lunes, 10 de enero de 2011

Capítulo 2

Ella miró hacia arriba, y sus ojos se toparon con esa profundidad oscura e inconmensurable que le resultaba familiar. Con aquel rostro indescriptiblemente hermoso; un rostro que ella conocía bien, porque había permanecido vivido en su recuerdo. Vanessa se quedó con la boca abierta.

—Zac Efron… —ni siquiera era consciente de que había pronunciado aquel nombre en voz alta. Era como si tuviera que decirlo para saber si lo que estaba viendo era real o sólo un producto de su imaginación. Pero estaba claro que no demasiado real.

— ¿Nos conocemos? —se detuvo y, sorprendido, se giró del todo.

« ¡Es ella! La mujer que he visto antes en la sala», pensó. Pero él la conocía.

La observó con detenimiento. Vanessa hizo un esfuerzo por intentar marcharse.

—Lo siento —se dio media vuelta y, justo cuando creía que podía respirar tranquila después de haberse alejado unos pasos, sintió una fuerte presión en el brazo, y oyó una voz profunda, llena de asombrada incredulidad:

— ¿Vanessa Hudgens?

Ella cerró los ojos. Lo peor acababa de suceder. En ese momento deseó poder seguir caminando y alejarse de allí. La terrible humillación que había sufrido en el pasado perduraba de tal manera en su recuerdo que tuvo que abrir los ojos de nuevo para detener la catarata de imágenes que inundaban su mente. Sin otra opción, finalmente se giró hacia donde él estaba y lo miró.

—Sí —contestó, sin poder descifrar aquel rostro masculino.

Él desvió su mirada de la de ella para observarla nuevamente al detalle.

—Vaya, vaya, vaya. La pequeña Vanessa Hudgens. Cómo ha crecido —hablaba casi para sí—. Tus ojos te delatan; son de un color peculiar, azul y verde. Aunque sólo por eso no creo que te hubiera reconocido. Debes de haberte retocado algo. Si no recuerdo mal, siempre te mostrabas insegura… pero desde luego ha merecido la pena.

Sólo cuando sus ojos se posaron insolentes sobre sus pechos, Vanessa resopló, indignada, aunque, por otro lado, se sintió aliviada, ya que gracias a eso pudo salir del estado de shock en que se encontraba. Finalmente se las arregló para librase de la mano que le agarraba el brazo.

— ¿Cómo te atreves? Claro que no me he retocado nada. Lamento haberme topado contigo, créeme, y estoy segura de que tú también estarás encantado de que me vaya.

—¿Y no sientes haber arruinado mi compromiso hace años… o haber arrastrado mi nombre por toda la prensa amarilla… o haberme humillado públicamente y haber conseguido que me arrojaran de tu casa como si fuera un vulgar ladrón?


Era demasiado esperar que pudiera haberlo olvidado. Sus mejillas se tiñeron de rubor.

Contra su voluntad, Zac tuvo que contener la respiración. Era una mujer magnífica… ¿y cómo lo había transportado de vuelta con tanta facilidad y rapidez a un tiempo que él creía olvidado para siempre?

Zac se sintió impresionado al estar cara a cara con la mujer que le había seducido hacía un instante en aquel mismo salón, por la fuerza que desprendía su belleza vista de cerca y, ahora, por el impacto de saber que ella era Vanessa Hudgens, la chica despechada que casi destrozó su vida. Sólo que ya no era una chica, sino una mujer, una mujer muy sexy, una mujer que le estaba haciendo hervir la sangre de deseo. Era una reacción química instantánea.

Vanessa había abierto la boca en ademán de hablar cuando de pronto apareció una rubia al lado de Zac que le tomó del brazo en evidente indicación de propiedad. ¿Y quién podía culparla? Incluso sin haberlo observado con detenimiento, no había ninguna duda de que era de lejos el hombre más apuesto de cuantos se encontraban allí. Un perfecto y poderoso espécimen de masculinidad, que irradiaba energía sexual por todos los poros de su piel.

Había sido un joven formidable, pero ahora era sencillamente irresistible. Los años habían dado fuerza a su figura, añadiendo madurez a sus facciones, que ahora eran más duras pero no menos atractivas. Poseía un encanto, un carisma sexual que sólo puede dar la edad, la seguridad y la experiencia. Sin embargo, su cabello aún conservaba los rizos que tenía cuando era más joven, lo que tuvo un efecto inquietante en Vanessa. La voz de la otra mujer la devolvió a la realidad.

—Cariño, ¿no vas a presentarnos?

Zac no podía dejar de observar a Vanessa. Una vez más había sido hipnotizado, hasta el punto de ignorar todo lo demás. Él también podía ver que Vanessa estaba confusa, como si los dos hubieran olvidado que se encontraban en un lugar público, rodeados de gente. Pero tenía que atender a Isabelle. Vanessa, no obstante, se adelantó antes de que él pudiera decir nada, dirigiéndose en exclusiva a Isabelle.

—Por favor, discúlpeme. Estoy buscando a una persona y tengo que encontrarla antes de que se vaya. Fue… un placer volver a verte, Zac —dicho lo cual se marchó y se perdió entre la gente.

No le fue nada fácil resistirse al deseo de ir tras ella. El agudo y punzante sentimiento de hastío que Zac había sentido antes ya había desaparecido, como si le hubieran insuflado la energía vital y el deseo que le faltaba. La clase de deseo que no había sentido en mucho, mucho tiempo, el deseo elemental de realizarse por completo. No podía creer que ella hubiese irrumpido de aquella manera en su vida, como una jugosa y suculenta fruta.

No había pensado en ella desde hacía años, y sólo de forma efímera se le había pasado por la cabeza tras retomar la relación con su tío recientemente. De hecho, después de la entrevista con Alexei, se alegró al creer que había superado todo aquello… hasta ahora.


«Vanessa Hudgens». No podía dejar de repetir aquel nombre en su cabeza. ¿Cómo imaginar que sería ella quien avivase las moribundas brasas de su deseo? ¿Cómo imaginar que tendría la oportunidad de hacer algo para vengarse de aquel acto mezquino y despreciable que protagonizó hacía siete años? Un acto cuyas consecuencias fueron más vastas de lo previsible y por el cual nunca tuvo que rendir cuentas a nadie. Curiosamente, y a pesar del tiempo transcurrido, le invadió un renovado sentimiento de rencor e ira.

Esa rabia inicial enseguida se transformó en energía. No podía haber sido más oportuno aquel encuentro con Vanessa. Era el revulsivo que necesitaba. Tenía claro que, de existir algo como el karma, tenía que parecerse a aquello. Estaba dispuesto a no dejar pasar la oportunidad.





Dos días después, Vanessa observó la luz parpadeante del interfono que indicaba el aviso de su secretaria personal.

—Vanessa, Zac Efron está en la línea uno.

Le dio un brinco el corazón. De algún modo, había tratado de convencerse durante las cuarenta y ocho horas anteriores de que en realidad no lo había visto; de que había sido una especie de mal sueño. Intentó decir algo, pero fue incapaz. Haciendo un gran esfuerzo, consiguió liberarse de la inercia que la paralizaba y recuperar el control de su cuerpo.

—Gracias, Cécile. Pásamelo ahora —descolgó el teléfono, presionó el botón correspondiente y respiró hondo—. ¿Hola?

—Vanessa—su voz sonó firme y enérgica.

—Zac —se maravilló de lo tranquila que parecía estar: la procesión iba por dentro. La traicionera llama del deseo que se había encendido al momento de encontrarse con él aún no se había apagado, y eso la asustaba. ¿Qué es lo que quería? Vanessa giró sobre su silla sin prestar atención a la vista de París que se podía contemplar desde su ventana, en un tercer piso.

— ¿Qué puedo hacer por ti, Zac? Estoy segura de que ésta no es una llamada social.

No era normal que el más poderoso magnate naviero del mundo llamara a su pequeña firma anglo-francesa de relaciones públicas.

El ligero acento de su voz acarició el oído de Vanessa.

—Fue toda una sorpresa verte la otra noche. ¿Cuánto tiempo ha pasado, seis años?

—Siete —su respuesta fue demasiado rápida y precipitada. Agarró el teléfono con más fuerza, confiando que él no lo hubiera notado. Lo que dijo a continuación pareció tranquilizarla.

—Sentí mucho lo de tus padres.

Ella estaba cada vez más perpleja. El padre de Vanessa lo había expulsado de su casa, la madre lo había abofeteado y él le había dicho que no quería volver a verla nunca más. Como si le hubiera leído el pensamiento, Zac añadió:

—A pesar de lo sucedido en el pasado, Vanessa, sentí mucho sus muertes.

El impacto que le produjo a Vanessa oír su voz estaba remitiendo.

—Bueno… gracias. ¿Qué… qué puedo hacer por ti, Zac? —repitió ella.

Durante un largo momento, se quedó callado. Ella estaba a punto de volver a repetir la pregunta cuando él, con una tranquilidad impresionante, respondió:

—Quiero que cenes conmigo esta noche.

Vanessa apartó un segundo el teléfono del oído y lo miró, asombrada. Estaba segura de que Zac quería algo. No era lógico que alguien como él quisiera cenar con ella. Era una persona que viajaba por todo el mundo en su jet privado, firmando contratos de miles de millones de dólares, que se reunía con jefes de estado y salía con lo que parecía una lista interminable de modelos y actrices, como Isabelle Zolanz. Estaba claro que alguien así no saldría a cenar con nadie a quien despreciara, especialmente si ese alguien había arruinado su oportunidad para tener un matrimonio feliz, e incluso, según contaban algunos, la posibilidad de una importante fusión empresarial con la compañía naviera de la familia de la novia, aunque ese detalle no podía confirmarlo. Cuando sucedió todo, Vanessa había intentado mantenerse alejada de lo que la prensa decía sobre el escándalo, y en Inglaterra, al menos, el tema no había estado tan presente en las noticias.

—No sé por qué, pero en realidad creo que no quieres, Zac.

—En absoluto, Vanessa, sí que quiero. Me gustaría charlar contigo, ponernos al día después de todo este tiempo —repuso él, con extremada facilidad, como si hubiera anticipado la respuesta de Vanessa.

Ella se sintió algo mareada. Aquello tenía que ser una broma de mal gusto. Estaba jugando con ella.

—Zac, no quiero salir a cenar. En su momento dijiste que no querías volverme a ver.

—Bueno, he cambiado de parecer.

— ¿Por qué? —le preguntó en un tono casi suplicante.

—Digamos que me debes al menos esto, ¿no crees?

Vanessa cerró los ojos. ¿Qué podía decir? Desesperada, pensó en cualquier excusa, pero como si él estuviera leyéndole el pensamiento, su envolvente voz se dejó oír al otro lado del hilo telefónico:

—Tuve una agradable conversación con tu ayudante. Fue de gran ayuda al informarme lo despejada que tenías la agenda esta noche.

Vanessa maldijo en silencio a Cécile. Ya no podía contener esa parte de sí misma que se moría de curiosidad, que quería aceptar la invitación.

No tenía ningún pretexto para rehusarla, y seguir luchando era invitarle a continuar una conversación que podría llevarlos donde ella no quería ir.

—Parece que no tengo elección —dijo con desgana—. Termino de trabajar hacia las seis de la tarde. ¿Cuándo te vendría bien?

—He reservado una mesa a las ocho en el Hotel Crillon, en la Plaza de la Concordia. ¿Te recojo… o envío a mi chófer?

Vanessa pensó en su pequeño piso en el barrio de Marais y se apresuró a responder:

—No, no hay necesidad. Nos encontramos allí.

—Como quieras. A las ocho, entonces. Te esperaré en el bar.

2 comentarios:

  1. O_o LA kiere ver!!!!!!!!
    k pasara??
    siguela
    no dejes asi..
    Muaccc

    ResponderEliminar
  2. ay muy buena
    ya kiero ver k pasa en la cita
    sta muy beuna me encanta! =)
    siguela pronto......

    ResponderEliminar