Zac colgó el teléfono. Vestido con unos pantalones y una camisa italianos hechos a medida, se acercó a la ventana de su despacho y metió las manos dentro de los bolsillos. Aquello tensó la tela de los pantalones, marcando sus glúteos. Otro tanto hacía la camisa con sus anchas espaldas. Su impresionante y masculina silueta se recortaba contra la ventana. Pensó en la otra noche, aún vivas las secuelas del encuentro con Vanessa. Recordaba la impresión que le produjo descubrir cómo había cambiado, y también el deseo que recorrió todo su cuerpo al verla; un deseo renovado con sólo escuchar su voz al teléfono.
Había sido más difícil de lo que pensaba librarse de Isabelle. Probablemente ella había fantaseado con la posibilidad del matrimonio. Le llevó dos noches, más joyas y una cena en el mejor restaurante de la ciudad. Todo el mundo, tarde o temprano, lo había traicionado. Incluso su propia familia. Pero nunca se lo hubiera imaginado de Vanessa. Ella lo había arrojado de su casa, le había arruinado la boda y dejado su nombre a la altura del betún. Al usar su dirección de correo electrónico para enviar la foto y la historia, no había duda de que Vanessa quería mofarse de él. E incluso tuvo la desfachatez de revelar al periódico detalles tan íntimos, que sólo ella podía conocer, pues era la única persona a quien se los había confiado. Una severa mueca se dibujó en su rostro. Los buitres que ya habían olido una posible debilidad a la muerte de su padre habían estado rondando durante mucho tiempo, y casi lo consiguieron. Tenía que reconocer que, cuando él le contó aquellas cosas, dos años antes del episodio que supuso el escándalo, su padre aún no había muerto y ella sólo tenía quince años. En aquel entonces, él todavía no había visto sus sueños destrozados por la dura realidad ni por haber sido tan abierto y confiado. El hecho de que ella hubiera guardado las conversaciones que mantuvieron como amigos para usarlas de esa forma le revolvió el estómago. Aquel periodo supuso un punto de inflexión en su vida; y no volvió a permitir que nadie se le acercara tanto. Desde entonces, funcionaba por su cuenta y no necesitaba a nadie.
Dio un puñetazo en la pared. ¿Cómo podía ella haber cambiado tanto de esa manera en tan sólo dos años? Cerró los ojos y se hizo las mismas preguntas una y otra vez. La cuestión era clara: había sido traicionado. No había significado otra cosa para los demás que un medio de ganar dinero. Cuando aquel día volvió las espaldas a Vanessa, también lo hizo a muchas otras cosas.
« ¡Basta!», se dijo. Vanessa Hudgens estaba a punto de averiguar lo que significaba cruzarse en el camino de Zac Efron. Había llegado el momento de que sufriera en sus carnes lo que él había padecido.
Su cabeza regresó al plan que había empezado a urdir desde que la vio de nuevo. Era cierto que nunca había sentido especial pasión por la venganza. De hecho, pensaba más bien que, al poner al descubierto las emociones, podía constituir una debilidad frente al enemigo. Y eso era parte del secreto de su éxito en los negocios, parte de la razón por la que se hallaba en la cima, habiendo llegado aún más lejos que su padre.
Recordó cómo había dudado sobre si recibir o no a Alexei Hudgens cuando éste acudió a él en busca de ayuda. Sonrió de forma inexorable. Había tomado la decisión acertada. El destino así se lo acababa de confirmar. Ahora estaba dispuesto a repensar su visión de la venganza… especialmente cuando resultaba tan tentadora.
Vanessa observaba las calles por las que pasaba. Normalmente nunca tomaba un taxi. El metro cubría de sobra sus necesidades, pero un problema de última hora en la oficina y la avería de un tren le dejaron un margen demasiado justo para llegar a las ocho al Hotel Crillon. Estaba de los nervios y tenía las manos húmedas, así que se las pasó por el vestido sin darse cuenta. ¿Cómo sería volver a ver a Zac? Él era incluso más apuesto de lo que había imaginado. Las duras y masculinas facciones de su rostro se le habían quedado impresas en la retina. Le había parecido aún más alto. Más de un metro noventa de puro músculo. Sintió un estremecimiento de un genuino deseo, e intentó apartar su pensamiento de sus atractivos físicos.
Él nunca se llegó a casar, y desde el fracaso con Pia Kyriapolous no se había vuelto a oír nada al respecto. Por lo que Vanessa podía recordar, Pia enseguida había contraído matrimonio con otro hombre, lo que, sin duda, no hizo sino echar más sal en la herida de Zac. Pia había sido una de las más exitosas modelos de Grecia y la hija de otro poderoso magnate naviero. El día siguiente al anuncio del compromiso, Vanessa tuvo que aguantar los comentarios de todo el mundo diciendo que eran la pareja ideal.
Habiendo ganado en madurez, Vanessa sabía ahora que Zac había condicionado de manera determinante el desarrollo de su sexualidad. Por supuesto, él ni lo había notado, ya que no la veía desde ese punto de vista. Ésa era la razón de que, con el estímulo, casi la presión de su prima Eleni, aquella aciaga noche hubiera salido a su encuentro. Cerró los ojos y tragó saliva. No necesitaba pensar en eso ahora, no cuando estaba a punto de encontrarse con él. Ya era una mujer adulta, capaz de controlar sus emociones.
Abrió los ojos y se sonrió. Había confundido un deseo inmaduro y caprichoso con amor. Y en cuanto a Eleni… Vanessa dio un gran suspiro. No tenía sentido pensar en eso ahora, no había nada que ya pudiera hacer. Agua pasada ya no mueve molino.
El taxi se aproximó a la entrada principal del hotel. En unos segundos, pasó del calor al frío. Se detuvieron, y el portero se acercó a abrir la puerta del coche para que pudiera salir. Observó el nombre del hotel en el toldo situado sobre la entrada y, con tacones altos y un indudable temblor en las piernas, se adentró en el vestíbulo de mármol amarillo oro.
Enseguida lo vio a la puerta del pequeño bar, y sintió la necesidad de darse media vuelta y salir por donde había entrado; ganas de volver a casa, hacer las maletas y regresar a Londres, pero sacó pecho y siguió adelante. Él se encontraba sentado en un taburete alto con la vista fija en el vaso que tenía en la mano. Él no la vio acercarse, y había algo realmente intenso en el modo en que observaba el líquido
del vaso… casi como si estuviera buscando algún tipo de respuesta. Vanessa se detuvo a su lado, intentando no sentirse abrumada por aquel formidable físico.
—Zac —maldijo su voz, que sonó insoportablemente ronca.
Él miró hacia arriba, y ella se sintió atrapada y cautivada por aquellos ojos oscuros. Estaba en un apuro. Él se levantó con ágil elegancia, sin atisbo de expresión en el rostro, y le tomó el abrigo. Con reticencia, ella aceptó su ayuda, pero evitó cuidadosamente todo contacto físico.
—Siento haber llegado un poco tarde. Me entretuve en el trabajo.
—No te preocupes. Podemos tomar algo aquí y luego pasar adentro —él dibujó una sonrisa que no expresaron sus ojos.
Él era el encanto y la educación en persona, pero ella en ningún momento se dejó engañar. La condujo hasta una mesa y, con un gesto, la invitó a sentarse. Pensó que había acertado al haberse puesto una sencilla camisa de seda y una falda negra sin adornos, al no haber hecho ningún esfuerzo. Vino el camarero, y Vanessa pidió agua.
Zac levantó una ceja y pidió un whisky.
— ¿Esta noche no hay alcohol, Vanessa?
Un súbito rubor coloreó sus mejillas al percatarse del doble sentido de la pregunta. Se refería a la noche de marras, cuando ella le arrebató la botella de las manos. De nuevo ella se quedó impresionada de su memoria. ¿No había olvidado nada? Ella negó con la cabeza.
Ella no iba a decirle que después de aquella noche no había vuelto a probar una gota de alcohol. No es que le faltaran ocasiones, pero cuando llegaba el momento, simplemente, no podía. De algún modo, le recordaba al pasado, e incluso el olor le revolvía el estómago. Tenía la incómoda sospecha de que su reacción ante el alcohol tenía que ver con el temor a que sucediera algo fuera de su control, como había ocurrido la noche que se emborrachó y lo besó.
—Mira, estoy segura de que estás ocupado. No hay necesidad de que sigamos adelante con esta cena. ¿Quieres decirme tan sólo qué…?
—Todo a su tiempo, Vanessa —le interrumpió él, mientras se inclinaba hacia delante.
Vanessa tuvo que hacer un esfuerzo para no echar la silla hacia atrás. Presentía que estaba metida en algo grande, pero que no tenía ni idea de qué se trataba. Se sentía como una mosca atrapada en una tela de araña, y no le gustaba. Y menos aún cuando Zac le sonrió como una araña hambrienta.
—Cuéntame, ¿cómo has acabado viviendo aquí en París? —preguntó él en tono afable—. ¿No fuiste a la universidad en Inglaterra?
Ella asintió despacio con la cabeza, dispuesta a reprimir el miedo que sentía, a no mostrarse intimidada. Pero a pesar de todo, no tuvo ninguna dificultad en expresarse.
—Tras la muerte de mis padres, quería alejarme de Londres. Siempre me ha encantado París. Había pasado un año aquí aprendiendo francés durante mis estudios de Empresariales. Parecía una salida clara. Contaba con el dinero de la herencia, y monté nuestra pequeña empresa. Enseguida nos hicimos un hueco al dedicarnos a las relaciones públicas para las compañías inglesas que deseaban establecerse aquí y, viceversa, para las empresas francesas interesadas en Londres.
Zac recordó la rápida investigación que había efectuado aquel mismo día sobre Vanessa. Había descubierto innumerables fotografías suyas en diferentes eventos sociales, y en todas Vanessa parecía ser el alma de la fiesta. Aunque su apariencia en el restaurante parecía indicar otra cosa, pues su ropa no podía ser menos llamativa, en realidad ésta no contribuía precisamente a disimular las curvas que tanto habían llamado la atención de Zac la otra noche.
Y a pesar de que ella no había tomado nada de alcohol, él no tenía la menor duda de que en aquellas fiestas sí lo hacía. Zac comenzó a sentir una rabia difusa, una nebulosa sensación de frustración, pero se esforzó por ser cortés. Al menos por el momento.
—No sólo te has hecho un hueco, como dices, en el negocio de las relaciones públicas. Leí en la prensa financiera que tu compañía había sido galardonada con el premio a la mejor nueva pequeña empresa del año. Eso es un gran logro.
Vanessa estaba muy sorprendida por aquellos halagos y se encogió de hombros con modestia.
—Como dije, entramos en el momento adecuado. Con el túnel bajo el Canal de la Mancha, Inglaterra nunca ha estado tan cerca de Francia, y mucha gente está aprovechándose de ello. Yo soy una de tantos.
—Sí, pero no todo el mundo triunfa. No hay duda de que tienes los genes de los Hudgens.
—Que no son nada comparados con los genes de los Efron—repuso ella con una sonrisa irónica mientras comenzaba a sentirse algo más relajada.
Sorprendida de su propia sonrisa, enseguida frunció los labios. Era consciente de que bajar la guardia suponía entrar en un territorio muy peligroso.
—Es posible —la mirada de Zac descendió hasta su boca.
Aquella repentina sonrisa también le había pillado desprevenido. Era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en apresar aquel labio inferior entre los suyos, explorar esa exuberante y almohadillada suavidad, separarles dulcemente con su lengua.
Aliviado, vio cómo el encargado del restaurante se acercaba a la mesa.
—Señor Efron, siento molestarle. ¿Tomarán otra bebida aquí o desean pasar ahora a su mesa?
Se levantó con la agilidad de una gran pantera, lo que hizo que Vanessa se estremeciera.
—Ahora, Pierre. Gracias por esperar.
Aguardó a que Vanessa se levantara para ir detrás de ella. Tuvo que reprimir un repentino deseo de poner las manos en las curvas de sus caderas, de sentir su balanceo contra su mano, de explorar el roce de la seda de la camisa sobre su piel. Se fijó en el brillo de su cabello, más largo por detrás de lo que se había imaginado. Los revoltosos rizos de la juventud habían sido reemplazados por una suave ondulación.
Aquel paralizante aburrimiento se había disipado definitivamente. Por primera vez en mucho tiempo miraba el futuro con ilusión.
— ¿Está bueno? –preguntó él.
Vanessa lo miró con cautela mientras él se repantigaba en el asiento. Resultaba evidente que Zac se encontraba en su salsa en el suntuoso ambiente de aquel famoso restaurante. Les Ambassadeurs. Ella había oído que éste era el hotel en el que cada año se celebraba un exclusivo baile en el que veinticuatro privilegiadas jóvenes de todo el mundo, entre los quince y los diecinueve años de edad, hacían su presentación en sociedad. Vanessa sintió un escalofrío cuando se acordó de cómo era con diecisiete años.
Ella asintió con la cabeza y, habiéndoselo terminado todo, dejó los cubiertos sobre el plato. Un suave rubor coloreó sus mejillas. ¿Por qué tuvo que comer de aquella manera? Él debía de sentir asco ante el modo como había engullido. El lugar de quitarle el apetito, la tensión le hacía comer más, y no le gustaba nada que se lo recordaran. Después de todo, no hacía tanto tiempo que había dejado de ser una chica regordeta.
—Espectacular —respondió, enérgica, con una resplandeciente sonrisa—. Como recordarás, nunca me ha faltado el apetito.
Él recorrió el cuerpo de ella con su mirada, o lo que podía ver del mismo. En concreto, hasta donde su cintura se curvaba antes de ensancharse de nuevo a la altura de sus caderas. Y lo que contemplaba le estaba resultando una provocadora invitación.
Vanessa sintió cómo subía su temperatura corporal bajo la presión de aquella mirada, lo que le hizo lamentar el haber atraído su atención. Recordó la malintencionada pulla que le lanzó días atrás cuando él sugirió que ella había pasado por un quirófano para hacerse algún retoque. Afortunadamente, él dejó de mirarla así para mirarla directamente a los ojos.
—Parece que sigues siendo tímida. Tal vez eras un poco rechoncha, pero ¿qué adolescente no pasa por eso?
« ¡Rechoncha!».
Vanessa volvió a sentirse humillada cuando recordó lo apasionada que había sido aquella noche en el patio, con qué intensidad había deseado a Zac, pero también qué torpes y desmañadas habían sido sus maneras; cómo, por una vez en su vida, había sido completamente ajena a todo lo que no fuera ese raudal de sensaciones que se había apoderado de ella; cómo había creído poder despertar en él los mismos sentimientos. Quería cerrar los ojos, dejar de verlo.
—Zac, creo que deberías contarme…
—No, aún no –la interrumpió de nuevo, haciendo caso omiso de su súplica.
Ella se acobardó un poco ante el severo tono de sus palabras, y él pareció darse cuenta.
—Dime, Vanessa, ¿por qué sentiste la necesidad de contar aquellas cosas sobre nuestras conversaciones? ¿No bastaba con publicar la foto?
Se puso roja como un tomate. Para cuando se enteró de cómo habían abusado de su propia confianza de una manera tan abominable, ya había sido demasiado tarde. ¿Y entendería él lo que era ser una chica adolescente completamente enamorada? ¿Cómo ella simplemente había confiado en alguien con quien pensaba que podía contar? Por supuesto que no. Tal vez pudiera el Zac que ella había conocido hacía largo tiempo… pero el hombre que tenía ante ella, no.
Se alegró de no haber dicho nada sobre Eleni, de no contar la verdad. Dada la situación de su prima, no era fácil utilizarla para justificarse. Lo que tenía que hacer era averiguar qué era lo que él quería, porque no había ninguna duda de que buscaba algo.
Vanessa endureció su corazón. No tenía más remedio. Las conversaciones que él había mencionado habían pertenecido a otra época, a un tiempo más inocente cuando ella había creído que ambos compartían inquietudes y forma de ser. Pero cuando su padre murió y él se hizo cargo de la empresa naviera, él cambió. Bajo su dirección, la compañía multiplicó de forma exponencial sus beneficios. Aquélla no era la misma persona que algún tiempo antes le había confesado su interés por estudiar Arte. Estaba claro que le había tentado más la oportunidad de ganar dinero, muchísimo dinero, y eso lo había cambiado.
—No lo hice. No fue como tú piensas —respondió ella torpemente.
Él se inclinó hacia delante. Su cara tenía una expresión severa.
—Ah, ¿y entonces cómo fue, Vanessa?
Aquello ya era distinto. Zac estaba enojado, manifestaba su odio. Vanessa sintió algo de alivio. Al menos podía lidiar con eso. Ella lo miró sin amedrentarse.
—Nunca tuve la intención de hacerte daño, Zac. Puedes creer lo que quieras. Aquel día ya te formaste una opinión.
—No me hiciste daño, Vanessa—dijo en tono burlón—, pero con tus acciones imprudentes y crueles, causaste verdaderos estragos.
No era fácil para Vanessa oír aquello. No había sido cruel a propósito. Pero él tenía razón: había sido imprudente. No podía llevarle la contraria en ese punto.
—Tu tío Alexei… —no terminó la frase. Aquel rápido cambio de tema le pilló desprevenida. Parecía como si estuviera jugando con ella a algún tipo de arte marcial mental.
Inmediatamente ella se puso en guardia.
— ¿Qué pasa con él?
—He oído que está atravesando por algunas dificultades —Zac se encogió de hombros como quitándole importancia.
Una sensación de culpa invadió a Vanessa. Recordó de pronto las palabras de su tío la otra noche, cuando mencionó que había tenido que ponerse en contacto con Zac. No se le había ocurrido preguntarle sobre el asunto.
— ¿Qué clase de dificultades? —dejándose llevar por la cólera que sentía en ese momento hacia Zac, picó en el anzuelo. Él estaba sacando provecho de cada momento de la cena, y ella tenía los nervios a flor de piel.
—Nada que no se pueda resolver con una inyección de unos cuantos millones de euros.
Vanessa intentó evitar que su rostro delatase el impacto de la noticia. Estaba claro que Zac estaba buscando algún tipo de venganza, y de repente Vanessa sintió que se encontraba en una posición muy vulnerable.
—Ni siquiera tienes tus acciones, ¿verdad?
Desconfiada, ella negó con la cabeza.
—Por lo que parece, apenas habías enterrado a tus padres y ya las habías vendido.
Ella se quedó boquiabierta por la crueldad de aquellas palabras. No había pasado tal como él insinuaba. En realidad, se las había cedido a Alexei; éste las había vendido y le había pasado a Vanessa la pequeña suma de dinero que necesitaba para comenzar su negocio. Ella rechazó el resto, ya que su tío lo necesitaba más.
Llena de rabia por ese comentario tan injusto, ella se inclinó hacia delante, sin advertir qué dejaba al descubierto una tentadora vista de su escote.
—Lo que hice o dejé de hacer con mis acciones no es asunto tuyo, Zac.
Él hizo un gesto despreciativo, como si no le importara mucho, y Vanessa, impotente, sintió ganas de levantarse y darle una bofetada en la cara para quitarle ese aire de superioridad. Tenía toda la arrogancia de sus antepasados.
—El hecho es que tu tío ha venido a mí pidiéndome ayuda… un préstamo.
Vanessa se echó contra el respaldo de su asiento. «Ay, Alexei, ¿qué has hecho?». Su tío nunca había sido el cerebro de la Compañía Naviera Hudgens. Lo había sido su padre, hasta que…
Su mente se dio de bruces con dolorosos recuerdos.
—Mira, Zac, ¿qué es lo que quieres? Todo esto no puede ser por lo que pasó hace años, ¿verdad?
— ¿Por qué no, Vanessa? ¿Acaso piensas que, después de todo, lo que hiciste no estuvo tan mal? ¿Qué el tiempo lo ha borrado? Intentaste seducirme, y cuando no lo conseguiste, en un ataque de despecho arremetiste contra mí. Impediste un matrimonio tú sola.
—Pero, Zac—se sentía al borde del pánico—, seguramente Pia te habría concedido el beneficio de la duda si se lo hubieras explicado. Estoy segura de que
podrías haberla convencido de que aquello no significaba nada, que era algo intrascendente… —se vio obligada a detenerse un momento cuando el recuerdo se volvió demasiado doloroso—. Si te amaba…
Aquel comentario le dio donde más le dolía, un compartimento de su vida que había cerrado hacía mucho.
— ¿Amor? Eres increíble. El amor nunca tuvo nada que ver con aquel compromiso, Vanessa. Se trataba de un matrimonio de conveniencia, de una fusión entre dos familias. No hace falta decir que la fusión se fue al garete tan pronto como perdieron la fe en mi capacidad para hacer el trabajo. Gracias a tus revelaciones chismosas —la cólera surgió de nuevo—. ¡Por Dios, Vanessa!
Ella se quedó sin habla. Siempre había creído que él había estado enamorado de Pia. E incluso, aunque no había filtrado nada a la prensa, y tampoco tenía nada que ver con aquella maldita foto, siempre se había sentido culpable por intentar seducirlo cuando él sólo había aspirado a una amistad.
La patética debilidad que aún sentía por aquel hombre la sacaba de quicio. Abrió su boca, estuvo a punto de proclamar su inocencia, pero se detuvo. Eleni. Y no se trataba sólo de Eleni. Incluso si él supiera la verdad, Vanessa era aún responsable a su manera. No podía decir nada. Enojada e impotente por el modo en como se encontraba atrapada, dejó su servilleta sobre la mesa, y se fue a levantar cuando él se lo impidió, sujetándola de la mano.
El tacto de aquella piel suave y cálida, el pulso acelerado, como el de un pajarillo atrapado, le dejó confuso durante un instante. Él tenía que recordar por qué estaba allí y esforzarse por mantener el control.
—No he terminado contigo, Vanessa. De hecho, no hemos hecho más que empezar.
Ella apartó la mano, sin preocuparle si la gente estaba mirando.
—No hay nada que empezar, Zac. Me voy.
—No, no lo harás —dijo con una voz baja pero mortífera—. Si te levantas, cargaré contigo, te sacaré de aquí a hombros y te llevaré hasta mi apartamento. No lo dudes. Así que podemos hacer esto aquí y ahora o provocar otro escándalo y dar a los paparazzi que están ahí fuera algo que fotografiar.
Ella, que ya había comenzado a levantarse, se sentó de nuevo. Tenía muy claro que no quería quedarse a solas con él y que no dudaría en cumplir su amenaza.
Cuando ella se sentó, él continuó en un tono agradable, como si estuvieran hablando del tiempo.
—Como te decía, tu tío necesita de un importante crédito. Un crédito para mantener la Naviera Hudgens, literalmente, a flote. Esto me pone en una interesante posición, ¿verdad? —él continuó sin esperar respuesta—. Estaba dispuesto a hacer negocios con Alexei, ya que también me convenía, pero ahora las cosas son curiosamente diferentes. No hace falta que te diga que, por lo que a mis intereses respecta, da completamente igual que le ayude o no. Claro está, ni él ni tu familia puede decir lo mismo.
Las facciones de su rostro eran implacables, y Vanessa se acobardó al pensar cómo el tiempo y las circunstancias habían producido en aquel hombre una terrible combinación de imperturbabilidad y falta de compasión.
—Tu tío —continuó decidido —es perro viejo, pero ya no le quedan otras posibilidades y, como él mismo me confesó, yo soy su última esperanza.
Vanessa se sentía culpable por no haberse enterado de la situación de su tío, pero también porque su tío no hubiera confiado en ella. La idea de que aquello pudiera hacer mucho daño a su familia le resultaba insoportable. Pero incluso así, a pesar de todo, la presencia de Zac era tan imponente que le hacía sentirse algo mareada.
— ¿Cómo es que no me han dicho nada? No lo entiendo.
De pronto, a Zac le dio la impresión de que ella parecía muy joven, perdida y sola. Tenía unos grandes y hermosos ojos. Sintió algo en su interior antes de volver, sin piedad, a la carga.
— ¿Quién sabe? Al vender tus acciones tan pronto y venir a París, alejándote de Inglaterra, el hogar materno de tu madre y el país adoptivo de tu padre, tal vez Alexei y el resto de tu familia pensaron que ya no estabas interesada en sus problemas.
Le dolió que pudiera pensar eso, pero no era cierto. Estaba tan afligida que habló sin pensar.
—No sucedió así. Simplemente fue demasiado para mí. Después del entierro, el negocio se convirtió en su obsesión, en el único tema de conversación que tenían. Mi padre prácticamente se había quitado la vida, y había matado a mi madre, y nadie quería hablar sobre eso. Todo lo que importaba era la compañía —dejó de hablar cuando se le entrecortó la voz, e hizo un esfuerzo por reprimir las lágrimas. No quería que él viera ningún signo de debilidad.
Él tenía una expresión intensa en el rostro, pero enseguida se disipó para dejar paso de nuevo a la frialdad anterior. A su vez, ella también endureció la suya.
Zac pensó que la emoción que había suavizado las facciones de Vanessa podía haber sido producto de su propia imaginación, y se sintió ligeramente confuso. Aquello no estaba transcurriendo de la forma como lo había imaginado. Quería tocarla y acariciar sus mejillas, bajar hasta los labios hasta abarcar con la mano su delicada barbilla. Estaba olvidándose de por qué se encontraban allí. Todo lo que quería era dejar de hablar y llevarla a la cama, tenerla bajo su cuerpo.
De pronto Vanessa se sintió víctima de una injusticia. Todo lo que había hecho había sido abrir su corazón y su alma a aquel hombre. Señaló con el dedo hacia él.
—Mira, Zac, no puedo cambiar el pasado, y tú tampoco, con todo tu dinero. Y yo no estaba sola aquella noche. Puedo haber… iniciado todo, pero intenté decir a mis padres la verdad, explicarles… pero no me escucharon.
Él hizo un gesto de burla.
—Por favor. Es un poco tarde para decirme que defendiste mi honor cuando fuiste tú quien preparó premeditadamente lo de la foto y lo de la historia en los periódicos. Lo tenías todo calculado —él silenció su protesta con una mirada—. Pero hay una forma de que Alexei no resulte perjudicado, una forma en que le dejaré el dinero que necesita para salir del trance.
— ¿De qué manera? —preguntó ella, preocupada. Todo su interés se concentraba en salvar a la familia del desastre.
—Tú, Vanessa.
Y entonces, antes de que ella fuera del todo consciente de sus palabras, él preguntó abruptamente:
— ¿Recuerdas a mi tío Dimitri?
Ella, aún confusa, asintió con la cabeza, tratando de dar sentido a todo aquello.
—Murió hace un mes —añadió él.
—No sabía que estaba enfermo. Lo siento —dijo ella, tensa, al tiempo que se preguntaba qué pretendía.
—Sucedió muy rápido —su penetrante mirada se posó en Vanessa—. En parte, es el motivo por el que te he pedido que vinieras.
«Junto con este ardiente deseo que me come por dentro».
Sintió un latido en el centro de su virilidad. Vanessa no pudo evitar una respuesta sarcástica:
—Bueno, me preguntaba… Tú apenas has llamado para rememorar viejos tiempos.
« ¡Cállate, Vanessa!».
Él no pareció darse cuenta de cómo ella se estaba torturando. Llegó el camarero y quitó los platos. Vanessa no quiso tomar postre y pidió un café; Zac, un licor. Él esperó a que se lo trajeran y volvió a mirarla fijamente. No pensaba dejárselo fácil. Vanessa estaba a la defensiva.
—Debo reconocer que nuestro encuentro fue toda una sorpresa, pero también es verdad que ocurrió en el momento más oportuno.
Ella lo miró, recelosa.
— ¿Qué quieres decir con que fue oportuno?
Él se resistió a posar la mirada en su escote, donde una joya le besaba la tersa piel. En un intento de reprimir el vuelo erótico de su imaginación, apretó la mandíbula aún con más fuerza.
«Piensa en lo que te ha traído aquí. Céntrate en los negocios y en la venganza, y en nada más. Ya habrá tiempo para otras cosas más adelante».
—Necesito una esposa, Vanessa, y vas a ser tú.
Vanessa, lo miró, anonadada. Estaba en completo estado de shock.
Espero que les guste!! besoos
Chauu!
OMG!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarComo que sea la esposa????
No la dejes asi...
PORfa siguelaaaaaaaaaaaaaaa
:)
me encanta tu nove..
ya quiero ver que dice vanessa ...
muckkk
pasate por las mias
y no te demores en subir capi..
:)