sábado, 26 de febrero de 2011

Capítulo 5

Así de sencillo. Aquel encuentro fortuito con Zac Efron había bastado para poner la vida de Vanessa patas arriba. Y todo porque necesitaba una mujer para casarse. Alguien que no albergase ninguna expectativa de felicidad dentro de un estilo de vida tan rápido, que no dejaba espacio para un auténtico matrimonio.

Vanessa pasó las tres semanas siguientes abstraída de todo. Allí donde Zac había estado felizmente ausente, ahora aparecía en todas partes: en su oficina, en la puerta de su apartamento, al teléfono, dando instrucciones… Los paparazzi los habían descubierto aquella noche saliendo del Hotel de Crillon después de la cena. Vanessa tenía tal conmoción que apenas notó los flashes de las cámaras. Sólo al día siguiente, cuando abrió los periódicos, vio las fotografías y los titulares que aireaban un posible romance, lo que enseguida fue confirmado por la gente encargada de las relaciones públicas de Efron. Antes de que pudiera darse cuenta, ya se encontraba en el centro de una tupida tela de araña.

Sin embargo, ella fijó los límites cuando, un día próximo a la boda, él le envió una tarjeta de crédito con instrucciones para que se equipara con todo lo necesario para el evento. Al recibirla, enojada, lo llamó por teléfono.

—No me harás desfilar como si fuera una de tus muñequitas. Y tampoco iré a comprar ropa a tu gusto y con tu dinero. Podrás haberme chantajeado hasta el punto de obligarme a casarme contigo, pero no seré tu esclava, Zac. Llevo mucho tiempo vistiéndome yo sola y nadie se ha quejado hasta la fecha, y pienso seguir así.

—Bueno, créeme, vas a necesitar algo de sofisticación para ser mi mujer. Tu imagen es demasiado informal y natural.

Vanessa protestó.

— ¿No eras tú el que insinuó que me había operado? ¡A ver si te aclaras!

—Eso fue antes de que te pudiera ver con atención —dijo, despreocupado—. Ahora estoy casi convencido de que no has pasado por el quirófano y, créeme, estoy deseando comprobarlo por mí mismo.

En aquella ocasión Vanessa le colgó el teléfono, hizo pedazos la tarjeta de crédito y se la envío de vuelta con un mensajero. Algo que Zac recibió con una sonrisa irónica, ya que era la primera vez que una mujer rechazaba su dinero. Se preguntó a qué estaría jugando ella, pero no pudo negar que cada vez estaba más intrigado por aquella mujer. Todo aquel asunto del matrimonio de conveniencia estaba resultando mucho más entretenido de lo que él había pensado.

Un día antes de celebrarse la boda civil en un despacho del ayuntamiento en la Place du Panteón, Kallie se reunió con su tío para almorzar cerca de la oficina que éste tenía en los Champs Ely sees. El Arc de Triomphe sólo era una forma en la distancia mientras ella se armaba de valor y entraba al restaurante.

Al acercarse Vanessa, Alexei se levantó y se dieron afectuosamente un beso en cada mejilla. No se habían visto desde aquella noche en el Ritz.

Habían hablado por teléfono cuando ella comunicó las noticias de su unión con Zac, y ahora ya no podía seguir posponiendo lo inevitable. Por fin, después de que ella estuviese dando rodeos, él la tomó de la mano.

—Vanessa, cariño, tú sabes lo importante que eres para mí. Eres como otra hija.

—Lo sé —aseveró ella, emocionada, intentando que no le fallara la voz y anhelando poder volver a confiar en alguien.

— ¿Me estás diciendo la verdad sobre Zac? No me resulta fácil creer que después de toparte con él aquella noche hayas tenido este vertiginoso romance. Lo conozco, Vanessa. No es la clase de persona que hace algo así. Especialmente si tenemos en cuenta los antecedentes entre vosotros. Recuerdo lo enfadado que estaba contigo. Aquella historia en la prensa…

Vanessa lo interrumpió antes de que pudiera seguir ahondando en el pasado. Bastante difícil era ya el presente.

—Alexei, por favor, créeme cuando te digo que no tienes de qué preocuparte —ella cruzó los dedos bajo la mesa en un acto reflejo supersticioso—. Es cierto. Nos encontramos aquella noche y… no sé —se encogió de hombros y esbozó una sonrisa poco expresiva—. Ha cambiado. Siete años es mucho tiempo. No me guarda ningún rencor por el pasado. Confía en mí, Alexei, no quiero que le des más vueltas, de verdad. Deseo casarme con Zac.

Ella suplicó que su tío, un romántico empedernido, no la empujara a decir nada sobre el amor. Durante unos instantes, no pareció estar convencido, pero luego algo debió de pasar por su cabeza que le hizo cambiar la expresión de la cara y sonreír.

—Claro que te creo, Vanessa—apretó la mano de su sobrina—. Sé que este tipo de cosas pasan. ¿Acaso no me enamoré de tu tía Petra en sólo una semana?

Vanessa esbozó una débil sonrisa.

Algo en ella la obligó a comprobar un importante detalle.

—Alexei, esa noche en el Ritz, mencionaste que habías tenido que acudir a Zac. ¿Hay algo que quieras contarme?

Él palideció, y Vanessa desfalleció. Había albergado una mínima e irracional esperanza, pero ahora estaba confirmado. Él, herido en su orgullo de macho griego, levantó ligeramente la voz, evidenciando por qué no había dicho nada acerca del préstamo.

—Cielo, no seas tonta, sólo estamos haciendo negocios, eso es todo.

Observando las reacciones de su tío, Vanessa pudo comprobar que todo lo que había dicho Zac era cierto. Las cosas estaban incluso peor de lo que ella se había imaginado. No sabía cómo Alexei se las había arreglado durante tanto tiempo sin un préstamo. Sus esfuerzos por conseguir financiación de otras fuentes habían sido reflejados por la prensa económica. Vanessa se sintió culpable. De haber tenido un mínimo de interés, se habría enterado de las dificultades por las que estaba atravesando la Naviera Hudgens. Hacía tiempo que sus propias acciones habían sido dilapidadas.

Tenía que conformarse pensando que, al menos de este modo, ella acaparaba el deseo de venganza de Zac, y éste había dejado en paz a su familia. Nadie se enteraría nunca, y la firma familiar estaría a salvo. Sin embargo, no era un gran consuelo.

Se despidió de su tío, quien todavía parecía algo alterado. Nunca en su vida se había sentido tan sola y vulnerable. Según caminaba por uno de los más célebres bulevares del mundo, se sintió como si todas las puertas se le cerrasen y acabara de desvanecerse la última oportunidad de evitar su destino.

Cuando regresó a su oficina, Zac estaba esperándola. Estaba tensa, abiertamente incómoda ante lo que le aguardaba al día siguiente. Confortablemente sentado en la butaca de Vanessa, como si se tratase de su propia casa, se dio cuenta al observarla entrar. Él la examinó con suma atención. Se fijó en la falda negra y en el suéter color crema de cuello alto.

— ¿Puedo ayudarte en algo?

Él se incorporó del asiento y se acercó a ella. Estaba irresistiblemente atractivo. Llevaba un traje y una camisa negros. Vanessa se apartó un poco. La temperatura del despacho parecía haberse disparado en cuestión de segundos. Zac hizo un gesto con la cabeza, señalando la ventana, y miró hacia fuera. Vanessa se acercó, dubitativa, manteniendo una distancia prudencial.

Fuera, abarrotando la acera, había una multitud de fotógrafos. El circo que rodeaba a Zac Efron. Ella no los había visto porque había utilizado la otra entrada del edificio. Él se acercó y se puso a su lado. Un incómodo hormigueo le recorrió la piel a Vanessa. Hasta ese momento él no había pronunciado palabra. El silencio parecía no tener fin, pero finalmente dijo con suavidad:

— ¿Ves eso? Mañana van a estar todos esperando afuera del ayuntamiento, impacientes por verte llegar, entrar y más tarde salir de mi brazo. Y van a sacar todas las fotos que quieran. Si estás pensando en darme alguna pequeña sorpresa, tal como no aparecer, entonces te encontraré, Vanessa, y te llevaré tan lejos de aquí como pueda, y nos casaremos donde no tengas escapatoria.

Ella se volvió hacia él, temerosa del tono que había empleado. Era un completo extraño. Su voz no ocultaba su amargura.

—Ya te he dicho que me casaría contigo. Haría cualquier cosa por salvar a mi familia de la ruina. Incluso si eso significa casarme contigo y pasar un tiempo en el purgatorio.

Él volvió su rostro hacia ella. Tenía una expresión arrogante, pero también una sensualidad que, incluso en aquella situación, despertaba en ella algo básico y carnal. Lo odiaba. Se lo decía a sí misma una y otra vez, como si estuviera tratando de convencerse.

Zac le acarició la barbilla con un dedo, y ella apretó la mandíbula.

—Qué lenguaje tan dramático, Vanessa. Sólo te estoy advirtiendo de lo que pasará si decides abandonar a tu familia a su suerte. Eso es todo.

Vanessa no daba crédito de lo que oía. Ella jamás haría algo que pudiera perjudicar a su familia.

Parecía como si todo, como si todas las conversaciones que tuvieron en el pasado se hubiesen convertido en nada. Él había decidido juzgarla a partir de lo que él creía que ella había hecho hacía siete años.

—Estaré allí mañana, Zac, y, créeme que vas a lamentar haberte casado conmigo.

—No sé por qué me parece que te equivocas, pero admiro tu bravata. Otra cosa. He preguntado a miembros de nuestras familias, sólo como un modo de… guardarme las espaldas.

Vanessa creyó atragantarse, y sólo deseaba abofetearlo, borrarle esa sonrisa engreída de la cara. Pero entonces él deslizó una mano por detrás de su cabeza y la empujó suavemente hacia él. El pánico se apoderó de ella, y de forma instintiva interpuso sus manos para defenderse.

— ¿Qué crees que estás haciendo? —un estremecimiento recorrió su cuerpo.

—Sólo la única cosa que debo confirmar por mí mismo antes de hacerte mi esposa: comprobar los niveles de compatibilidad.

—Niveles de…

Y antes de que ella pudiera pronunciar otra palabra, se encontró con la boca de Zac en la suya. Le inundó una cálida sensación de borrachera y de excitación, haciendo inútil cualquier palabra. Las manos de Vanessa encontraron apoyo en aquellos formidables pectorales. El calor corporal de Zac se extendió por todo su cuerpo, elevando al máximo su temperatura. Quería fundirse con él, contra su miembro erecto. Los labios de él rozaban los suyos una y otra vez.

Abrió su boca de forma puramente instintiva y espontánea, y al primer roce de las dos lenguas sintió estallar una explosión de calor en sus entrañas.

Él la abrazó con más fuerza hasta levantarla en vilo, cuerpo contra cuerpo. Ella sólo deseaba entregarse, apoyarse en él, saborear su fuerza. Sus ojos estaban abiertos como platos; los de él, cerrados, ocultos.

¿Qué diablos le pasaba? ¿En qué estaba pensando?

Poco a poco regresó a la realidad, dejando que ésta fuese enfriando la llama del deseo que había amenazado con desatar un incendio incontrolable. Sin embargo, la boca de él todavía recorría la suya, y la parte más débil de Vanessa aún le decía que se entregara.

Haciendo un gran esfuerzo, cerró las manos y empujó el pecho de Zac, pero era como un muro de acero, inamovible. Ella apartó su boca de la de él y se sorprendió de lo jadeante que era su propia respiración. En el forcejeo, se dio cuenta de que los pechos le dolían y de que tenía tan duros los pezones, que el roce del sujetador los irritaba. Él intentó continuar su avance, pero Vanessa le plantó cara de veras, dándole golpes en el pecho. Su respiración era cada vez más entrecortada y seguía sin poder articular palabra.

Por fin, él aflojó la presión, y ella lo aprovechó para zafarse de su abrazo. Tambaleándose, retrocedió contra el escritorio que se encontraba a su espalda; sabía con certeza que, de no haber estado allí, se habría caído al suelo.

Todo su cuerpo latía con fuerza, y sintió un irrefrenable deseo de volver a arrojarse a sus brazos y suplicarle que la besara de nuevo. Intentó calmarse, y se maravilló de que besarlo de forma tan casta a los diecisiete no la hubiera preparado para lo que estaba sucediendo.

Incapaz de mirarlo a la cara, vio cómo se aproximaba. Al llegar a su lado, él la tomó de la barbilla y le obligó a levantar la cabeza, pero ella cerró los ojos.

—Vanessa, cerrar los ojos no va a hacer que la verdad desaparezca.

Haciendo caso omiso de su instinto, los abrió, preparada para ver una expresión de triunfo en el rostro de Zac. Sin embargo, no fue así. En realidad, él tenía una mirada oscura y enigmática que Vanessa fue incapaz de interpretar. ¿Acaso era ella la responsable de aquella expresión sombría?

Ella tenía que intentar recuperar un mínimo de dignidad, y en algún lugar de su interior encontró fuerzas para hablar.

—La verdad… —ni siquiera tenía la energía suficiente para enunciarlo en forma de pregunta.

—La verdad es que sobra química entre nosotros como para montar un laboratorio —dijo él, posando su mirada en la boca de Vanessa, quien respondió con un estremecimiento—. Y que mañana nos vamos a casar, y que repetiremos esto. Tendremos mucho tiempo en la luna de miel.

Vanessa abrió su boca, pero fue incapaz de hablar por unos segundos.

« ¡Luna de miel!».

—Eso es ridículo. Eso no va a pasar de modo alguno —dijo ella con la respiración entrecortada—. No voy a ir a ningún lugar contigo de luna de miel. Tengo que trabajar; sencillamente, no puedo marcharme y…

Él le puso el dedo en la boca.

—Claro que puedes. Es parte del trato. No se te olvide preparar el equipaje.





Zac avanzó entre la multitud de fotógrafos y periodistas que aguardaban fuera de la oficina de Vanessa. A diferencia de lo que pasaba con otras celebridades, a Zac no se le echaban encima. Había un cierto respeto que se traducía en el espacio que dejaban entre ellos y el magnate naviero, como si supieran que un gesto, una sola palabra suya, podía tener graves consecuencias. Ignoró el aluvión de preguntas y se introdujo en el asiento de atrás de su coche, ocultándose tras los cristales oscuros.

Dio unas lacónicas instrucciones a su chófer para que lo llevara de vuelta a la oficina dando un rodeo. Necesitaba pensar, poner sus ideas en orden, algo poco frecuente en él. Pero la verdad era que su cuerpo aún vibraba fruto de un grado de excitación que nunca antes había experimentado.

¿Qué demonios le había sucedido en la oficina de Vanessa?

Se pasó la mano por el pelo y se quedó mirando a través de la ventanilla con la vista perdida. No había tenido la intención de besarla, pero cuando ella entró, tan correcta y formal, vestida con una elegante camisa y una falda ajustada que dejaba adivinar unos muslos bien tonificados, había sido incapaz de resistirse a sus encantos.

Todo lo que sabía era que, en el momento en que había tomado a Vanessa entre sus brazos, había sentido algo distinto a lo que esperaba. Por supuesto, había sentido una poderosa atracción física, pero había sentido algo más, algo diferente que nunca había experimentado antes. Había sido como si por fin hubiera tenido entre sus brazos lo que llevaba tiempo buscando.

Sorprendido por semejantes pensamientos, intentó reprimirlos. Y por primera vez desde su reencuentro con Vanessa, se cuestionó si estaba haciendo lo correcto. En todo caso, ya era muy tarde para dar marcha atrás. Quedaban tan sólo veinticuatro horas para que venciera el plazo estipulado en el testamento de Dimitris, tiempo a todas luces insuficiente para encontrar a otra mujer. Además, no se podía permitir que unas simples dudas diesen con todo al traste.

Para Zac, quien nunca vacilaba una vez tomada una decisión, todo aquello era nuevo y, desde luego, motivo de preocupación. Por un instante pensó en Isabelle como alternativa, pero una mueca de desagrado se dibujó en su rostro. Había muchas mujeres que estarían felices de ocupar el puesto de Vanessa, pero ya tenía todo atado y bien atado, por no mencionar lo mucho que ella lo atraía. ¿Por qué no debería aprovechar la ocasión de poseerla hasta saciarse?

Después de todo, ¿acaso no iba a ser todo aquello una diversión para él, un entretenimiento, una oportuna venganza al tiempo que un conveniente arreglo para satisfacer sus necesidades, tanto dentro como fuera de la cama?

Sólo entonces le sobrevino una duda de último momento y telefoneó a la oficina de Vanessa para comprobar si ella había recibido el acuerdo prenupcial. Nunca antes había tenido un fallo de concentración como aquél. No quiso darle más vueltas a por qué había estado actuando de manera tan extraña e impropia en él, y rápidamente dio órdenes a su guardaespaldas para que regresara a recogerlo.

Sólo un par de minutos después de que él se hubiera marchado, Vanessa fue plenamente consciente de que se había ido. Aún no se había movido. Se sentía como si hubiera sido arrojada a otra dimensión. Sólo la había besado, se dijo, intentando racionalizar lo ocurrido.

«Y espera que vaya con él de luna de miel…».

Se sintió mareada, aturdida. Tuvo que sentarse en la butaca. Sus ojos vidriosos se fijaron en una nota que había encima de la mesa. Estaba escrita a mano, con un trazo brusco que sólo podía pertenecer a una persona: a él.

«Por favor, firma el acuerdo prenupcial y envíamelo».

Vanessa leyó esa nota una y otra vez, hasta que por fin volvió en sí. Oyó repicar las campanas de una iglesia a lo lejos. Su suerte estaba echada. Él ni siquiera había tenido la delicadeza de decírselo en persona. Había pasado de transmitirle lacónicas órdenes a escribir escuetas notas. Había entrado en su oficina como Pedro por su casa y había comprobado el material como si se tratase de un mercader de esclavos a punto de hacer una nueva adquisición. ¿Quién se creía que era?

En aquel momento, sacándola de su ensimismamiento, su asistente asomó la cabeza por la puerta, y Vanessa le hizo un gesto para que entrara. Llevaba un sobre en la mano.

—Lo siento, esto vino antes, pero me distraje cuando Zac… —ella se sonrojó, y Vanessa frunció el ceño—. Lo siento. Cuando llegó el señor Efron.

La asistente se apresuró a retirarse, y Vanessa hizo un gesto de preocupación. Otra mujer lista para caer a los pies de Zac. ¿No había nadie inmune a los encantos de aquel hombre? Al abrir el sobre, cayeron un montón de papeles. Allí estaba el acuerdo.

El acuerdo especificaba las condiciones del matrimonio. Básicamente, en caso de divorcio, ella no tenía derecho a nada, lo que no le sorprendió en absoluto. En cambio, lo que sí le llamó la atención fueron los generosos términos del préstamo para su tío. Parecía que él le reservaba a ella todo el castigo. Por parte de Vanessa esto no representaba ningún problema, puesto que ésta no tenía el menor interés en el dinero de Zac.

Tras leerlo, estampó su firma enseguida e introdujo de nuevo los papeles en el sobre. Cuando estaba a punto de pedir a Cécile que volviera a entrar, apareció alguien en el pasillo. Al principio pensó que era él, pero luego se dio cuenta de que se trataba de su guardaespaldas.

— ¿El señor Efron le envía por esto? —le preguntó al tiempo que le ofrecía el sobre.

Él lo tomó y se fue.

El panorama era desolador. A partir de entonces, mientras él quisiera, ella sería propiedad de Zac. En la riqueza y en la pobreza.






Listoo! espero que les guste

Besos, Bye!!

martes, 22 de febrero de 2011

Capítulo 4

antes k nada le kiero dedicar este cap a mi amiga angela k hoy culple años felicidades y estero k te guste


— ¿Cómo?

—Sí, Vanessa, ha llegado el momento de que pagues por lo que hiciste hace siete años. ¿Creías que nunca te pasaría factura? Reconozco que no lo tenía planeado; me hacía feliz pensar que nunca nos volveríamos a ver, pero al encontrarnos la otra noche… —una mueca se dibujó en su rostro; buscaba las palabras adecuadas—, eso y una desafortunada serie de circunstancias a las que debo hacer frente… en fin, todo esto ha sido puramente fortuito.

Una pesadilla. Estaba viviendo una pesadilla, no podía ser otra cosa. La mente de Vanessa se desprendió de todo. Miraba a su alrededor, aturdida, y no podía ver más que parejas cenando. Parecían de verdad. De repente volvió a la realidad: alguien la llamaba por su nombre.

—Toma, bébete esto.

Desde el otro lado de la mesa, Zac le ofrecía una copa llena de un líquido de color ámbar oscuro que había pedido tras la cena. Ella negó violentamente con la cabeza y le apartó la mano.

Él la miró. Su voz sonaba insoportablemente dura.

— ¿Se puede saber qué es lo que te pasa?

Ella sacudió la cabeza, ignorando su pregunta.

— ¿Por qué demonios quieres casarte conmigo, Zac? No lo entiendo.

Él dejó su copa en la mesa y sonrió de forma algo siniestra.

—No te preocupes, Vanessa, no es que quiera casarme contigo. Cuando mi tío Dimitri murió, me dejó su parte de la Naviera Efron. Es la única que todavía escapaba a mi control.

Ella lo miró, aún conmocionada.

—Era algo de esperar. Nunca ocultó que deseaba que yo la heredase.

Ella asintió vagamente, incapaz de articular palabra.

—Pero su testamento albergaba una sorpresa. Dimitri tenía bastante sentido del humor, y él sabía lo que yo pensaba acerca del matrimonio —imperturbable, respondió a la mirada que Vanessa le había dirigido sin ni siquiera darse cuenta—. Nunca lo haría por propia voluntad. No ha nacido la mujer con la que quiera casarme.

Una punzada de dolor atravesó el corazón de Vanessa. Pero Zac era ajeno a los estragos que estaba causando en su interior. ¿Acaso ella le había hecho algo parecido?

Él interrumpió sus pensamientos.

—En el testamento estipuló como condición que debo casarme antes de los seis meses siguientes a su muerte si no quiero perder su parte de la compañía —una mueca acompañó a sus palabras—. Es como si mi tío supiera que ésta era la única forma de hacerme ceder ante su ridícula visión romántica de la vida.

Vanessa hizo un esfuerzo por centrarse en el discurso de Zac para evitar así caer en un torbellino de emociones.

—Pero ¿es que su parte de la compañía era tan grande?

—No, pero se trata de una parte clave. Como sabes, cuando mi padre murió me hice con el control del negocio.

Vanessa sintió una inesperada compasión al recordar el caos de aquella época. Pero Zac no apreciaría su preocupación o interés, y menos aún su compasión. ¿Y cómo era capaz siquiera de sentirse comprensiva?

—El testamento de Dimitris especifica que, de no casarme en el plazo de seis meses, sus acciones serán para la Naviera Stakis.

Vanessa se quedó boquiabierta. Las dos compañías, la Stakis y la Efron, eran enemigas irreconciliables. Hasta ella sabía eso. Tratos bajo cuerda, rumores de vínculos con el narcotráfico y la prostitución ilegal… Stakis era la oveja negra del mundo de las compañías navieras y el único emporio empresarial capaz de hacerse con la Naviera Efron. Si lo que decía Zac era cierto, y si él no se casaba, Stakis adquiriría aún más poder.

Zac no podía evitar sentir placer ante las expresiones que ponía Vanessa, ante su evidente comprensión del mundo de donde él venía.

—Mi tío, en un intento de verme felizmente casado, me ha colocado en una situación de suicidio profesional si no contraigo matrimonio.

—Ya sé que no es un escenario ideal, pero ¿de verdad es tan terrible lo que puede pasar si no te haces con la herencia de Dimitris?

Él asintió con la cabeza.

—Las acciones que obraban en su poder tienen una importancia estratégica en el mercado. Es la pieza que mantiene todo el edificio en pie. Sin ellas, todo se podría venir abajo. Y él sabía lo repugnantes que me parecen las prácticas de Constantine Stakis. Él ha estado esperando una oportunidad como ésta durante años. El matrimonio parece un precio pequeño para mantener el legado de mi familia intacto y evitar que Stakis pueda causarnos daño.

Otra vez aquella palabra: matrimonio. Su cerebro la rechazaba. Vanessa negó con la cabeza.

—Imposible. No podría. No puedo.

Zac sintió una oleada de irritación y rabia. ¿Por qué le contaba todo aquello? Contrariado, hizo un gesto con la mano.

—Todo esto resulta innecesario. Ni siquiera te mereces una explicación. Todo lo que necesitas saber es que el destino de tu familia depende de mí, y el único modo de salvarlos es casándote conmigo. En caso contrario, tu familia ya puede despedirse de su fortuna.

—Pero, eso es… absurdo… arcaico. Tú no quieres tener nada que ver conmigo; me odias.

Él se volvió a inclinar hacia delante.

—El odio es la otra cara del amor, Vanessa. Claro que no te odio —la recorrió con la mirada de tal manera que ella lo pudo sentir en su piel—. Pero sí que te deseo.

Atónita, sintió un escalofrío. Los ojos de él se habían oscurecido y había bajado ligeramente los párpados. Parecía soñoliento.

¿Él la deseaba? ¿Por qué semejante confesión le había producido a Vanessa un sentimiento de excitación en todo su cuerpo en lugar de dolor o de asco?

—Bueno, yo, desde luego, no te deseo, Zac, así que sería algo no correspondido —tenía la espalda tan tensa, que le dolía. Su propia voz le sonó artificial y manifiestamente poco sincera.

Antes de que ella pudiera apartarse del peligro, él la volvió a tomar de la mano. Vanessa sintió el latido traicionero de la sangre entre sus piernas y las apretó con fuerza. Él, con la mirada, estudió al detalle el cuerpo de ella, empezando por el rostro, deteniéndose en el pulso acelerado de su cuello y terminando en el pecho, donde una respiración rápida y entrecortada hacía poco por disimular su agitación. Ante el hormigueo en sus pechos y la erección de los pezones, Vanessa suspiró por que él no se diera cuenta de la reacción.

Seguro de sí mismo, volvió a posar sus ojos en los de ella.

—Una vez me deseaste, Vanessa, y todavía me deseas. Si ahora mismo me levantara del asiento, diera la vuelta a la mesa y te besara, no te resistirías.

La sola idea le dejó a Vanessa la boca seca.

—Tienes una opinión muy elevada de ti mismo –dijo ella con escaso convencimiento, sabedora de que sus palabras no tendrían el menor efecto.

No había nada que pudiera hacer para parar lo que se le venía encima. Sin embargo, jugó una última baza.

— ¡Isabelle Zolanz! ¿Cómo te vas a casar conmigo si estás saliendo con ella? ¿Por qué no te casas con ella? Al fin y al cabo sois pareja —algo se le revolvió en su interior al decir aquello, y tuvo que disimular su reacción.

Él le soltó la mano y sacudió la suya en un característico gesto griego de rechazo.

—Isabelle ya no forma parte de mi vida.

A Vanessa le sorprendió la frialdad de su tono.

—No me pareció la otra noche que ella lo supiera.

—Ahora ya lo sabe —repuso, zanjando cualquier discusión al respecto.

Vanessa pudo imaginarse lo brutal que había sido y sintió lástima por la otra mujer.

Si no lo había hecho ya, tenía que asumirlo. El joven que ella había conocido, la persona de quien había sido amiga y confidente, había cambiado radicalmente. En su lugar había un despiadado hombre de negocios, un verdadero macho dominante. Y ella tenía algo que ver en aquella transformación. Nunca debió haberle abordado aquella noche. Pero ya era tarde para arrepentirse y lamentar lo que pasó. Ya era demasiado tarde.

Ella intentó razonar con él.

—No lo haré, Zac. Es una locura. Siento lo que sucedió, de verdad lo siento. No fue mi intención.

«Mentirosa… Aquella noche fuiste a por él».

Ella tragó saliva y reprimió sus dolorosos pensamientos.

—No puedes castigarme por algo que tuvo lugar cuando tenía diecisiete años.

— ¿Diecisiete años? —se rió amargamente—. No eras ninguna ingenua, Vanessa. Recuerdo cómo eras con Giorgio… Tenías al pobre chico besando por donde pisabas. Tenías casi los dieciocho, estabas a punto de ir a la universidad, de convertirte en una persona adulta. Sabías perfectamente lo que estabas haciendo —sacudió la mano en un gesto de impaciencia—. Pero esto ya no tiene que ver con el pasado. De hecho, todo ese asunto ha llegado a aburrirme. Tiene que ver con el presente. Todo lo que hace el pasado es ofrecerme una pequeña posición de fuerza respecto a ti. Una pequeña retribución, endulzada por un deseo muy intenso.

La invadió un sentimiento de tristeza. Él estaba tan equivocado. Ella no había pensado en Giorgio desde hacía años. Era otro amigo de sus primos, y lo único que había hecho era aprovecharse de su insistencia para intentar, sin éxito, dar celos a Zac. Pero lo había hecho con la inocencia e inconsciencia propias de una adolescente. Nunca le cupo la menor duda de que Giorgio era lo bastante fuerte como para encajar su negativa; de hecho, éste no tardó en buscar el consuelo de otra prima. ¿Acaso debía ser castigada por cada pequeña falta?

Ella negó, taxativa, con la cabeza.

—No, no lo haré. No puedes obligarme —«por favor», añadió para sí. Él no tenía ni idea del terrible castigo que supondría para ella.

—Demasiado tarde. Ya lo tengo decidido. Si no te casas conmigo, tu tío Alexis sufrirá las consecuencias. Por cierto, ¿no tenía tres hijos estudiando en los Estados Unidos?

— ¡Ya basta! —el pánico atenazaba su voz—. Eres un sinvergüenza.

Él inclinó su cabeza.

—No, Vanessa, no lo soy. Debo casarme cuanto antes, y tú has aparecido en el momento oportuno. Además, estás sin compromiso y eres una mujer muy atractiva.

— ¿Entonces es eso? ¿Sólo me quieres porque satisfago tus estándares de perfección física?

Él dibujó una leve sonrisa.

—Distas mucho de la perfección física, Vanessa, no te equivoques. Sin embargo, por alguna razón me siento más atraído por ti de lo que me he sentido por ninguna mujer desde hace mucho tiempo… Así que no creo que vaya a haber ningún problema en nuestra noche de bodas cuando vengas a buscarme.

A pesar de todo aquel descaro, Vanessa sólo reaccionó a la afirmación de que accedería de buen grado a acostarse con él.

—Nunca me…

—Sí, sí lo harás —la interrumpió bruscamente—. Y voy a disfrutar con cada momento de esta dulce venganza, con cada paso, con cada parte de tu cuerpo que vas a descubrir según vayas entregándote a mí, como hiciste hace siete años. ¿No crees que, ahora que necesito una mujer, es justo que ocupes el lugar de Pia después de impedir mi matrimonio con ella?

Vanessa no pudo reprimir un escalofrío al escuchar aquellas palabras. Y sabía que no lo motivaba el miedo. Odiaba a ese hombre y no tenía escapatoria.

— ¿Cómo puedo estar segura de que le darás el préstamo?

—Podría ver cómo tu familia se hunde. Dios sabe que estoy en mi derecho. Pero al contrario de lo que crees, Vanessa, no soy tan cruel. Puedes dar por hecho que el día de la boda tendrá el dinero.

Ella sintió unas ganas terribles de salir corriendo de allí y alejarse lo más posible, pero estaba segura de que él terminaría por encontrarla. Abatida, se reclinó en la silla, incapaz de mantenerse erguida ante semejante condena.

—A pesar de lo que puedas pensar, no busco su sufrimiento —añadió él.

Ella se dio cuenta de que tenía que hacer algo, tenía que intentar hacerle entrar en razón. Debía de haber un ser humano debajo de aquel hombre impasible. En ese momento, sacó fuerzas y apeló al Zac que había conocido tiempo atrás.

—Zac… —él comenzó a interrumpirla, pero ella levantó la mano—. Por favor, déjame decirte algo —le suplicó, mirándolo con intensidad—. Nunca acudí al periódico con aquella historia. Nunca habría hecho algo así. Tú me conocías.

Él guardó silencio mientras Vanessa, desesperada, se esforzaba por convencerlo.

— ¿Por qué iba a hacerlo, Zac? ¿Por qué?

El cuerpo de él, a tan sólo unos centímetros del de ella, estaba tenso. Hizo un gesto como de no tomárselo en serio.

—Muy sencillo, porque eras una más de una larga lista de gente que pensaba que podía ganar dinero a mi costa. ¿Fue tu padre quien te empujó a hacerlo para saldar sus deudas, Vanessa? ¿O lo hiciste porque sí, para llamar mi atención? Aquel día te dije que no me interesaban las adolescentes —su boca dibujó una mueca—, pero si hubieras venido a mí como eres ahora…

Recorrió todo su cuerpo con una mirada cargada de deseo. Ella debería haber sentido asco; debería haberla enfadado, pero no fue así. En realidad, la hizo sentirse sofocada y confundida.

Pero él no había terminado.

—Para decirte la verdad, hace tiempo que me dejó de interesar por qué lo hiciste —negó con la cabeza—. Cambiaste Vanessa. La chica que conocí nunca me habría intentando seducir para conseguir una fotografía.

A ella le invadió de nuevo un sentimiento de dolor y humillación. No podía creer que él hubiera pensado eso de ella.

Vanessa se mordió el labio con tanta fuerza, que pudo sentir el sabor de su sangre. Como si su rechazo no la hubiera dolido lo suficiente aquella noche, él tenía que repetir una y otra vez lo inoportunos y desagradables que habían sido sus requerimientos amorosos. Todos los intentos por que escuchara, para que entrara en razón, parecían estar condenados al fracaso.

—Lo siento. No tengo palabras para decirte cuánto lo siento.

—Ya es un poco tarde.

Aquellas palabras la golpearon como un latigazo, estremeciéndola de dolor.

—Pero en realidad no sucedió de esa manera. Yo no…

—Déjalo ya —su rostro expresaba desprecio e incredulidad—. Había tres personas allí esa noche: tú, yo y quienquiera que fuera tu fiel fotógrafo. Una lástima que fuera tan sólo un aficionado… pero fue suficiente.

Ella se desplomó de nuevo en su asiento, apesadumbrada por su crueldad y cinismo. Y ahora que ya sabía lo que él quería, todas las vías de escape estaban clausuradas. No podía seguir insistiendo en su inocencia y tampoco podía explicar lo que en verdad había pasado, ya que ello involucraría a una persona incapaz de defenderse de ese peligroso Zac. En el funeral de los padres de Vanessa, Eleni, casi histérica, se había acercado a su prima con un terrible sentimiento de culpa. Le contó todo: cómo la había seguido hasta el patio, sacado la fotografía, entrado en su correo electrónico y enviado la historia a la prensa.

Durante un momento efímero, Vanessa pudo abstraerse del presente para recordar aquel doloroso día en que coincidieron el entierro de sus padres y la confesión de Eleni. Vanessa siempre había albergado alguna sospecha, pero escucharlo de sus labios era algo muy diferente. Perplejidad, ira, consternación, dolor… sentimientos todos ellos suscitados al conocer la verdad de boca de su prima. Cuando había estado a punto de reaccionar contra Eleni, el marido de ésta entró en escena y le explicó con todo detalle por qué Eleni había actuado de aquella manera. Ése era precisamente el motivo por el cual Vanessa no podía defenderse ahora.

Se enteró de que su prima había tenido una crisis nerviosa y había estado en tratamiento tras sufrir varios abortos. Vanessa había visto el dolor en el rostro del marido de Eleni. Sólo tras aquel incidente, y con el beneficio que representa la madurez y el contemplar las cosas en retrospectiva, Vanessa pudo ver lo enamorada que Eleni había estado de Zac, aunque también lo manipuladora que siempre había sido, especialmente en todo lo que tenía que ver con él.

Sin embargo, Vanessa era consciente de que, a pesar de lo que hizo Eleni, si ella no hubiera ido tras Zac aquella noche, nada de lo que sucedió después habría ocurrido. Ella era la única culpable de su propio comportamiento, más allá de las consecuencias que acarreó o de su total ausencia de malicia. Y ahora Zac tenía en su mano el futuro de la Naviera Hudgens. Derrotada, posó sus ojos en él.

—No tengo elección, ¿verdad?

Él respondió con calma.

—Por supuesto que sí, Vanessa. Siempre hay una elección. La tuya es muy sencilla: si te marchas ahora, tu tío no recibirá un solo euro y, por lo tanto, tu familia se verá en la ruina. En cambio, si accedes a casarte conmigo, contará con el préstamo y podrá superar la crisis.

Ella hizo la pregunta fatídica.

— ¿Cuánto tiempo estaríamos…?

Él se encogió de hombros.

—Tanto como yo quiera, Vanessa. El día en que me aburra de ti, en que pierda el interés, ése será el día en que nos divorciemos. Sólo entonces podrás dar por terminado nuestro matrimonio.



Listoo! Espero que les guste!! Besos

sábado, 19 de febrero de 2011

Capítulo 3

Zac colgó el teléfono. Vestido con unos pantalones y una camisa italianos hechos a medida, se acercó a la ventana de su despacho y metió las manos dentro de los bolsillos. Aquello tensó la tela de los pantalones, marcando sus glúteos. Otro tanto hacía la camisa con sus anchas espaldas. Su impresionante y masculina silueta se recortaba contra la ventana. Pensó en la otra noche, aún vivas las secuelas del encuentro con Vanessa. Recordaba la impresión que le produjo descubrir cómo había cambiado, y también el deseo que recorrió todo su cuerpo al verla; un deseo renovado con sólo escuchar su voz al teléfono.

Había sido más difícil de lo que pensaba librarse de Isabelle. Probablemente ella había fantaseado con la posibilidad del matrimonio. Le llevó dos noches, más joyas y una cena en el mejor restaurante de la ciudad. Todo el mundo, tarde o temprano, lo había traicionado. Incluso su propia familia. Pero nunca se lo hubiera imaginado de Vanessa. Ella lo había arrojado de su casa, le había arruinado la boda y dejado su nombre a la altura del betún. Al usar su dirección de correo electrónico para enviar la foto y la historia, no había duda de que Vanessa quería mofarse de él. E incluso tuvo la desfachatez de revelar al periódico detalles tan íntimos, que sólo ella podía conocer, pues era la única persona a quien se los había confiado. Una severa mueca se dibujó en su rostro. Los buitres que ya habían olido una posible debilidad a la muerte de su padre habían estado rondando durante mucho tiempo, y casi lo consiguieron. Tenía que reconocer que, cuando él le contó aquellas cosas, dos años antes del episodio que supuso el escándalo, su padre aún no había muerto y ella sólo tenía quince años. En aquel entonces, él todavía no había visto sus sueños destrozados por la dura realidad ni por haber sido tan abierto y confiado. El hecho de que ella hubiera guardado las conversaciones que mantuvieron como amigos para usarlas de esa forma le revolvió el estómago. Aquel periodo supuso un punto de inflexión en su vida; y no volvió a permitir que nadie se le acercara tanto. Desde entonces, funcionaba por su cuenta y no necesitaba a nadie.

Dio un puñetazo en la pared. ¿Cómo podía ella haber cambiado tanto de esa manera en tan sólo dos años? Cerró los ojos y se hizo las mismas preguntas una y otra vez. La cuestión era clara: había sido traicionado. No había significado otra cosa para los demás que un medio de ganar dinero. Cuando aquel día volvió las espaldas a Vanessa, también lo hizo a muchas otras cosas.

« ¡Basta!», se dijo. Vanessa Hudgens estaba a punto de averiguar lo que significaba cruzarse en el camino de Zac Efron. Había llegado el momento de que sufriera en sus carnes lo que él había padecido.

Su cabeza regresó al plan que había empezado a urdir desde que la vio de nuevo. Era cierto que nunca había sentido especial pasión por la venganza. De hecho, pensaba más bien que, al poner al descubierto las emociones, podía constituir una debilidad frente al enemigo. Y eso era parte del secreto de su éxito en los negocios, parte de la razón por la que se hallaba en la cima, habiendo llegado aún más lejos que su padre.


Recordó cómo había dudado sobre si recibir o no a Alexei Hudgens cuando éste acudió a él en busca de ayuda. Sonrió de forma inexorable. Había tomado la decisión acertada. El destino así se lo acababa de confirmar. Ahora estaba dispuesto a repensar su visión de la venganza… especialmente cuando resultaba tan tentadora.

Vanessa observaba las calles por las que pasaba. Normalmente nunca tomaba un taxi. El metro cubría de sobra sus necesidades, pero un problema de última hora en la oficina y la avería de un tren le dejaron un margen demasiado justo para llegar a las ocho al Hotel Crillon. Estaba de los nervios y tenía las manos húmedas, así que se las pasó por el vestido sin darse cuenta. ¿Cómo sería volver a ver a Zac? Él era incluso más apuesto de lo que había imaginado. Las duras y masculinas facciones de su rostro se le habían quedado impresas en la retina. Le había parecido aún más alto. Más de un metro noventa de puro músculo. Sintió un estremecimiento de un genuino deseo, e intentó apartar su pensamiento de sus atractivos físicos.

Él nunca se llegó a casar, y desde el fracaso con Pia Kyriapolous no se había vuelto a oír nada al respecto. Por lo que Vanessa podía recordar, Pia enseguida había contraído matrimonio con otro hombre, lo que, sin duda, no hizo sino echar más sal en la herida de Zac. Pia había sido una de las más exitosas modelos de Grecia y la hija de otro poderoso magnate naviero. El día siguiente al anuncio del compromiso, Vanessa tuvo que aguantar los comentarios de todo el mundo diciendo que eran la pareja ideal.

Habiendo ganado en madurez, Vanessa sabía ahora que Zac había condicionado de manera determinante el desarrollo de su sexualidad. Por supuesto, él ni lo había notado, ya que no la veía desde ese punto de vista. Ésa era la razón de que, con el estímulo, casi la presión de su prima Eleni, aquella aciaga noche hubiera salido a su encuentro. Cerró los ojos y tragó saliva. No necesitaba pensar en eso ahora, no cuando estaba a punto de encontrarse con él. Ya era una mujer adulta, capaz de controlar sus emociones.

Abrió los ojos y se sonrió. Había confundido un deseo inmaduro y caprichoso con amor. Y en cuanto a Eleni… Vanessa dio un gran suspiro. No tenía sentido pensar en eso ahora, no había nada que ya pudiera hacer. Agua pasada ya no mueve molino.

El taxi se aproximó a la entrada principal del hotel. En unos segundos, pasó del calor al frío. Se detuvieron, y el portero se acercó a abrir la puerta del coche para que pudiera salir. Observó el nombre del hotel en el toldo situado sobre la entrada y, con tacones altos y un indudable temblor en las piernas, se adentró en el vestíbulo de mármol amarillo oro.

Enseguida lo vio a la puerta del pequeño bar, y sintió la necesidad de darse media vuelta y salir por donde había entrado; ganas de volver a casa, hacer las maletas y regresar a Londres, pero sacó pecho y siguió adelante. Él se encontraba sentado en un taburete alto con la vista fija en el vaso que tenía en la mano. Él no la vio acercarse, y había algo realmente intenso en el modo en que observaba el líquido

del vaso… casi como si estuviera buscando algún tipo de respuesta. Vanessa se detuvo a su lado, intentando no sentirse abrumada por aquel formidable físico.

—Zac —maldijo su voz, que sonó insoportablemente ronca.

Él miró hacia arriba, y ella se sintió atrapada y cautivada por aquellos ojos oscuros. Estaba en un apuro. Él se levantó con ágil elegancia, sin atisbo de expresión en el rostro, y le tomó el abrigo. Con reticencia, ella aceptó su ayuda, pero evitó cuidadosamente todo contacto físico.

—Siento haber llegado un poco tarde. Me entretuve en el trabajo.

—No te preocupes. Podemos tomar algo aquí y luego pasar adentro —él dibujó una sonrisa que no expresaron sus ojos.

Él era el encanto y la educación en persona, pero ella en ningún momento se dejó engañar. La condujo hasta una mesa y, con un gesto, la invitó a sentarse. Pensó que había acertado al haberse puesto una sencilla camisa de seda y una falda negra sin adornos, al no haber hecho ningún esfuerzo. Vino el camarero, y Vanessa pidió agua.

Zac levantó una ceja y pidió un whisky.

— ¿Esta noche no hay alcohol, Vanessa?

Un súbito rubor coloreó sus mejillas al percatarse del doble sentido de la pregunta. Se refería a la noche de marras, cuando ella le arrebató la botella de las manos. De nuevo ella se quedó impresionada de su memoria. ¿No había olvidado nada? Ella negó con la cabeza.

Ella no iba a decirle que después de aquella noche no había vuelto a probar una gota de alcohol. No es que le faltaran ocasiones, pero cuando llegaba el momento, simplemente, no podía. De algún modo, le recordaba al pasado, e incluso el olor le revolvía el estómago. Tenía la incómoda sospecha de que su reacción ante el alcohol tenía que ver con el temor a que sucediera algo fuera de su control, como había ocurrido la noche que se emborrachó y lo besó.

—Mira, estoy segura de que estás ocupado. No hay necesidad de que sigamos adelante con esta cena. ¿Quieres decirme tan sólo qué…?

—Todo a su tiempo, Vanessa —le interrumpió él, mientras se inclinaba hacia delante.

Vanessa tuvo que hacer un esfuerzo para no echar la silla hacia atrás. Presentía que estaba metida en algo grande, pero que no tenía ni idea de qué se trataba. Se sentía como una mosca atrapada en una tela de araña, y no le gustaba. Y menos aún cuando Zac le sonrió como una araña hambrienta.

—Cuéntame, ¿cómo has acabado viviendo aquí en París? —preguntó él en tono afable—. ¿No fuiste a la universidad en Inglaterra?

Ella asintió despacio con la cabeza, dispuesta a reprimir el miedo que sentía, a no mostrarse intimidada. Pero a pesar de todo, no tuvo ninguna dificultad en expresarse.


—Tras la muerte de mis padres, quería alejarme de Londres. Siempre me ha encantado París. Había pasado un año aquí aprendiendo francés durante mis estudios de Empresariales. Parecía una salida clara. Contaba con el dinero de la herencia, y monté nuestra pequeña empresa. Enseguida nos hicimos un hueco al dedicarnos a las relaciones públicas para las compañías inglesas que deseaban establecerse aquí y, viceversa, para las empresas francesas interesadas en Londres.

Zac recordó la rápida investigación que había efectuado aquel mismo día sobre Vanessa. Había descubierto innumerables fotografías suyas en diferentes eventos sociales, y en todas Vanessa parecía ser el alma de la fiesta. Aunque su apariencia en el restaurante parecía indicar otra cosa, pues su ropa no podía ser menos llamativa, en realidad ésta no contribuía precisamente a disimular las curvas que tanto habían llamado la atención de Zac la otra noche.

Y a pesar de que ella no había tomado nada de alcohol, él no tenía la menor duda de que en aquellas fiestas sí lo hacía. Zac comenzó a sentir una rabia difusa, una nebulosa sensación de frustración, pero se esforzó por ser cortés. Al menos por el momento.

—No sólo te has hecho un hueco, como dices, en el negocio de las relaciones públicas. Leí en la prensa financiera que tu compañía había sido galardonada con el premio a la mejor nueva pequeña empresa del año. Eso es un gran logro.

Vanessa estaba muy sorprendida por aquellos halagos y se encogió de hombros con modestia.

—Como dije, entramos en el momento adecuado. Con el túnel bajo el Canal de la Mancha, Inglaterra nunca ha estado tan cerca de Francia, y mucha gente está aprovechándose de ello. Yo soy una de tantos.

—Sí, pero no todo el mundo triunfa. No hay duda de que tienes los genes de los Hudgens.

—Que no son nada comparados con los genes de los Efron—repuso ella con una sonrisa irónica mientras comenzaba a sentirse algo más relajada.

Sorprendida de su propia sonrisa, enseguida frunció los labios. Era consciente de que bajar la guardia suponía entrar en un territorio muy peligroso.

—Es posible —la mirada de Zac descendió hasta su boca.

Aquella repentina sonrisa también le había pillado desprevenido. Era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en apresar aquel labio inferior entre los suyos, explorar esa exuberante y almohadillada suavidad, separarles dulcemente con su lengua.

Aliviado, vio cómo el encargado del restaurante se acercaba a la mesa.

—Señor Efron, siento molestarle. ¿Tomarán otra bebida aquí o desean pasar ahora a su mesa?

Se levantó con la agilidad de una gran pantera, lo que hizo que Vanessa se estremeciera.

—Ahora, Pierre. Gracias por esperar.

Aguardó a que Vanessa se levantara para ir detrás de ella. Tuvo que reprimir un repentino deseo de poner las manos en las curvas de sus caderas, de sentir su balanceo contra su mano, de explorar el roce de la seda de la camisa sobre su piel. Se fijó en el brillo de su cabello, más largo por detrás de lo que se había imaginado. Los revoltosos rizos de la juventud habían sido reemplazados por una suave ondulación.

Aquel paralizante aburrimiento se había disipado definitivamente. Por primera vez en mucho tiempo miraba el futuro con ilusión.



— ¿Está bueno? –preguntó él.

Vanessa lo miró con cautela mientras él se repantigaba en el asiento. Resultaba evidente que Zac se encontraba en su salsa en el suntuoso ambiente de aquel famoso restaurante. Les Ambassadeurs. Ella había oído que éste era el hotel en el que cada año se celebraba un exclusivo baile en el que veinticuatro privilegiadas jóvenes de todo el mundo, entre los quince y los diecinueve años de edad, hacían su presentación en sociedad. Vanessa sintió un escalofrío cuando se acordó de cómo era con diecisiete años.

Ella asintió con la cabeza y, habiéndoselo terminado todo, dejó los cubiertos sobre el plato. Un suave rubor coloreó sus mejillas. ¿Por qué tuvo que comer de aquella manera? Él debía de sentir asco ante el modo como había engullido. El lugar de quitarle el apetito, la tensión le hacía comer más, y no le gustaba nada que se lo recordaran. Después de todo, no hacía tanto tiempo que había dejado de ser una chica regordeta.

—Espectacular —respondió, enérgica, con una resplandeciente sonrisa—. Como recordarás, nunca me ha faltado el apetito.

Él recorrió el cuerpo de ella con su mirada, o lo que podía ver del mismo. En concreto, hasta donde su cintura se curvaba antes de ensancharse de nuevo a la altura de sus caderas. Y lo que contemplaba le estaba resultando una provocadora invitación.

Vanessa sintió cómo subía su temperatura corporal bajo la presión de aquella mirada, lo que le hizo lamentar el haber atraído su atención. Recordó la malintencionada pulla que le lanzó días atrás cuando él sugirió que ella había pasado por un quirófano para hacerse algún retoque. Afortunadamente, él dejó de mirarla así para mirarla directamente a los ojos.

—Parece que sigues siendo tímida. Tal vez eras un poco rechoncha, pero ¿qué adolescente no pasa por eso?

« ¡Rechoncha!».

Vanessa volvió a sentirse humillada cuando recordó lo apasionada que había sido aquella noche en el patio, con qué intensidad había deseado a Zac, pero también qué torpes y desmañadas habían sido sus maneras; cómo, por una vez en su vida, había sido completamente ajena a todo lo que no fuera ese raudal de sensaciones que se había apoderado de ella; cómo había creído poder despertar en él los mismos sentimientos. Quería cerrar los ojos, dejar de verlo.

—Zac, creo que deberías contarme…

—No, aún no –la interrumpió de nuevo, haciendo caso omiso de su súplica.

Ella se acobardó un poco ante el severo tono de sus palabras, y él pareció darse cuenta.

—Dime, Vanessa, ¿por qué sentiste la necesidad de contar aquellas cosas sobre nuestras conversaciones? ¿No bastaba con publicar la foto?

Se puso roja como un tomate. Para cuando se enteró de cómo habían abusado de su propia confianza de una manera tan abominable, ya había sido demasiado tarde. ¿Y entendería él lo que era ser una chica adolescente completamente enamorada? ¿Cómo ella simplemente había confiado en alguien con quien pensaba que podía contar? Por supuesto que no. Tal vez pudiera el Zac que ella había conocido hacía largo tiempo… pero el hombre que tenía ante ella, no.

Se alegró de no haber dicho nada sobre Eleni, de no contar la verdad. Dada la situación de su prima, no era fácil utilizarla para justificarse. Lo que tenía que hacer era averiguar qué era lo que él quería, porque no había ninguna duda de que buscaba algo.

Vanessa endureció su corazón. No tenía más remedio. Las conversaciones que él había mencionado habían pertenecido a otra época, a un tiempo más inocente cuando ella había creído que ambos compartían inquietudes y forma de ser. Pero cuando su padre murió y él se hizo cargo de la empresa naviera, él cambió. Bajo su dirección, la compañía multiplicó de forma exponencial sus beneficios. Aquélla no era la misma persona que algún tiempo antes le había confesado su interés por estudiar Arte. Estaba claro que le había tentado más la oportunidad de ganar dinero, muchísimo dinero, y eso lo había cambiado.

—No lo hice. No fue como tú piensas —respondió ella torpemente.

Él se inclinó hacia delante. Su cara tenía una expresión severa.

—Ah, ¿y entonces cómo fue, Vanessa?

Aquello ya era distinto. Zac estaba enojado, manifestaba su odio. Vanessa sintió algo de alivio. Al menos podía lidiar con eso. Ella lo miró sin amedrentarse.

—Nunca tuve la intención de hacerte daño, Zac. Puedes creer lo que quieras. Aquel día ya te formaste una opinión.

—No me hiciste daño, Vanessa—dijo en tono burlón—, pero con tus acciones imprudentes y crueles, causaste verdaderos estragos.

No era fácil para Vanessa oír aquello. No había sido cruel a propósito. Pero él tenía razón: había sido imprudente. No podía llevarle la contraria en ese punto.

—Tu tío Alexei… —no terminó la frase. Aquel rápido cambio de tema le pilló desprevenida. Parecía como si estuviera jugando con ella a algún tipo de arte marcial mental.

Inmediatamente ella se puso en guardia.

— ¿Qué pasa con él?

—He oído que está atravesando por algunas dificultades —Zac se encogió de hombros como quitándole importancia.

Una sensación de culpa invadió a Vanessa. Recordó de pronto las palabras de su tío la otra noche, cuando mencionó que había tenido que ponerse en contacto con Zac. No se le había ocurrido preguntarle sobre el asunto.

— ¿Qué clase de dificultades? —dejándose llevar por la cólera que sentía en ese momento hacia Zac, picó en el anzuelo. Él estaba sacando provecho de cada momento de la cena, y ella tenía los nervios a flor de piel.

—Nada que no se pueda resolver con una inyección de unos cuantos millones de euros.

Vanessa intentó evitar que su rostro delatase el impacto de la noticia. Estaba claro que Zac estaba buscando algún tipo de venganza, y de repente Vanessa sintió que se encontraba en una posición muy vulnerable.

—Ni siquiera tienes tus acciones, ¿verdad?

Desconfiada, ella negó con la cabeza.

—Por lo que parece, apenas habías enterrado a tus padres y ya las habías vendido.

Ella se quedó boquiabierta por la crueldad de aquellas palabras. No había pasado tal como él insinuaba. En realidad, se las había cedido a Alexei; éste las había vendido y le había pasado a Vanessa la pequeña suma de dinero que necesitaba para comenzar su negocio. Ella rechazó el resto, ya que su tío lo necesitaba más.

Llena de rabia por ese comentario tan injusto, ella se inclinó hacia delante, sin advertir qué dejaba al descubierto una tentadora vista de su escote.

—Lo que hice o dejé de hacer con mis acciones no es asunto tuyo, Zac.

Él hizo un gesto despreciativo, como si no le importara mucho, y Vanessa, impotente, sintió ganas de levantarse y darle una bofetada en la cara para quitarle ese aire de superioridad. Tenía toda la arrogancia de sus antepasados.

—El hecho es que tu tío ha venido a mí pidiéndome ayuda… un préstamo.

Vanessa se echó contra el respaldo de su asiento. «Ay, Alexei, ¿qué has hecho?». Su tío nunca había sido el cerebro de la Compañía Naviera Hudgens. Lo había sido su padre, hasta que…

Su mente se dio de bruces con dolorosos recuerdos.

—Mira, Zac, ¿qué es lo que quieres? Todo esto no puede ser por lo que pasó hace años, ¿verdad?

— ¿Por qué no, Vanessa? ¿Acaso piensas que, después de todo, lo que hiciste no estuvo tan mal? ¿Qué el tiempo lo ha borrado? Intentaste seducirme, y cuando no lo conseguiste, en un ataque de despecho arremetiste contra mí. Impediste un matrimonio tú sola.

—Pero, Zac—se sentía al borde del pánico—, seguramente Pia te habría concedido el beneficio de la duda si se lo hubieras explicado. Estoy segura de que

podrías haberla convencido de que aquello no significaba nada, que era algo intrascendente… —se vio obligada a detenerse un momento cuando el recuerdo se volvió demasiado doloroso—. Si te amaba…

Aquel comentario le dio donde más le dolía, un compartimento de su vida que había cerrado hacía mucho.

— ¿Amor? Eres increíble. El amor nunca tuvo nada que ver con aquel compromiso, Vanessa. Se trataba de un matrimonio de conveniencia, de una fusión entre dos familias. No hace falta decir que la fusión se fue al garete tan pronto como perdieron la fe en mi capacidad para hacer el trabajo. Gracias a tus revelaciones chismosas —la cólera surgió de nuevo—. ¡Por Dios, Vanessa!

Ella se quedó sin habla. Siempre había creído que él había estado enamorado de Pia. E incluso, aunque no había filtrado nada a la prensa, y tampoco tenía nada que ver con aquella maldita foto, siempre se había sentido culpable por intentar seducirlo cuando él sólo había aspirado a una amistad.

La patética debilidad que aún sentía por aquel hombre la sacaba de quicio. Abrió su boca, estuvo a punto de proclamar su inocencia, pero se detuvo. Eleni. Y no se trataba sólo de Eleni. Incluso si él supiera la verdad, Vanessa era aún responsable a su manera. No podía decir nada. Enojada e impotente por el modo en como se encontraba atrapada, dejó su servilleta sobre la mesa, y se fue a levantar cuando él se lo impidió, sujetándola de la mano.

El tacto de aquella piel suave y cálida, el pulso acelerado, como el de un pajarillo atrapado, le dejó confuso durante un instante. Él tenía que recordar por qué estaba allí y esforzarse por mantener el control.

—No he terminado contigo, Vanessa. De hecho, no hemos hecho más que empezar.

Ella apartó la mano, sin preocuparle si la gente estaba mirando.

—No hay nada que empezar, Zac. Me voy.

—No, no lo harás —dijo con una voz baja pero mortífera—. Si te levantas, cargaré contigo, te sacaré de aquí a hombros y te llevaré hasta mi apartamento. No lo dudes. Así que podemos hacer esto aquí y ahora o provocar otro escándalo y dar a los paparazzi que están ahí fuera algo que fotografiar.

Ella, que ya había comenzado a levantarse, se sentó de nuevo. Tenía muy claro que no quería quedarse a solas con él y que no dudaría en cumplir su amenaza.

Cuando ella se sentó, él continuó en un tono agradable, como si estuvieran hablando del tiempo.

—Como te decía, tu tío necesita de un importante crédito. Un crédito para mantener la Naviera Hudgens, literalmente, a flote. Esto me pone en una interesante posición, ¿verdad? —él continuó sin esperar respuesta—. Estaba dispuesto a hacer negocios con Alexei, ya que también me convenía, pero ahora las cosas son curiosamente diferentes. No hace falta que te diga que, por lo que a mis intereses respecta, da completamente igual que le ayude o no. Claro está, ni él ni tu familia puede decir lo mismo.

Las facciones de su rostro eran implacables, y Vanessa se acobardó al pensar cómo el tiempo y las circunstancias habían producido en aquel hombre una terrible combinación de imperturbabilidad y falta de compasión.

—Tu tío —continuó decidido —es perro viejo, pero ya no le quedan otras posibilidades y, como él mismo me confesó, yo soy su última esperanza.

Vanessa se sentía culpable por no haberse enterado de la situación de su tío, pero también porque su tío no hubiera confiado en ella. La idea de que aquello pudiera hacer mucho daño a su familia le resultaba insoportable. Pero incluso así, a pesar de todo, la presencia de Zac era tan imponente que le hacía sentirse algo mareada.

— ¿Cómo es que no me han dicho nada? No lo entiendo.

De pronto, a Zac le dio la impresión de que ella parecía muy joven, perdida y sola. Tenía unos grandes y hermosos ojos. Sintió algo en su interior antes de volver, sin piedad, a la carga.

— ¿Quién sabe? Al vender tus acciones tan pronto y venir a París, alejándote de Inglaterra, el hogar materno de tu madre y el país adoptivo de tu padre, tal vez Alexei y el resto de tu familia pensaron que ya no estabas interesada en sus problemas.

Le dolió que pudiera pensar eso, pero no era cierto. Estaba tan afligida que habló sin pensar.

—No sucedió así. Simplemente fue demasiado para mí. Después del entierro, el negocio se convirtió en su obsesión, en el único tema de conversación que tenían. Mi padre prácticamente se había quitado la vida, y había matado a mi madre, y nadie quería hablar sobre eso. Todo lo que importaba era la compañía —dejó de hablar cuando se le entrecortó la voz, e hizo un esfuerzo por reprimir las lágrimas. No quería que él viera ningún signo de debilidad.

Él tenía una expresión intensa en el rostro, pero enseguida se disipó para dejar paso de nuevo a la frialdad anterior. A su vez, ella también endureció la suya.

Zac pensó que la emoción que había suavizado las facciones de Vanessa podía haber sido producto de su propia imaginación, y se sintió ligeramente confuso. Aquello no estaba transcurriendo de la forma como lo había imaginado. Quería tocarla y acariciar sus mejillas, bajar hasta los labios hasta abarcar con la mano su delicada barbilla. Estaba olvidándose de por qué se encontraban allí. Todo lo que quería era dejar de hablar y llevarla a la cama, tenerla bajo su cuerpo.

De pronto Vanessa se sintió víctima de una injusticia. Todo lo que había hecho había sido abrir su corazón y su alma a aquel hombre. Señaló con el dedo hacia él.

—Mira, Zac, no puedo cambiar el pasado, y tú tampoco, con todo tu dinero. Y yo no estaba sola aquella noche. Puedo haber… iniciado todo, pero intenté decir a mis padres la verdad, explicarles… pero no me escucharon.

Él hizo un gesto de burla.

—Por favor. Es un poco tarde para decirme que defendiste mi honor cuando fuiste tú quien preparó premeditadamente lo de la foto y lo de la historia en los periódicos. Lo tenías todo calculado —él silenció su protesta con una mirada—. Pero hay una forma de que Alexei no resulte perjudicado, una forma en que le dejaré el dinero que necesita para salir del trance.

— ¿De qué manera? —preguntó ella, preocupada. Todo su interés se concentraba en salvar a la familia del desastre.

—Tú, Vanessa.

Y entonces, antes de que ella fuera del todo consciente de sus palabras, él preguntó abruptamente:

— ¿Recuerdas a mi tío Dimitri?

Ella, aún confusa, asintió con la cabeza, tratando de dar sentido a todo aquello.

—Murió hace un mes —añadió él.

—No sabía que estaba enfermo. Lo siento —dijo ella, tensa, al tiempo que se preguntaba qué pretendía.

—Sucedió muy rápido —su penetrante mirada se posó en Vanessa—. En parte, es el motivo por el que te he pedido que vinieras.

«Junto con este ardiente deseo que me come por dentro».

Sintió un latido en el centro de su virilidad. Vanessa no pudo evitar una respuesta sarcástica:

—Bueno, me preguntaba… Tú apenas has llamado para rememorar viejos tiempos.

« ¡Cállate, Vanessa!».

Él no pareció darse cuenta de cómo ella se estaba torturando. Llegó el camarero y quitó los platos. Vanessa no quiso tomar postre y pidió un café; Zac, un licor. Él esperó a que se lo trajeran y volvió a mirarla fijamente. No pensaba dejárselo fácil. Vanessa estaba a la defensiva.

—Debo reconocer que nuestro encuentro fue toda una sorpresa, pero también es verdad que ocurrió en el momento más oportuno.

Ella lo miró, recelosa.

— ¿Qué quieres decir con que fue oportuno?

Él se resistió a posar la mirada en su escote, donde una joya le besaba la tersa piel. En un intento de reprimir el vuelo erótico de su imaginación, apretó la mandíbula aún con más fuerza.

«Piensa en lo que te ha traído aquí. Céntrate en los negocios y en la venganza, y en nada más. Ya habrá tiempo para otras cosas más adelante».

—Necesito una esposa, Vanessa, y vas a ser tú.

Vanessa, lo miró, anonadada. Estaba en completo estado de shock.





Espero que les guste!! besoos
Chauu!