vez a tan sólo unos pasos. Se sintió atenazada por el pánico. Su tío, que la tenía sujeta por las manos, la estaba mirando. Ella, completamente pálida, hizo un esfuerzo por regresar a la realidad.
—Vanessa, cariño, lo siento mucho. La cosa es que no puedes estar aquí. Si él te ve…
Ella asintió, despacio, sin ni siquiera estar segura de por qué lo hacía, fijándose únicamente en las palabras: «si él te ve». No quería imaginarse ni por un instante cómo podría ser su reacción, ni qué aspecto tendría ahora, visto en persona.
Se sentía consternada por no sentir, simplemente, una curiosidad razonable, por darle excesiva importancia al hecho de coincidir en el mismo lugar con él y por preocuparse tanto de si se encontrarían cara a cara. Estaba sorprendida y asustada por la intensidad de su propia reacción, por la emoción a flor de piel después de todo el tiempo transcurrido. Nunca se había imaginado que todo aquello siguiera aún latente.
«Sólo fue un beso, por el amor de Dios», pensó, poco más que un beso. Sin embargo, había conducido a mucho más. Vanessa se enojó consigo misma por no haberlo superado, pero entonces recordó con un repentino malestar que sin su estúpida intervención Zac nunca habría roto su compromiso con la mujer que amaba. ¿Cómo podría él haber olvidado que ella había sido la responsable del fracaso del llamado matrimonio de la década?
Su tío estaba cada vez más inquieto.
—Vanessa, no te había querido decir nada hasta ahora porque temía que te fuera a disgustar. He vuelto a hacer negocios con él, aunque sólo después de que tus padres murieran, claro está. Ya sé que tu padre no lo habría aprobado, pero tenía que hacerlo. No tenía a nadie a quien recurrir, y cuando me concedió una cita… —soltó una breve carcajada nerviosa—. ¡A mí! Una cita. Parece que está dispuesto a olvidar el pasado, conmigo al menos. Ahora bien, de haberse tratado de tu padre, habría sido muy diferente… —se dio cuenta de que empezaba a tartamudear, y sujetó con más fuerza las manos de Vanessa—. Pero si te viera…
Su tío se refería, claro está, al escándalo que sacudió Grecia durante semanas. La prensa se había cebado en la historia de Zac Efron, aprovechándose de la joven hija del amigo de la familia. Justo cuando él estaba a punto de comprometerse con Pia Kyriapolous. Y aunque Vanessa había hecho todo lo que estaba en su mano por defenderlo, nadie la había escuchado. Era demasiado golosa la tentación de representarlo como un villano y a ella como una pobre víctima inocente. Más inútil aún había sido el intento de Vanessa por demostrar su propia inocencia en relación a la foto y a la historia que contaba la prensa. Sólo recientemente ella había descubierto quién había sido el verdadero culpable de todo. Por supuesto, la polémica se había evaporado hacía mucho. Además, desde la muerte de su abuela al verano siguiente, Vanessa sólo había regresado a Grecia en un par de ocasiones, y nunca se había vuelto a topar con Zac.
El exagerado miedo de su tío la trajo de vuelta a la realidad. Sin duda, estaba preocupado de que todo su negocio se fuera a pique si Zac Efron la veía y decidía vengarse.
—Alexei, de veras, no me importa qué tengas con él. Mira, yo me voy. Créeme, tengo tan pocas ganas de verlo como él debe de tenerlas de verme a mí. «Mentirosa. Te encantaría ver cómo ha cambiado después de todo este tiempo», pensó. El pulso se le aceleró con sólo pensarlo. Estaba a punto de abrirse la caja de Pandora, y Vanessa no podía hacer nada para impedirlo. Tenía que salir de allí lo antes posible, así que dio un beso a su tío en la mejilla y se despidió.
—Te llamaré mañana, así podremos hablar con más tranquilidad.
Él asintió con alivio, y Vanessa salió deprisa, con la cabeza gacha, sin mirar a izquierda o derecha, atenta sólo a abrirse paso entre la gente.
Casi en la puerta, tuvo que evitar a una camarera que llevaba una bandeja llena, y se chocó con la espalda de alguien. Ambos se giraron, y Vanessa reconoció con espanto a un hombre muy alto y fuerte, con el cabello negro y rizado a la altura del cuello. Se le puso la piel de gallina y se preguntó cómo no había sido capaz de presentir el peligro. Al contrario, parecía que alguna fuerza maligna la había empujado directamente hacia la boca del lobo. Estaba paralizada.
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