Así de sencillo. Aquel encuentro fortuito con Zac Efron había bastado para poner la vida de Vanessa patas arriba. Y todo porque necesitaba una mujer para casarse. Alguien que no albergase ninguna expectativa de felicidad dentro de un estilo de vida tan rápido, que no dejaba espacio para un auténtico matrimonio.
Vanessa pasó las tres semanas siguientes abstraída de todo. Allí donde Zac había estado felizmente ausente, ahora aparecía en todas partes: en su oficina, en la puerta de su apartamento, al teléfono, dando instrucciones… Los paparazzi los habían descubierto aquella noche saliendo del Hotel de Crillon después de la cena. Vanessa tenía tal conmoción que apenas notó los flashes de las cámaras. Sólo al día siguiente, cuando abrió los periódicos, vio las fotografías y los titulares que aireaban un posible romance, lo que enseguida fue confirmado por la gente encargada de las relaciones públicas de Efron. Antes de que pudiera darse cuenta, ya se encontraba en el centro de una tupida tela de araña.
Sin embargo, ella fijó los límites cuando, un día próximo a la boda, él le envió una tarjeta de crédito con instrucciones para que se equipara con todo lo necesario para el evento. Al recibirla, enojada, lo llamó por teléfono.
—No me harás desfilar como si fuera una de tus muñequitas. Y tampoco iré a comprar ropa a tu gusto y con tu dinero. Podrás haberme chantajeado hasta el punto de obligarme a casarme contigo, pero no seré tu esclava, Zac. Llevo mucho tiempo vistiéndome yo sola y nadie se ha quejado hasta la fecha, y pienso seguir así.
—Bueno, créeme, vas a necesitar algo de sofisticación para ser mi mujer. Tu imagen es demasiado informal y natural.
Vanessa protestó.
— ¿No eras tú el que insinuó que me había operado? ¡A ver si te aclaras!
—Eso fue antes de que te pudiera ver con atención —dijo, despreocupado—. Ahora estoy casi convencido de que no has pasado por el quirófano y, créeme, estoy deseando comprobarlo por mí mismo.
En aquella ocasión Vanessa le colgó el teléfono, hizo pedazos la tarjeta de crédito y se la envío de vuelta con un mensajero. Algo que Zac recibió con una sonrisa irónica, ya que era la primera vez que una mujer rechazaba su dinero. Se preguntó a qué estaría jugando ella, pero no pudo negar que cada vez estaba más intrigado por aquella mujer. Todo aquel asunto del matrimonio de conveniencia estaba resultando mucho más entretenido de lo que él había pensado.
Un día antes de celebrarse la boda civil en un despacho del ayuntamiento en la Place du Panteón, Kallie se reunió con su tío para almorzar cerca de la oficina que éste tenía en los Champs Ely sees. El Arc de Triomphe sólo era una forma en la distancia mientras ella se armaba de valor y entraba al restaurante.
Al acercarse Vanessa, Alexei se levantó y se dieron afectuosamente un beso en cada mejilla. No se habían visto desde aquella noche en el Ritz.
Habían hablado por teléfono cuando ella comunicó las noticias de su unión con Zac, y ahora ya no podía seguir posponiendo lo inevitable. Por fin, después de que ella estuviese dando rodeos, él la tomó de la mano.
—Vanessa, cariño, tú sabes lo importante que eres para mí. Eres como otra hija.
—Lo sé —aseveró ella, emocionada, intentando que no le fallara la voz y anhelando poder volver a confiar en alguien.
— ¿Me estás diciendo la verdad sobre Zac? No me resulta fácil creer que después de toparte con él aquella noche hayas tenido este vertiginoso romance. Lo conozco, Vanessa. No es la clase de persona que hace algo así. Especialmente si tenemos en cuenta los antecedentes entre vosotros. Recuerdo lo enfadado que estaba contigo. Aquella historia en la prensa…
Vanessa lo interrumpió antes de que pudiera seguir ahondando en el pasado. Bastante difícil era ya el presente.
—Alexei, por favor, créeme cuando te digo que no tienes de qué preocuparte —ella cruzó los dedos bajo la mesa en un acto reflejo supersticioso—. Es cierto. Nos encontramos aquella noche y… no sé —se encogió de hombros y esbozó una sonrisa poco expresiva—. Ha cambiado. Siete años es mucho tiempo. No me guarda ningún rencor por el pasado. Confía en mí, Alexei, no quiero que le des más vueltas, de verdad. Deseo casarme con Zac.
Ella suplicó que su tío, un romántico empedernido, no la empujara a decir nada sobre el amor. Durante unos instantes, no pareció estar convencido, pero luego algo debió de pasar por su cabeza que le hizo cambiar la expresión de la cara y sonreír.
—Claro que te creo, Vanessa—apretó la mano de su sobrina—. Sé que este tipo de cosas pasan. ¿Acaso no me enamoré de tu tía Petra en sólo una semana?
Vanessa esbozó una débil sonrisa.
Algo en ella la obligó a comprobar un importante detalle.
—Alexei, esa noche en el Ritz, mencionaste que habías tenido que acudir a Zac. ¿Hay algo que quieras contarme?
Él palideció, y Vanessa desfalleció. Había albergado una mínima e irracional esperanza, pero ahora estaba confirmado. Él, herido en su orgullo de macho griego, levantó ligeramente la voz, evidenciando por qué no había dicho nada acerca del préstamo.
—Cielo, no seas tonta, sólo estamos haciendo negocios, eso es todo.
Observando las reacciones de su tío, Vanessa pudo comprobar que todo lo que había dicho Zac era cierto. Las cosas estaban incluso peor de lo que ella se había imaginado. No sabía cómo Alexei se las había arreglado durante tanto tiempo sin un préstamo. Sus esfuerzos por conseguir financiación de otras fuentes habían sido reflejados por la prensa económica. Vanessa se sintió culpable. De haber tenido un mínimo de interés, se habría enterado de las dificultades por las que estaba atravesando la Naviera Hudgens. Hacía tiempo que sus propias acciones habían sido dilapidadas.
Tenía que conformarse pensando que, al menos de este modo, ella acaparaba el deseo de venganza de Zac, y éste había dejado en paz a su familia. Nadie se enteraría nunca, y la firma familiar estaría a salvo. Sin embargo, no era un gran consuelo.
Se despidió de su tío, quien todavía parecía algo alterado. Nunca en su vida se había sentido tan sola y vulnerable. Según caminaba por uno de los más célebres bulevares del mundo, se sintió como si todas las puertas se le cerrasen y acabara de desvanecerse la última oportunidad de evitar su destino.
Cuando regresó a su oficina, Zac estaba esperándola. Estaba tensa, abiertamente incómoda ante lo que le aguardaba al día siguiente. Confortablemente sentado en la butaca de Vanessa, como si se tratase de su propia casa, se dio cuenta al observarla entrar. Él la examinó con suma atención. Se fijó en la falda negra y en el suéter color crema de cuello alto.
— ¿Puedo ayudarte en algo?
Él se incorporó del asiento y se acercó a ella. Estaba irresistiblemente atractivo. Llevaba un traje y una camisa negros. Vanessa se apartó un poco. La temperatura del despacho parecía haberse disparado en cuestión de segundos. Zac hizo un gesto con la cabeza, señalando la ventana, y miró hacia fuera. Vanessa se acercó, dubitativa, manteniendo una distancia prudencial.
Fuera, abarrotando la acera, había una multitud de fotógrafos. El circo que rodeaba a Zac Efron. Ella no los había visto porque había utilizado la otra entrada del edificio. Él se acercó y se puso a su lado. Un incómodo hormigueo le recorrió la piel a Vanessa. Hasta ese momento él no había pronunciado palabra. El silencio parecía no tener fin, pero finalmente dijo con suavidad:
— ¿Ves eso? Mañana van a estar todos esperando afuera del ayuntamiento, impacientes por verte llegar, entrar y más tarde salir de mi brazo. Y van a sacar todas las fotos que quieran. Si estás pensando en darme alguna pequeña sorpresa, tal como no aparecer, entonces te encontraré, Vanessa, y te llevaré tan lejos de aquí como pueda, y nos casaremos donde no tengas escapatoria.
Ella se volvió hacia él, temerosa del tono que había empleado. Era un completo extraño. Su voz no ocultaba su amargura.
—Ya te he dicho que me casaría contigo. Haría cualquier cosa por salvar a mi familia de la ruina. Incluso si eso significa casarme contigo y pasar un tiempo en el purgatorio.
Él volvió su rostro hacia ella. Tenía una expresión arrogante, pero también una sensualidad que, incluso en aquella situación, despertaba en ella algo básico y carnal. Lo odiaba. Se lo decía a sí misma una y otra vez, como si estuviera tratando de convencerse.
Zac le acarició la barbilla con un dedo, y ella apretó la mandíbula.
—Qué lenguaje tan dramático, Vanessa. Sólo te estoy advirtiendo de lo que pasará si decides abandonar a tu familia a su suerte. Eso es todo.
Vanessa no daba crédito de lo que oía. Ella jamás haría algo que pudiera perjudicar a su familia.
Parecía como si todo, como si todas las conversaciones que tuvieron en el pasado se hubiesen convertido en nada. Él había decidido juzgarla a partir de lo que él creía que ella había hecho hacía siete años.
—Estaré allí mañana, Zac, y, créeme que vas a lamentar haberte casado conmigo.
—No sé por qué me parece que te equivocas, pero admiro tu bravata. Otra cosa. He preguntado a miembros de nuestras familias, sólo como un modo de… guardarme las espaldas.
Vanessa creyó atragantarse, y sólo deseaba abofetearlo, borrarle esa sonrisa engreída de la cara. Pero entonces él deslizó una mano por detrás de su cabeza y la empujó suavemente hacia él. El pánico se apoderó de ella, y de forma instintiva interpuso sus manos para defenderse.
— ¿Qué crees que estás haciendo? —un estremecimiento recorrió su cuerpo.
—Sólo la única cosa que debo confirmar por mí mismo antes de hacerte mi esposa: comprobar los niveles de compatibilidad.
—Niveles de…
Y antes de que ella pudiera pronunciar otra palabra, se encontró con la boca de Zac en la suya. Le inundó una cálida sensación de borrachera y de excitación, haciendo inútil cualquier palabra. Las manos de Vanessa encontraron apoyo en aquellos formidables pectorales. El calor corporal de Zac se extendió por todo su cuerpo, elevando al máximo su temperatura. Quería fundirse con él, contra su miembro erecto. Los labios de él rozaban los suyos una y otra vez.
Abrió su boca de forma puramente instintiva y espontánea, y al primer roce de las dos lenguas sintió estallar una explosión de calor en sus entrañas.
Él la abrazó con más fuerza hasta levantarla en vilo, cuerpo contra cuerpo. Ella sólo deseaba entregarse, apoyarse en él, saborear su fuerza. Sus ojos estaban abiertos como platos; los de él, cerrados, ocultos.
¿Qué diablos le pasaba? ¿En qué estaba pensando?
Poco a poco regresó a la realidad, dejando que ésta fuese enfriando la llama del deseo que había amenazado con desatar un incendio incontrolable. Sin embargo, la boca de él todavía recorría la suya, y la parte más débil de Vanessa aún le decía que se entregara.
Haciendo un gran esfuerzo, cerró las manos y empujó el pecho de Zac, pero era como un muro de acero, inamovible. Ella apartó su boca de la de él y se sorprendió de lo jadeante que era su propia respiración. En el forcejeo, se dio cuenta de que los pechos le dolían y de que tenía tan duros los pezones, que el roce del sujetador los irritaba. Él intentó continuar su avance, pero Vanessa le plantó cara de veras, dándole golpes en el pecho. Su respiración era cada vez más entrecortada y seguía sin poder articular palabra.
Por fin, él aflojó la presión, y ella lo aprovechó para zafarse de su abrazo. Tambaleándose, retrocedió contra el escritorio que se encontraba a su espalda; sabía con certeza que, de no haber estado allí, se habría caído al suelo.
Todo su cuerpo latía con fuerza, y sintió un irrefrenable deseo de volver a arrojarse a sus brazos y suplicarle que la besara de nuevo. Intentó calmarse, y se maravilló de que besarlo de forma tan casta a los diecisiete no la hubiera preparado para lo que estaba sucediendo.
Incapaz de mirarlo a la cara, vio cómo se aproximaba. Al llegar a su lado, él la tomó de la barbilla y le obligó a levantar la cabeza, pero ella cerró los ojos.
—Vanessa, cerrar los ojos no va a hacer que la verdad desaparezca.
Haciendo caso omiso de su instinto, los abrió, preparada para ver una expresión de triunfo en el rostro de Zac. Sin embargo, no fue así. En realidad, él tenía una mirada oscura y enigmática que Vanessa fue incapaz de interpretar. ¿Acaso era ella la responsable de aquella expresión sombría?
Ella tenía que intentar recuperar un mínimo de dignidad, y en algún lugar de su interior encontró fuerzas para hablar.
—La verdad… —ni siquiera tenía la energía suficiente para enunciarlo en forma de pregunta.
—La verdad es que sobra química entre nosotros como para montar un laboratorio —dijo él, posando su mirada en la boca de Vanessa, quien respondió con un estremecimiento—. Y que mañana nos vamos a casar, y que repetiremos esto. Tendremos mucho tiempo en la luna de miel.
Vanessa abrió su boca, pero fue incapaz de hablar por unos segundos.
« ¡Luna de miel!».
—Eso es ridículo. Eso no va a pasar de modo alguno —dijo ella con la respiración entrecortada—. No voy a ir a ningún lugar contigo de luna de miel. Tengo que trabajar; sencillamente, no puedo marcharme y…
Él le puso el dedo en la boca.
—Claro que puedes. Es parte del trato. No se te olvide preparar el equipaje.
Zac avanzó entre la multitud de fotógrafos y periodistas que aguardaban fuera de la oficina de Vanessa. A diferencia de lo que pasaba con otras celebridades, a Zac no se le echaban encima. Había un cierto respeto que se traducía en el espacio que dejaban entre ellos y el magnate naviero, como si supieran que un gesto, una sola palabra suya, podía tener graves consecuencias. Ignoró el aluvión de preguntas y se introdujo en el asiento de atrás de su coche, ocultándose tras los cristales oscuros.
Dio unas lacónicas instrucciones a su chófer para que lo llevara de vuelta a la oficina dando un rodeo. Necesitaba pensar, poner sus ideas en orden, algo poco frecuente en él. Pero la verdad era que su cuerpo aún vibraba fruto de un grado de excitación que nunca antes había experimentado.
¿Qué demonios le había sucedido en la oficina de Vanessa?
Se pasó la mano por el pelo y se quedó mirando a través de la ventanilla con la vista perdida. No había tenido la intención de besarla, pero cuando ella entró, tan correcta y formal, vestida con una elegante camisa y una falda ajustada que dejaba adivinar unos muslos bien tonificados, había sido incapaz de resistirse a sus encantos.
Todo lo que sabía era que, en el momento en que había tomado a Vanessa entre sus brazos, había sentido algo distinto a lo que esperaba. Por supuesto, había sentido una poderosa atracción física, pero había sentido algo más, algo diferente que nunca había experimentado antes. Había sido como si por fin hubiera tenido entre sus brazos lo que llevaba tiempo buscando.
Sorprendido por semejantes pensamientos, intentó reprimirlos. Y por primera vez desde su reencuentro con Vanessa, se cuestionó si estaba haciendo lo correcto. En todo caso, ya era muy tarde para dar marcha atrás. Quedaban tan sólo veinticuatro horas para que venciera el plazo estipulado en el testamento de Dimitris, tiempo a todas luces insuficiente para encontrar a otra mujer. Además, no se podía permitir que unas simples dudas diesen con todo al traste.
Para Zac, quien nunca vacilaba una vez tomada una decisión, todo aquello era nuevo y, desde luego, motivo de preocupación. Por un instante pensó en Isabelle como alternativa, pero una mueca de desagrado se dibujó en su rostro. Había muchas mujeres que estarían felices de ocupar el puesto de Vanessa, pero ya tenía todo atado y bien atado, por no mencionar lo mucho que ella lo atraía. ¿Por qué no debería aprovechar la ocasión de poseerla hasta saciarse?
Después de todo, ¿acaso no iba a ser todo aquello una diversión para él, un entretenimiento, una oportuna venganza al tiempo que un conveniente arreglo para satisfacer sus necesidades, tanto dentro como fuera de la cama?
Sólo entonces le sobrevino una duda de último momento y telefoneó a la oficina de Vanessa para comprobar si ella había recibido el acuerdo prenupcial. Nunca antes había tenido un fallo de concentración como aquél. No quiso darle más vueltas a por qué había estado actuando de manera tan extraña e impropia en él, y rápidamente dio órdenes a su guardaespaldas para que regresara a recogerlo.
Sólo un par de minutos después de que él se hubiera marchado, Vanessa fue plenamente consciente de que se había ido. Aún no se había movido. Se sentía como si hubiera sido arrojada a otra dimensión. Sólo la había besado, se dijo, intentando racionalizar lo ocurrido.
«Y espera que vaya con él de luna de miel…».
Se sintió mareada, aturdida. Tuvo que sentarse en la butaca. Sus ojos vidriosos se fijaron en una nota que había encima de la mesa. Estaba escrita a mano, con un trazo brusco que sólo podía pertenecer a una persona: a él.
«Por favor, firma el acuerdo prenupcial y envíamelo».
Vanessa leyó esa nota una y otra vez, hasta que por fin volvió en sí. Oyó repicar las campanas de una iglesia a lo lejos. Su suerte estaba echada. Él ni siquiera había tenido la delicadeza de decírselo en persona. Había pasado de transmitirle lacónicas órdenes a escribir escuetas notas. Había entrado en su oficina como Pedro por su casa y había comprobado el material como si se tratase de un mercader de esclavos a punto de hacer una nueva adquisición. ¿Quién se creía que era?
En aquel momento, sacándola de su ensimismamiento, su asistente asomó la cabeza por la puerta, y Vanessa le hizo un gesto para que entrara. Llevaba un sobre en la mano.
—Lo siento, esto vino antes, pero me distraje cuando Zac… —ella se sonrojó, y Vanessa frunció el ceño—. Lo siento. Cuando llegó el señor Efron.
La asistente se apresuró a retirarse, y Vanessa hizo un gesto de preocupación. Otra mujer lista para caer a los pies de Zac. ¿No había nadie inmune a los encantos de aquel hombre? Al abrir el sobre, cayeron un montón de papeles. Allí estaba el acuerdo.
El acuerdo especificaba las condiciones del matrimonio. Básicamente, en caso de divorcio, ella no tenía derecho a nada, lo que no le sorprendió en absoluto. En cambio, lo que sí le llamó la atención fueron los generosos términos del préstamo para su tío. Parecía que él le reservaba a ella todo el castigo. Por parte de Vanessa esto no representaba ningún problema, puesto que ésta no tenía el menor interés en el dinero de Zac.
Tras leerlo, estampó su firma enseguida e introdujo de nuevo los papeles en el sobre. Cuando estaba a punto de pedir a Cécile que volviera a entrar, apareció alguien en el pasillo. Al principio pensó que era él, pero luego se dio cuenta de que se trataba de su guardaespaldas.
— ¿El señor Efron le envía por esto? —le preguntó al tiempo que le ofrecía el sobre.
Él lo tomó y se fue.
El panorama era desolador. A partir de entonces, mientras él quisiera, ella sería propiedad de Zac. En la riqueza y en la pobreza.
Listoo! espero que les guste
Besos, Bye!!
jajaja Zac no se pudo resistir a besarla..
ResponderEliminarjajaja
ahora???
siguela
ya quiero ver que pasa...
si se casan???
Porque no sigues publicando?
ResponderEliminarLa novela esta hermosa, porfavor publica aunque lleves tiempo sin hacerlo, pero esta interesante..
Muack