Así de sencillo. Aquel encuentro fortuito con Zac Efron había bastado para poner la vida de Vanessa patas arriba. Y todo porque necesitaba una mujer para casarse. Alguien que no albergase ninguna expectativa de felicidad dentro de un estilo de vida tan rápido, que no dejaba espacio para un auténtico matrimonio.
Vanessa pasó las tres semanas siguientes abstraída de todo. Allí donde Zac había estado felizmente ausente, ahora aparecía en todas partes: en su oficina, en la puerta de su apartamento, al teléfono, dando instrucciones… Los paparazzi los habían descubierto aquella noche saliendo del Hotel de Crillon después de la cena. Vanessa tenía tal conmoción que apenas notó los flashes de las cámaras. Sólo al día siguiente, cuando abrió los periódicos, vio las fotografías y los titulares que aireaban un posible romance, lo que enseguida fue confirmado por la gente encargada de las relaciones públicas de Efron. Antes de que pudiera darse cuenta, ya se encontraba en el centro de una tupida tela de araña.
Sin embargo, ella fijó los límites cuando, un día próximo a la boda, él le envió una tarjeta de crédito con instrucciones para que se equipara con todo lo necesario para el evento. Al recibirla, enojada, lo llamó por teléfono.
—No me harás desfilar como si fuera una de tus muñequitas. Y tampoco iré a comprar ropa a tu gusto y con tu dinero. Podrás haberme chantajeado hasta el punto de obligarme a casarme contigo, pero no seré tu esclava, Zac. Llevo mucho tiempo vistiéndome yo sola y nadie se ha quejado hasta la fecha, y pienso seguir así.
—Bueno, créeme, vas a necesitar algo de sofisticación para ser mi mujer. Tu imagen es demasiado informal y natural.
Vanessa protestó.
— ¿No eras tú el que insinuó que me había operado? ¡A ver si te aclaras!
—Eso fue antes de que te pudiera ver con atención —dijo, despreocupado—. Ahora estoy casi convencido de que no has pasado por el quirófano y, créeme, estoy deseando comprobarlo por mí mismo.
En aquella ocasión Vanessa le colgó el teléfono, hizo pedazos la tarjeta de crédito y se la envío de vuelta con un mensajero. Algo que Zac recibió con una sonrisa irónica, ya que era la primera vez que una mujer rechazaba su dinero. Se preguntó a qué estaría jugando ella, pero no pudo negar que cada vez estaba más intrigado por aquella mujer. Todo aquel asunto del matrimonio de conveniencia estaba resultando mucho más entretenido de lo que él había pensado.
Un día antes de celebrarse la boda civil en un despacho del ayuntamiento en la Place du Panteón, Kallie se reunió con su tío para almorzar cerca de la oficina que éste tenía en los Champs Ely sees. El Arc de Triomphe sólo era una forma en la distancia mientras ella se armaba de valor y entraba al restaurante.
Al acercarse Vanessa, Alexei se levantó y se dieron afectuosamente un beso en cada mejilla. No se habían visto desde aquella noche en el Ritz.
Habían hablado por teléfono cuando ella comunicó las noticias de su unión con Zac, y ahora ya no podía seguir posponiendo lo inevitable. Por fin, después de que ella estuviese dando rodeos, él la tomó de la mano.
—Vanessa, cariño, tú sabes lo importante que eres para mí. Eres como otra hija.
—Lo sé —aseveró ella, emocionada, intentando que no le fallara la voz y anhelando poder volver a confiar en alguien.
— ¿Me estás diciendo la verdad sobre Zac? No me resulta fácil creer que después de toparte con él aquella noche hayas tenido este vertiginoso romance. Lo conozco, Vanessa. No es la clase de persona que hace algo así. Especialmente si tenemos en cuenta los antecedentes entre vosotros. Recuerdo lo enfadado que estaba contigo. Aquella historia en la prensa…
Vanessa lo interrumpió antes de que pudiera seguir ahondando en el pasado. Bastante difícil era ya el presente.
—Alexei, por favor, créeme cuando te digo que no tienes de qué preocuparte —ella cruzó los dedos bajo la mesa en un acto reflejo supersticioso—. Es cierto. Nos encontramos aquella noche y… no sé —se encogió de hombros y esbozó una sonrisa poco expresiva—. Ha cambiado. Siete años es mucho tiempo. No me guarda ningún rencor por el pasado. Confía en mí, Alexei, no quiero que le des más vueltas, de verdad. Deseo casarme con Zac.
Ella suplicó que su tío, un romántico empedernido, no la empujara a decir nada sobre el amor. Durante unos instantes, no pareció estar convencido, pero luego algo debió de pasar por su cabeza que le hizo cambiar la expresión de la cara y sonreír.
—Claro que te creo, Vanessa—apretó la mano de su sobrina—. Sé que este tipo de cosas pasan. ¿Acaso no me enamoré de tu tía Petra en sólo una semana?
Vanessa esbozó una débil sonrisa.
Algo en ella la obligó a comprobar un importante detalle.
—Alexei, esa noche en el Ritz, mencionaste que habías tenido que acudir a Zac. ¿Hay algo que quieras contarme?
Él palideció, y Vanessa desfalleció. Había albergado una mínima e irracional esperanza, pero ahora estaba confirmado. Él, herido en su orgullo de macho griego, levantó ligeramente la voz, evidenciando por qué no había dicho nada acerca del préstamo.
—Cielo, no seas tonta, sólo estamos haciendo negocios, eso es todo.
Observando las reacciones de su tío, Vanessa pudo comprobar que todo lo que había dicho Zac era cierto. Las cosas estaban incluso peor de lo que ella se había imaginado. No sabía cómo Alexei se las había arreglado durante tanto tiempo sin un préstamo. Sus esfuerzos por conseguir financiación de otras fuentes habían sido reflejados por la prensa económica. Vanessa se sintió culpable. De haber tenido un mínimo de interés, se habría enterado de las dificultades por las que estaba atravesando la Naviera Hudgens. Hacía tiempo que sus propias acciones habían sido dilapidadas.
Tenía que conformarse pensando que, al menos de este modo, ella acaparaba el deseo de venganza de Zac, y éste había dejado en paz a su familia. Nadie se enteraría nunca, y la firma familiar estaría a salvo. Sin embargo, no era un gran consuelo.
Se despidió de su tío, quien todavía parecía algo alterado. Nunca en su vida se había sentido tan sola y vulnerable. Según caminaba por uno de los más célebres bulevares del mundo, se sintió como si todas las puertas se le cerrasen y acabara de desvanecerse la última oportunidad de evitar su destino.
Cuando regresó a su oficina, Zac estaba esperándola. Estaba tensa, abiertamente incómoda ante lo que le aguardaba al día siguiente. Confortablemente sentado en la butaca de Vanessa, como si se tratase de su propia casa, se dio cuenta al observarla entrar. Él la examinó con suma atención. Se fijó en la falda negra y en el suéter color crema de cuello alto.
— ¿Puedo ayudarte en algo?
Él se incorporó del asiento y se acercó a ella. Estaba irresistiblemente atractivo. Llevaba un traje y una camisa negros. Vanessa se apartó un poco. La temperatura del despacho parecía haberse disparado en cuestión de segundos. Zac hizo un gesto con la cabeza, señalando la ventana, y miró hacia fuera. Vanessa se acercó, dubitativa, manteniendo una distancia prudencial.
Fuera, abarrotando la acera, había una multitud de fotógrafos. El circo que rodeaba a Zac Efron. Ella no los había visto porque había utilizado la otra entrada del edificio. Él se acercó y se puso a su lado. Un incómodo hormigueo le recorrió la piel a Vanessa. Hasta ese momento él no había pronunciado palabra. El silencio parecía no tener fin, pero finalmente dijo con suavidad:
— ¿Ves eso? Mañana van a estar todos esperando afuera del ayuntamiento, impacientes por verte llegar, entrar y más tarde salir de mi brazo. Y van a sacar todas las fotos que quieran. Si estás pensando en darme alguna pequeña sorpresa, tal como no aparecer, entonces te encontraré, Vanessa, y te llevaré tan lejos de aquí como pueda, y nos casaremos donde no tengas escapatoria.
Ella se volvió hacia él, temerosa del tono que había empleado. Era un completo extraño. Su voz no ocultaba su amargura.
—Ya te he dicho que me casaría contigo. Haría cualquier cosa por salvar a mi familia de la ruina. Incluso si eso significa casarme contigo y pasar un tiempo en el purgatorio.
Él volvió su rostro hacia ella. Tenía una expresión arrogante, pero también una sensualidad que, incluso en aquella situación, despertaba en ella algo básico y carnal. Lo odiaba. Se lo decía a sí misma una y otra vez, como si estuviera tratando de convencerse.
Zac le acarició la barbilla con un dedo, y ella apretó la mandíbula.
—Qué lenguaje tan dramático, Vanessa. Sólo te estoy advirtiendo de lo que pasará si decides abandonar a tu familia a su suerte. Eso es todo.
Vanessa no daba crédito de lo que oía. Ella jamás haría algo que pudiera perjudicar a su familia.
Parecía como si todo, como si todas las conversaciones que tuvieron en el pasado se hubiesen convertido en nada. Él había decidido juzgarla a partir de lo que él creía que ella había hecho hacía siete años.
—Estaré allí mañana, Zac, y, créeme que vas a lamentar haberte casado conmigo.
—No sé por qué me parece que te equivocas, pero admiro tu bravata. Otra cosa. He preguntado a miembros de nuestras familias, sólo como un modo de… guardarme las espaldas.
Vanessa creyó atragantarse, y sólo deseaba abofetearlo, borrarle esa sonrisa engreída de la cara. Pero entonces él deslizó una mano por detrás de su cabeza y la empujó suavemente hacia él. El pánico se apoderó de ella, y de forma instintiva interpuso sus manos para defenderse.
— ¿Qué crees que estás haciendo? —un estremecimiento recorrió su cuerpo.
—Sólo la única cosa que debo confirmar por mí mismo antes de hacerte mi esposa: comprobar los niveles de compatibilidad.
—Niveles de…
Y antes de que ella pudiera pronunciar otra palabra, se encontró con la boca de Zac en la suya. Le inundó una cálida sensación de borrachera y de excitación, haciendo inútil cualquier palabra. Las manos de Vanessa encontraron apoyo en aquellos formidables pectorales. El calor corporal de Zac se extendió por todo su cuerpo, elevando al máximo su temperatura. Quería fundirse con él, contra su miembro erecto. Los labios de él rozaban los suyos una y otra vez.
Abrió su boca de forma puramente instintiva y espontánea, y al primer roce de las dos lenguas sintió estallar una explosión de calor en sus entrañas.
Él la abrazó con más fuerza hasta levantarla en vilo, cuerpo contra cuerpo. Ella sólo deseaba entregarse, apoyarse en él, saborear su fuerza. Sus ojos estaban abiertos como platos; los de él, cerrados, ocultos.
¿Qué diablos le pasaba? ¿En qué estaba pensando?
Poco a poco regresó a la realidad, dejando que ésta fuese enfriando la llama del deseo que había amenazado con desatar un incendio incontrolable. Sin embargo, la boca de él todavía recorría la suya, y la parte más débil de Vanessa aún le decía que se entregara.
Haciendo un gran esfuerzo, cerró las manos y empujó el pecho de Zac, pero era como un muro de acero, inamovible. Ella apartó su boca de la de él y se sorprendió de lo jadeante que era su propia respiración. En el forcejeo, se dio cuenta de que los pechos le dolían y de que tenía tan duros los pezones, que el roce del sujetador los irritaba. Él intentó continuar su avance, pero Vanessa le plantó cara de veras, dándole golpes en el pecho. Su respiración era cada vez más entrecortada y seguía sin poder articular palabra.
Por fin, él aflojó la presión, y ella lo aprovechó para zafarse de su abrazo. Tambaleándose, retrocedió contra el escritorio que se encontraba a su espalda; sabía con certeza que, de no haber estado allí, se habría caído al suelo.
Todo su cuerpo latía con fuerza, y sintió un irrefrenable deseo de volver a arrojarse a sus brazos y suplicarle que la besara de nuevo. Intentó calmarse, y se maravilló de que besarlo de forma tan casta a los diecisiete no la hubiera preparado para lo que estaba sucediendo.
Incapaz de mirarlo a la cara, vio cómo se aproximaba. Al llegar a su lado, él la tomó de la barbilla y le obligó a levantar la cabeza, pero ella cerró los ojos.
—Vanessa, cerrar los ojos no va a hacer que la verdad desaparezca.
Haciendo caso omiso de su instinto, los abrió, preparada para ver una expresión de triunfo en el rostro de Zac. Sin embargo, no fue así. En realidad, él tenía una mirada oscura y enigmática que Vanessa fue incapaz de interpretar. ¿Acaso era ella la responsable de aquella expresión sombría?
Ella tenía que intentar recuperar un mínimo de dignidad, y en algún lugar de su interior encontró fuerzas para hablar.
—La verdad… —ni siquiera tenía la energía suficiente para enunciarlo en forma de pregunta.
—La verdad es que sobra química entre nosotros como para montar un laboratorio —dijo él, posando su mirada en la boca de Vanessa, quien respondió con un estremecimiento—. Y que mañana nos vamos a casar, y que repetiremos esto. Tendremos mucho tiempo en la luna de miel.
Vanessa abrió su boca, pero fue incapaz de hablar por unos segundos.
« ¡Luna de miel!».
—Eso es ridículo. Eso no va a pasar de modo alguno —dijo ella con la respiración entrecortada—. No voy a ir a ningún lugar contigo de luna de miel. Tengo que trabajar; sencillamente, no puedo marcharme y…
Él le puso el dedo en la boca.
—Claro que puedes. Es parte del trato. No se te olvide preparar el equipaje.
Zac avanzó entre la multitud de fotógrafos y periodistas que aguardaban fuera de la oficina de Vanessa. A diferencia de lo que pasaba con otras celebridades, a Zac no se le echaban encima. Había un cierto respeto que se traducía en el espacio que dejaban entre ellos y el magnate naviero, como si supieran que un gesto, una sola palabra suya, podía tener graves consecuencias. Ignoró el aluvión de preguntas y se introdujo en el asiento de atrás de su coche, ocultándose tras los cristales oscuros.
Dio unas lacónicas instrucciones a su chófer para que lo llevara de vuelta a la oficina dando un rodeo. Necesitaba pensar, poner sus ideas en orden, algo poco frecuente en él. Pero la verdad era que su cuerpo aún vibraba fruto de un grado de excitación que nunca antes había experimentado.
¿Qué demonios le había sucedido en la oficina de Vanessa?
Se pasó la mano por el pelo y se quedó mirando a través de la ventanilla con la vista perdida. No había tenido la intención de besarla, pero cuando ella entró, tan correcta y formal, vestida con una elegante camisa y una falda ajustada que dejaba adivinar unos muslos bien tonificados, había sido incapaz de resistirse a sus encantos.
Todo lo que sabía era que, en el momento en que había tomado a Vanessa entre sus brazos, había sentido algo distinto a lo que esperaba. Por supuesto, había sentido una poderosa atracción física, pero había sentido algo más, algo diferente que nunca había experimentado antes. Había sido como si por fin hubiera tenido entre sus brazos lo que llevaba tiempo buscando.
Sorprendido por semejantes pensamientos, intentó reprimirlos. Y por primera vez desde su reencuentro con Vanessa, se cuestionó si estaba haciendo lo correcto. En todo caso, ya era muy tarde para dar marcha atrás. Quedaban tan sólo veinticuatro horas para que venciera el plazo estipulado en el testamento de Dimitris, tiempo a todas luces insuficiente para encontrar a otra mujer. Además, no se podía permitir que unas simples dudas diesen con todo al traste.
Para Zac, quien nunca vacilaba una vez tomada una decisión, todo aquello era nuevo y, desde luego, motivo de preocupación. Por un instante pensó en Isabelle como alternativa, pero una mueca de desagrado se dibujó en su rostro. Había muchas mujeres que estarían felices de ocupar el puesto de Vanessa, pero ya tenía todo atado y bien atado, por no mencionar lo mucho que ella lo atraía. ¿Por qué no debería aprovechar la ocasión de poseerla hasta saciarse?
Después de todo, ¿acaso no iba a ser todo aquello una diversión para él, un entretenimiento, una oportuna venganza al tiempo que un conveniente arreglo para satisfacer sus necesidades, tanto dentro como fuera de la cama?
Sólo entonces le sobrevino una duda de último momento y telefoneó a la oficina de Vanessa para comprobar si ella había recibido el acuerdo prenupcial. Nunca antes había tenido un fallo de concentración como aquél. No quiso darle más vueltas a por qué había estado actuando de manera tan extraña e impropia en él, y rápidamente dio órdenes a su guardaespaldas para que regresara a recogerlo.
Sólo un par de minutos después de que él se hubiera marchado, Vanessa fue plenamente consciente de que se había ido. Aún no se había movido. Se sentía como si hubiera sido arrojada a otra dimensión. Sólo la había besado, se dijo, intentando racionalizar lo ocurrido.
«Y espera que vaya con él de luna de miel…».
Se sintió mareada, aturdida. Tuvo que sentarse en la butaca. Sus ojos vidriosos se fijaron en una nota que había encima de la mesa. Estaba escrita a mano, con un trazo brusco que sólo podía pertenecer a una persona: a él.
«Por favor, firma el acuerdo prenupcial y envíamelo».
Vanessa leyó esa nota una y otra vez, hasta que por fin volvió en sí. Oyó repicar las campanas de una iglesia a lo lejos. Su suerte estaba echada. Él ni siquiera había tenido la delicadeza de decírselo en persona. Había pasado de transmitirle lacónicas órdenes a escribir escuetas notas. Había entrado en su oficina como Pedro por su casa y había comprobado el material como si se tratase de un mercader de esclavos a punto de hacer una nueva adquisición. ¿Quién se creía que era?
En aquel momento, sacándola de su ensimismamiento, su asistente asomó la cabeza por la puerta, y Vanessa le hizo un gesto para que entrara. Llevaba un sobre en la mano.
—Lo siento, esto vino antes, pero me distraje cuando Zac… —ella se sonrojó, y Vanessa frunció el ceño—. Lo siento. Cuando llegó el señor Efron.
La asistente se apresuró a retirarse, y Vanessa hizo un gesto de preocupación. Otra mujer lista para caer a los pies de Zac. ¿No había nadie inmune a los encantos de aquel hombre? Al abrir el sobre, cayeron un montón de papeles. Allí estaba el acuerdo.
El acuerdo especificaba las condiciones del matrimonio. Básicamente, en caso de divorcio, ella no tenía derecho a nada, lo que no le sorprendió en absoluto. En cambio, lo que sí le llamó la atención fueron los generosos términos del préstamo para su tío. Parecía que él le reservaba a ella todo el castigo. Por parte de Vanessa esto no representaba ningún problema, puesto que ésta no tenía el menor interés en el dinero de Zac.
Tras leerlo, estampó su firma enseguida e introdujo de nuevo los papeles en el sobre. Cuando estaba a punto de pedir a Cécile que volviera a entrar, apareció alguien en el pasillo. Al principio pensó que era él, pero luego se dio cuenta de que se trataba de su guardaespaldas.
— ¿El señor Efron le envía por esto? —le preguntó al tiempo que le ofrecía el sobre.
Él lo tomó y se fue.
El panorama era desolador. A partir de entonces, mientras él quisiera, ella sería propiedad de Zac. En la riqueza y en la pobreza.
Listoo! espero que les guste
Besos, Bye!!
La Boda del Año zyv ♥
sábado, 26 de febrero de 2011
martes, 22 de febrero de 2011
Capítulo 4
antes k nada le kiero dedicar este cap a mi amiga angela k hoy culple años felicidades y estero k te guste
— ¿Cómo?
—Sí, Vanessa, ha llegado el momento de que pagues por lo que hiciste hace siete años. ¿Creías que nunca te pasaría factura? Reconozco que no lo tenía planeado; me hacía feliz pensar que nunca nos volveríamos a ver, pero al encontrarnos la otra noche… —una mueca se dibujó en su rostro; buscaba las palabras adecuadas—, eso y una desafortunada serie de circunstancias a las que debo hacer frente… en fin, todo esto ha sido puramente fortuito.
Una pesadilla. Estaba viviendo una pesadilla, no podía ser otra cosa. La mente de Vanessa se desprendió de todo. Miraba a su alrededor, aturdida, y no podía ver más que parejas cenando. Parecían de verdad. De repente volvió a la realidad: alguien la llamaba por su nombre.
—Toma, bébete esto.
Desde el otro lado de la mesa, Zac le ofrecía una copa llena de un líquido de color ámbar oscuro que había pedido tras la cena. Ella negó violentamente con la cabeza y le apartó la mano.
Él la miró. Su voz sonaba insoportablemente dura.
— ¿Se puede saber qué es lo que te pasa?
Ella sacudió la cabeza, ignorando su pregunta.
— ¿Por qué demonios quieres casarte conmigo, Zac? No lo entiendo.
Él dejó su copa en la mesa y sonrió de forma algo siniestra.
—No te preocupes, Vanessa, no es que quiera casarme contigo. Cuando mi tío Dimitri murió, me dejó su parte de la Naviera Efron. Es la única que todavía escapaba a mi control.
Ella lo miró, aún conmocionada.
—Era algo de esperar. Nunca ocultó que deseaba que yo la heredase.
Ella asintió vagamente, incapaz de articular palabra.
—Pero su testamento albergaba una sorpresa. Dimitri tenía bastante sentido del humor, y él sabía lo que yo pensaba acerca del matrimonio —imperturbable, respondió a la mirada que Vanessa le había dirigido sin ni siquiera darse cuenta—. Nunca lo haría por propia voluntad. No ha nacido la mujer con la que quiera casarme.
Una punzada de dolor atravesó el corazón de Vanessa. Pero Zac era ajeno a los estragos que estaba causando en su interior. ¿Acaso ella le había hecho algo parecido?
Él interrumpió sus pensamientos.
—En el testamento estipuló como condición que debo casarme antes de los seis meses siguientes a su muerte si no quiero perder su parte de la compañía —una mueca acompañó a sus palabras—. Es como si mi tío supiera que ésta era la única forma de hacerme ceder ante su ridícula visión romántica de la vida.
Vanessa hizo un esfuerzo por centrarse en el discurso de Zac para evitar así caer en un torbellino de emociones.
—Pero ¿es que su parte de la compañía era tan grande?
—No, pero se trata de una parte clave. Como sabes, cuando mi padre murió me hice con el control del negocio.
Vanessa sintió una inesperada compasión al recordar el caos de aquella época. Pero Zac no apreciaría su preocupación o interés, y menos aún su compasión. ¿Y cómo era capaz siquiera de sentirse comprensiva?
—El testamento de Dimitris especifica que, de no casarme en el plazo de seis meses, sus acciones serán para la Naviera Stakis.
Vanessa se quedó boquiabierta. Las dos compañías, la Stakis y la Efron, eran enemigas irreconciliables. Hasta ella sabía eso. Tratos bajo cuerda, rumores de vínculos con el narcotráfico y la prostitución ilegal… Stakis era la oveja negra del mundo de las compañías navieras y el único emporio empresarial capaz de hacerse con la Naviera Efron. Si lo que decía Zac era cierto, y si él no se casaba, Stakis adquiriría aún más poder.
Zac no podía evitar sentir placer ante las expresiones que ponía Vanessa, ante su evidente comprensión del mundo de donde él venía.
—Mi tío, en un intento de verme felizmente casado, me ha colocado en una situación de suicidio profesional si no contraigo matrimonio.
—Ya sé que no es un escenario ideal, pero ¿de verdad es tan terrible lo que puede pasar si no te haces con la herencia de Dimitris?
Él asintió con la cabeza.
—Las acciones que obraban en su poder tienen una importancia estratégica en el mercado. Es la pieza que mantiene todo el edificio en pie. Sin ellas, todo se podría venir abajo. Y él sabía lo repugnantes que me parecen las prácticas de Constantine Stakis. Él ha estado esperando una oportunidad como ésta durante años. El matrimonio parece un precio pequeño para mantener el legado de mi familia intacto y evitar que Stakis pueda causarnos daño.
Otra vez aquella palabra: matrimonio. Su cerebro la rechazaba. Vanessa negó con la cabeza.
—Imposible. No podría. No puedo.
Zac sintió una oleada de irritación y rabia. ¿Por qué le contaba todo aquello? Contrariado, hizo un gesto con la mano.
—Todo esto resulta innecesario. Ni siquiera te mereces una explicación. Todo lo que necesitas saber es que el destino de tu familia depende de mí, y el único modo de salvarlos es casándote conmigo. En caso contrario, tu familia ya puede despedirse de su fortuna.
—Pero, eso es… absurdo… arcaico. Tú no quieres tener nada que ver conmigo; me odias.
Él se volvió a inclinar hacia delante.
—El odio es la otra cara del amor, Vanessa. Claro que no te odio —la recorrió con la mirada de tal manera que ella lo pudo sentir en su piel—. Pero sí que te deseo.
Atónita, sintió un escalofrío. Los ojos de él se habían oscurecido y había bajado ligeramente los párpados. Parecía soñoliento.
¿Él la deseaba? ¿Por qué semejante confesión le había producido a Vanessa un sentimiento de excitación en todo su cuerpo en lugar de dolor o de asco?
—Bueno, yo, desde luego, no te deseo, Zac, así que sería algo no correspondido —tenía la espalda tan tensa, que le dolía. Su propia voz le sonó artificial y manifiestamente poco sincera.
Antes de que ella pudiera apartarse del peligro, él la volvió a tomar de la mano. Vanessa sintió el latido traicionero de la sangre entre sus piernas y las apretó con fuerza. Él, con la mirada, estudió al detalle el cuerpo de ella, empezando por el rostro, deteniéndose en el pulso acelerado de su cuello y terminando en el pecho, donde una respiración rápida y entrecortada hacía poco por disimular su agitación. Ante el hormigueo en sus pechos y la erección de los pezones, Vanessa suspiró por que él no se diera cuenta de la reacción.
Seguro de sí mismo, volvió a posar sus ojos en los de ella.
—Una vez me deseaste, Vanessa, y todavía me deseas. Si ahora mismo me levantara del asiento, diera la vuelta a la mesa y te besara, no te resistirías.
La sola idea le dejó a Vanessa la boca seca.
—Tienes una opinión muy elevada de ti mismo –dijo ella con escaso convencimiento, sabedora de que sus palabras no tendrían el menor efecto.
No había nada que pudiera hacer para parar lo que se le venía encima. Sin embargo, jugó una última baza.
— ¡Isabelle Zolanz! ¿Cómo te vas a casar conmigo si estás saliendo con ella? ¿Por qué no te casas con ella? Al fin y al cabo sois pareja —algo se le revolvió en su interior al decir aquello, y tuvo que disimular su reacción.
Él le soltó la mano y sacudió la suya en un característico gesto griego de rechazo.
—Isabelle ya no forma parte de mi vida.
A Vanessa le sorprendió la frialdad de su tono.
—No me pareció la otra noche que ella lo supiera.
—Ahora ya lo sabe —repuso, zanjando cualquier discusión al respecto.
Vanessa pudo imaginarse lo brutal que había sido y sintió lástima por la otra mujer.
Si no lo había hecho ya, tenía que asumirlo. El joven que ella había conocido, la persona de quien había sido amiga y confidente, había cambiado radicalmente. En su lugar había un despiadado hombre de negocios, un verdadero macho dominante. Y ella tenía algo que ver en aquella transformación. Nunca debió haberle abordado aquella noche. Pero ya era tarde para arrepentirse y lamentar lo que pasó. Ya era demasiado tarde.
Ella intentó razonar con él.
—No lo haré, Zac. Es una locura. Siento lo que sucedió, de verdad lo siento. No fue mi intención.
«Mentirosa… Aquella noche fuiste a por él».
Ella tragó saliva y reprimió sus dolorosos pensamientos.
—No puedes castigarme por algo que tuvo lugar cuando tenía diecisiete años.
— ¿Diecisiete años? —se rió amargamente—. No eras ninguna ingenua, Vanessa. Recuerdo cómo eras con Giorgio… Tenías al pobre chico besando por donde pisabas. Tenías casi los dieciocho, estabas a punto de ir a la universidad, de convertirte en una persona adulta. Sabías perfectamente lo que estabas haciendo —sacudió la mano en un gesto de impaciencia—. Pero esto ya no tiene que ver con el pasado. De hecho, todo ese asunto ha llegado a aburrirme. Tiene que ver con el presente. Todo lo que hace el pasado es ofrecerme una pequeña posición de fuerza respecto a ti. Una pequeña retribución, endulzada por un deseo muy intenso.
La invadió un sentimiento de tristeza. Él estaba tan equivocado. Ella no había pensado en Giorgio desde hacía años. Era otro amigo de sus primos, y lo único que había hecho era aprovecharse de su insistencia para intentar, sin éxito, dar celos a Zac. Pero lo había hecho con la inocencia e inconsciencia propias de una adolescente. Nunca le cupo la menor duda de que Giorgio era lo bastante fuerte como para encajar su negativa; de hecho, éste no tardó en buscar el consuelo de otra prima. ¿Acaso debía ser castigada por cada pequeña falta?
Ella negó, taxativa, con la cabeza.
—No, no lo haré. No puedes obligarme —«por favor», añadió para sí. Él no tenía ni idea del terrible castigo que supondría para ella.
—Demasiado tarde. Ya lo tengo decidido. Si no te casas conmigo, tu tío Alexis sufrirá las consecuencias. Por cierto, ¿no tenía tres hijos estudiando en los Estados Unidos?
— ¡Ya basta! —el pánico atenazaba su voz—. Eres un sinvergüenza.
Él inclinó su cabeza.
—No, Vanessa, no lo soy. Debo casarme cuanto antes, y tú has aparecido en el momento oportuno. Además, estás sin compromiso y eres una mujer muy atractiva.
— ¿Entonces es eso? ¿Sólo me quieres porque satisfago tus estándares de perfección física?
Él dibujó una leve sonrisa.
—Distas mucho de la perfección física, Vanessa, no te equivoques. Sin embargo, por alguna razón me siento más atraído por ti de lo que me he sentido por ninguna mujer desde hace mucho tiempo… Así que no creo que vaya a haber ningún problema en nuestra noche de bodas cuando vengas a buscarme.
A pesar de todo aquel descaro, Vanessa sólo reaccionó a la afirmación de que accedería de buen grado a acostarse con él.
—Nunca me…
—Sí, sí lo harás —la interrumpió bruscamente—. Y voy a disfrutar con cada momento de esta dulce venganza, con cada paso, con cada parte de tu cuerpo que vas a descubrir según vayas entregándote a mí, como hiciste hace siete años. ¿No crees que, ahora que necesito una mujer, es justo que ocupes el lugar de Pia después de impedir mi matrimonio con ella?
Vanessa no pudo reprimir un escalofrío al escuchar aquellas palabras. Y sabía que no lo motivaba el miedo. Odiaba a ese hombre y no tenía escapatoria.
— ¿Cómo puedo estar segura de que le darás el préstamo?
—Podría ver cómo tu familia se hunde. Dios sabe que estoy en mi derecho. Pero al contrario de lo que crees, Vanessa, no soy tan cruel. Puedes dar por hecho que el día de la boda tendrá el dinero.
Ella sintió unas ganas terribles de salir corriendo de allí y alejarse lo más posible, pero estaba segura de que él terminaría por encontrarla. Abatida, se reclinó en la silla, incapaz de mantenerse erguida ante semejante condena.
—A pesar de lo que puedas pensar, no busco su sufrimiento —añadió él.
Ella se dio cuenta de que tenía que hacer algo, tenía que intentar hacerle entrar en razón. Debía de haber un ser humano debajo de aquel hombre impasible. En ese momento, sacó fuerzas y apeló al Zac que había conocido tiempo atrás.
—Zac… —él comenzó a interrumpirla, pero ella levantó la mano—. Por favor, déjame decirte algo —le suplicó, mirándolo con intensidad—. Nunca acudí al periódico con aquella historia. Nunca habría hecho algo así. Tú me conocías.
Él guardó silencio mientras Vanessa, desesperada, se esforzaba por convencerlo.
— ¿Por qué iba a hacerlo, Zac? ¿Por qué?
El cuerpo de él, a tan sólo unos centímetros del de ella, estaba tenso. Hizo un gesto como de no tomárselo en serio.
—Muy sencillo, porque eras una más de una larga lista de gente que pensaba que podía ganar dinero a mi costa. ¿Fue tu padre quien te empujó a hacerlo para saldar sus deudas, Vanessa? ¿O lo hiciste porque sí, para llamar mi atención? Aquel día te dije que no me interesaban las adolescentes —su boca dibujó una mueca—, pero si hubieras venido a mí como eres ahora…
Recorrió todo su cuerpo con una mirada cargada de deseo. Ella debería haber sentido asco; debería haberla enfadado, pero no fue así. En realidad, la hizo sentirse sofocada y confundida.
Pero él no había terminado.
—Para decirte la verdad, hace tiempo que me dejó de interesar por qué lo hiciste —negó con la cabeza—. Cambiaste Vanessa. La chica que conocí nunca me habría intentando seducir para conseguir una fotografía.
A ella le invadió de nuevo un sentimiento de dolor y humillación. No podía creer que él hubiera pensado eso de ella.
Vanessa se mordió el labio con tanta fuerza, que pudo sentir el sabor de su sangre. Como si su rechazo no la hubiera dolido lo suficiente aquella noche, él tenía que repetir una y otra vez lo inoportunos y desagradables que habían sido sus requerimientos amorosos. Todos los intentos por que escuchara, para que entrara en razón, parecían estar condenados al fracaso.
—Lo siento. No tengo palabras para decirte cuánto lo siento.
—Ya es un poco tarde.
Aquellas palabras la golpearon como un latigazo, estremeciéndola de dolor.
—Pero en realidad no sucedió de esa manera. Yo no…
—Déjalo ya —su rostro expresaba desprecio e incredulidad—. Había tres personas allí esa noche: tú, yo y quienquiera que fuera tu fiel fotógrafo. Una lástima que fuera tan sólo un aficionado… pero fue suficiente.
Ella se desplomó de nuevo en su asiento, apesadumbrada por su crueldad y cinismo. Y ahora que ya sabía lo que él quería, todas las vías de escape estaban clausuradas. No podía seguir insistiendo en su inocencia y tampoco podía explicar lo que en verdad había pasado, ya que ello involucraría a una persona incapaz de defenderse de ese peligroso Zac. En el funeral de los padres de Vanessa, Eleni, casi histérica, se había acercado a su prima con un terrible sentimiento de culpa. Le contó todo: cómo la había seguido hasta el patio, sacado la fotografía, entrado en su correo electrónico y enviado la historia a la prensa.
Durante un momento efímero, Vanessa pudo abstraerse del presente para recordar aquel doloroso día en que coincidieron el entierro de sus padres y la confesión de Eleni. Vanessa siempre había albergado alguna sospecha, pero escucharlo de sus labios era algo muy diferente. Perplejidad, ira, consternación, dolor… sentimientos todos ellos suscitados al conocer la verdad de boca de su prima. Cuando había estado a punto de reaccionar contra Eleni, el marido de ésta entró en escena y le explicó con todo detalle por qué Eleni había actuado de aquella manera. Ése era precisamente el motivo por el cual Vanessa no podía defenderse ahora.
Se enteró de que su prima había tenido una crisis nerviosa y había estado en tratamiento tras sufrir varios abortos. Vanessa había visto el dolor en el rostro del marido de Eleni. Sólo tras aquel incidente, y con el beneficio que representa la madurez y el contemplar las cosas en retrospectiva, Vanessa pudo ver lo enamorada que Eleni había estado de Zac, aunque también lo manipuladora que siempre había sido, especialmente en todo lo que tenía que ver con él.
Sin embargo, Vanessa era consciente de que, a pesar de lo que hizo Eleni, si ella no hubiera ido tras Zac aquella noche, nada de lo que sucedió después habría ocurrido. Ella era la única culpable de su propio comportamiento, más allá de las consecuencias que acarreó o de su total ausencia de malicia. Y ahora Zac tenía en su mano el futuro de la Naviera Hudgens. Derrotada, posó sus ojos en él.
—No tengo elección, ¿verdad?
Él respondió con calma.
—Por supuesto que sí, Vanessa. Siempre hay una elección. La tuya es muy sencilla: si te marchas ahora, tu tío no recibirá un solo euro y, por lo tanto, tu familia se verá en la ruina. En cambio, si accedes a casarte conmigo, contará con el préstamo y podrá superar la crisis.
Ella hizo la pregunta fatídica.
— ¿Cuánto tiempo estaríamos…?
Él se encogió de hombros.
—Tanto como yo quiera, Vanessa. El día en que me aburra de ti, en que pierda el interés, ése será el día en que nos divorciemos. Sólo entonces podrás dar por terminado nuestro matrimonio.
Listoo! Espero que les guste!! Besos
— ¿Cómo?
—Sí, Vanessa, ha llegado el momento de que pagues por lo que hiciste hace siete años. ¿Creías que nunca te pasaría factura? Reconozco que no lo tenía planeado; me hacía feliz pensar que nunca nos volveríamos a ver, pero al encontrarnos la otra noche… —una mueca se dibujó en su rostro; buscaba las palabras adecuadas—, eso y una desafortunada serie de circunstancias a las que debo hacer frente… en fin, todo esto ha sido puramente fortuito.
Una pesadilla. Estaba viviendo una pesadilla, no podía ser otra cosa. La mente de Vanessa se desprendió de todo. Miraba a su alrededor, aturdida, y no podía ver más que parejas cenando. Parecían de verdad. De repente volvió a la realidad: alguien la llamaba por su nombre.
—Toma, bébete esto.
Desde el otro lado de la mesa, Zac le ofrecía una copa llena de un líquido de color ámbar oscuro que había pedido tras la cena. Ella negó violentamente con la cabeza y le apartó la mano.
Él la miró. Su voz sonaba insoportablemente dura.
— ¿Se puede saber qué es lo que te pasa?
Ella sacudió la cabeza, ignorando su pregunta.
— ¿Por qué demonios quieres casarte conmigo, Zac? No lo entiendo.
Él dejó su copa en la mesa y sonrió de forma algo siniestra.
—No te preocupes, Vanessa, no es que quiera casarme contigo. Cuando mi tío Dimitri murió, me dejó su parte de la Naviera Efron. Es la única que todavía escapaba a mi control.
Ella lo miró, aún conmocionada.
—Era algo de esperar. Nunca ocultó que deseaba que yo la heredase.
Ella asintió vagamente, incapaz de articular palabra.
—Pero su testamento albergaba una sorpresa. Dimitri tenía bastante sentido del humor, y él sabía lo que yo pensaba acerca del matrimonio —imperturbable, respondió a la mirada que Vanessa le había dirigido sin ni siquiera darse cuenta—. Nunca lo haría por propia voluntad. No ha nacido la mujer con la que quiera casarme.
Una punzada de dolor atravesó el corazón de Vanessa. Pero Zac era ajeno a los estragos que estaba causando en su interior. ¿Acaso ella le había hecho algo parecido?
Él interrumpió sus pensamientos.
—En el testamento estipuló como condición que debo casarme antes de los seis meses siguientes a su muerte si no quiero perder su parte de la compañía —una mueca acompañó a sus palabras—. Es como si mi tío supiera que ésta era la única forma de hacerme ceder ante su ridícula visión romántica de la vida.
Vanessa hizo un esfuerzo por centrarse en el discurso de Zac para evitar así caer en un torbellino de emociones.
—Pero ¿es que su parte de la compañía era tan grande?
—No, pero se trata de una parte clave. Como sabes, cuando mi padre murió me hice con el control del negocio.
Vanessa sintió una inesperada compasión al recordar el caos de aquella época. Pero Zac no apreciaría su preocupación o interés, y menos aún su compasión. ¿Y cómo era capaz siquiera de sentirse comprensiva?
—El testamento de Dimitris especifica que, de no casarme en el plazo de seis meses, sus acciones serán para la Naviera Stakis.
Vanessa se quedó boquiabierta. Las dos compañías, la Stakis y la Efron, eran enemigas irreconciliables. Hasta ella sabía eso. Tratos bajo cuerda, rumores de vínculos con el narcotráfico y la prostitución ilegal… Stakis era la oveja negra del mundo de las compañías navieras y el único emporio empresarial capaz de hacerse con la Naviera Efron. Si lo que decía Zac era cierto, y si él no se casaba, Stakis adquiriría aún más poder.
Zac no podía evitar sentir placer ante las expresiones que ponía Vanessa, ante su evidente comprensión del mundo de donde él venía.
—Mi tío, en un intento de verme felizmente casado, me ha colocado en una situación de suicidio profesional si no contraigo matrimonio.
—Ya sé que no es un escenario ideal, pero ¿de verdad es tan terrible lo que puede pasar si no te haces con la herencia de Dimitris?
Él asintió con la cabeza.
—Las acciones que obraban en su poder tienen una importancia estratégica en el mercado. Es la pieza que mantiene todo el edificio en pie. Sin ellas, todo se podría venir abajo. Y él sabía lo repugnantes que me parecen las prácticas de Constantine Stakis. Él ha estado esperando una oportunidad como ésta durante años. El matrimonio parece un precio pequeño para mantener el legado de mi familia intacto y evitar que Stakis pueda causarnos daño.
Otra vez aquella palabra: matrimonio. Su cerebro la rechazaba. Vanessa negó con la cabeza.
—Imposible. No podría. No puedo.
Zac sintió una oleada de irritación y rabia. ¿Por qué le contaba todo aquello? Contrariado, hizo un gesto con la mano.
—Todo esto resulta innecesario. Ni siquiera te mereces una explicación. Todo lo que necesitas saber es que el destino de tu familia depende de mí, y el único modo de salvarlos es casándote conmigo. En caso contrario, tu familia ya puede despedirse de su fortuna.
—Pero, eso es… absurdo… arcaico. Tú no quieres tener nada que ver conmigo; me odias.
Él se volvió a inclinar hacia delante.
—El odio es la otra cara del amor, Vanessa. Claro que no te odio —la recorrió con la mirada de tal manera que ella lo pudo sentir en su piel—. Pero sí que te deseo.
Atónita, sintió un escalofrío. Los ojos de él se habían oscurecido y había bajado ligeramente los párpados. Parecía soñoliento.
¿Él la deseaba? ¿Por qué semejante confesión le había producido a Vanessa un sentimiento de excitación en todo su cuerpo en lugar de dolor o de asco?
—Bueno, yo, desde luego, no te deseo, Zac, así que sería algo no correspondido —tenía la espalda tan tensa, que le dolía. Su propia voz le sonó artificial y manifiestamente poco sincera.
Antes de que ella pudiera apartarse del peligro, él la volvió a tomar de la mano. Vanessa sintió el latido traicionero de la sangre entre sus piernas y las apretó con fuerza. Él, con la mirada, estudió al detalle el cuerpo de ella, empezando por el rostro, deteniéndose en el pulso acelerado de su cuello y terminando en el pecho, donde una respiración rápida y entrecortada hacía poco por disimular su agitación. Ante el hormigueo en sus pechos y la erección de los pezones, Vanessa suspiró por que él no se diera cuenta de la reacción.
Seguro de sí mismo, volvió a posar sus ojos en los de ella.
—Una vez me deseaste, Vanessa, y todavía me deseas. Si ahora mismo me levantara del asiento, diera la vuelta a la mesa y te besara, no te resistirías.
La sola idea le dejó a Vanessa la boca seca.
—Tienes una opinión muy elevada de ti mismo –dijo ella con escaso convencimiento, sabedora de que sus palabras no tendrían el menor efecto.
No había nada que pudiera hacer para parar lo que se le venía encima. Sin embargo, jugó una última baza.
— ¡Isabelle Zolanz! ¿Cómo te vas a casar conmigo si estás saliendo con ella? ¿Por qué no te casas con ella? Al fin y al cabo sois pareja —algo se le revolvió en su interior al decir aquello, y tuvo que disimular su reacción.
Él le soltó la mano y sacudió la suya en un característico gesto griego de rechazo.
—Isabelle ya no forma parte de mi vida.
A Vanessa le sorprendió la frialdad de su tono.
—No me pareció la otra noche que ella lo supiera.
—Ahora ya lo sabe —repuso, zanjando cualquier discusión al respecto.
Vanessa pudo imaginarse lo brutal que había sido y sintió lástima por la otra mujer.
Si no lo había hecho ya, tenía que asumirlo. El joven que ella había conocido, la persona de quien había sido amiga y confidente, había cambiado radicalmente. En su lugar había un despiadado hombre de negocios, un verdadero macho dominante. Y ella tenía algo que ver en aquella transformación. Nunca debió haberle abordado aquella noche. Pero ya era tarde para arrepentirse y lamentar lo que pasó. Ya era demasiado tarde.
Ella intentó razonar con él.
—No lo haré, Zac. Es una locura. Siento lo que sucedió, de verdad lo siento. No fue mi intención.
«Mentirosa… Aquella noche fuiste a por él».
Ella tragó saliva y reprimió sus dolorosos pensamientos.
—No puedes castigarme por algo que tuvo lugar cuando tenía diecisiete años.
— ¿Diecisiete años? —se rió amargamente—. No eras ninguna ingenua, Vanessa. Recuerdo cómo eras con Giorgio… Tenías al pobre chico besando por donde pisabas. Tenías casi los dieciocho, estabas a punto de ir a la universidad, de convertirte en una persona adulta. Sabías perfectamente lo que estabas haciendo —sacudió la mano en un gesto de impaciencia—. Pero esto ya no tiene que ver con el pasado. De hecho, todo ese asunto ha llegado a aburrirme. Tiene que ver con el presente. Todo lo que hace el pasado es ofrecerme una pequeña posición de fuerza respecto a ti. Una pequeña retribución, endulzada por un deseo muy intenso.
La invadió un sentimiento de tristeza. Él estaba tan equivocado. Ella no había pensado en Giorgio desde hacía años. Era otro amigo de sus primos, y lo único que había hecho era aprovecharse de su insistencia para intentar, sin éxito, dar celos a Zac. Pero lo había hecho con la inocencia e inconsciencia propias de una adolescente. Nunca le cupo la menor duda de que Giorgio era lo bastante fuerte como para encajar su negativa; de hecho, éste no tardó en buscar el consuelo de otra prima. ¿Acaso debía ser castigada por cada pequeña falta?
Ella negó, taxativa, con la cabeza.
—No, no lo haré. No puedes obligarme —«por favor», añadió para sí. Él no tenía ni idea del terrible castigo que supondría para ella.
—Demasiado tarde. Ya lo tengo decidido. Si no te casas conmigo, tu tío Alexis sufrirá las consecuencias. Por cierto, ¿no tenía tres hijos estudiando en los Estados Unidos?
— ¡Ya basta! —el pánico atenazaba su voz—. Eres un sinvergüenza.
Él inclinó su cabeza.
—No, Vanessa, no lo soy. Debo casarme cuanto antes, y tú has aparecido en el momento oportuno. Además, estás sin compromiso y eres una mujer muy atractiva.
— ¿Entonces es eso? ¿Sólo me quieres porque satisfago tus estándares de perfección física?
Él dibujó una leve sonrisa.
—Distas mucho de la perfección física, Vanessa, no te equivoques. Sin embargo, por alguna razón me siento más atraído por ti de lo que me he sentido por ninguna mujer desde hace mucho tiempo… Así que no creo que vaya a haber ningún problema en nuestra noche de bodas cuando vengas a buscarme.
A pesar de todo aquel descaro, Vanessa sólo reaccionó a la afirmación de que accedería de buen grado a acostarse con él.
—Nunca me…
—Sí, sí lo harás —la interrumpió bruscamente—. Y voy a disfrutar con cada momento de esta dulce venganza, con cada paso, con cada parte de tu cuerpo que vas a descubrir según vayas entregándote a mí, como hiciste hace siete años. ¿No crees que, ahora que necesito una mujer, es justo que ocupes el lugar de Pia después de impedir mi matrimonio con ella?
Vanessa no pudo reprimir un escalofrío al escuchar aquellas palabras. Y sabía que no lo motivaba el miedo. Odiaba a ese hombre y no tenía escapatoria.
— ¿Cómo puedo estar segura de que le darás el préstamo?
—Podría ver cómo tu familia se hunde. Dios sabe que estoy en mi derecho. Pero al contrario de lo que crees, Vanessa, no soy tan cruel. Puedes dar por hecho que el día de la boda tendrá el dinero.
Ella sintió unas ganas terribles de salir corriendo de allí y alejarse lo más posible, pero estaba segura de que él terminaría por encontrarla. Abatida, se reclinó en la silla, incapaz de mantenerse erguida ante semejante condena.
—A pesar de lo que puedas pensar, no busco su sufrimiento —añadió él.
Ella se dio cuenta de que tenía que hacer algo, tenía que intentar hacerle entrar en razón. Debía de haber un ser humano debajo de aquel hombre impasible. En ese momento, sacó fuerzas y apeló al Zac que había conocido tiempo atrás.
—Zac… —él comenzó a interrumpirla, pero ella levantó la mano—. Por favor, déjame decirte algo —le suplicó, mirándolo con intensidad—. Nunca acudí al periódico con aquella historia. Nunca habría hecho algo así. Tú me conocías.
Él guardó silencio mientras Vanessa, desesperada, se esforzaba por convencerlo.
— ¿Por qué iba a hacerlo, Zac? ¿Por qué?
El cuerpo de él, a tan sólo unos centímetros del de ella, estaba tenso. Hizo un gesto como de no tomárselo en serio.
—Muy sencillo, porque eras una más de una larga lista de gente que pensaba que podía ganar dinero a mi costa. ¿Fue tu padre quien te empujó a hacerlo para saldar sus deudas, Vanessa? ¿O lo hiciste porque sí, para llamar mi atención? Aquel día te dije que no me interesaban las adolescentes —su boca dibujó una mueca—, pero si hubieras venido a mí como eres ahora…
Recorrió todo su cuerpo con una mirada cargada de deseo. Ella debería haber sentido asco; debería haberla enfadado, pero no fue así. En realidad, la hizo sentirse sofocada y confundida.
Pero él no había terminado.
—Para decirte la verdad, hace tiempo que me dejó de interesar por qué lo hiciste —negó con la cabeza—. Cambiaste Vanessa. La chica que conocí nunca me habría intentando seducir para conseguir una fotografía.
A ella le invadió de nuevo un sentimiento de dolor y humillación. No podía creer que él hubiera pensado eso de ella.
Vanessa se mordió el labio con tanta fuerza, que pudo sentir el sabor de su sangre. Como si su rechazo no la hubiera dolido lo suficiente aquella noche, él tenía que repetir una y otra vez lo inoportunos y desagradables que habían sido sus requerimientos amorosos. Todos los intentos por que escuchara, para que entrara en razón, parecían estar condenados al fracaso.
—Lo siento. No tengo palabras para decirte cuánto lo siento.
—Ya es un poco tarde.
Aquellas palabras la golpearon como un latigazo, estremeciéndola de dolor.
—Pero en realidad no sucedió de esa manera. Yo no…
—Déjalo ya —su rostro expresaba desprecio e incredulidad—. Había tres personas allí esa noche: tú, yo y quienquiera que fuera tu fiel fotógrafo. Una lástima que fuera tan sólo un aficionado… pero fue suficiente.
Ella se desplomó de nuevo en su asiento, apesadumbrada por su crueldad y cinismo. Y ahora que ya sabía lo que él quería, todas las vías de escape estaban clausuradas. No podía seguir insistiendo en su inocencia y tampoco podía explicar lo que en verdad había pasado, ya que ello involucraría a una persona incapaz de defenderse de ese peligroso Zac. En el funeral de los padres de Vanessa, Eleni, casi histérica, se había acercado a su prima con un terrible sentimiento de culpa. Le contó todo: cómo la había seguido hasta el patio, sacado la fotografía, entrado en su correo electrónico y enviado la historia a la prensa.
Durante un momento efímero, Vanessa pudo abstraerse del presente para recordar aquel doloroso día en que coincidieron el entierro de sus padres y la confesión de Eleni. Vanessa siempre había albergado alguna sospecha, pero escucharlo de sus labios era algo muy diferente. Perplejidad, ira, consternación, dolor… sentimientos todos ellos suscitados al conocer la verdad de boca de su prima. Cuando había estado a punto de reaccionar contra Eleni, el marido de ésta entró en escena y le explicó con todo detalle por qué Eleni había actuado de aquella manera. Ése era precisamente el motivo por el cual Vanessa no podía defenderse ahora.
Se enteró de que su prima había tenido una crisis nerviosa y había estado en tratamiento tras sufrir varios abortos. Vanessa había visto el dolor en el rostro del marido de Eleni. Sólo tras aquel incidente, y con el beneficio que representa la madurez y el contemplar las cosas en retrospectiva, Vanessa pudo ver lo enamorada que Eleni había estado de Zac, aunque también lo manipuladora que siempre había sido, especialmente en todo lo que tenía que ver con él.
Sin embargo, Vanessa era consciente de que, a pesar de lo que hizo Eleni, si ella no hubiera ido tras Zac aquella noche, nada de lo que sucedió después habría ocurrido. Ella era la única culpable de su propio comportamiento, más allá de las consecuencias que acarreó o de su total ausencia de malicia. Y ahora Zac tenía en su mano el futuro de la Naviera Hudgens. Derrotada, posó sus ojos en él.
—No tengo elección, ¿verdad?
Él respondió con calma.
—Por supuesto que sí, Vanessa. Siempre hay una elección. La tuya es muy sencilla: si te marchas ahora, tu tío no recibirá un solo euro y, por lo tanto, tu familia se verá en la ruina. En cambio, si accedes a casarte conmigo, contará con el préstamo y podrá superar la crisis.
Ella hizo la pregunta fatídica.
— ¿Cuánto tiempo estaríamos…?
Él se encogió de hombros.
—Tanto como yo quiera, Vanessa. El día en que me aburra de ti, en que pierda el interés, ése será el día en que nos divorciemos. Sólo entonces podrás dar por terminado nuestro matrimonio.
Listoo! Espero que les guste!! Besos
sábado, 19 de febrero de 2011
Capítulo 3
Zac colgó el teléfono. Vestido con unos pantalones y una camisa italianos hechos a medida, se acercó a la ventana de su despacho y metió las manos dentro de los bolsillos. Aquello tensó la tela de los pantalones, marcando sus glúteos. Otro tanto hacía la camisa con sus anchas espaldas. Su impresionante y masculina silueta se recortaba contra la ventana. Pensó en la otra noche, aún vivas las secuelas del encuentro con Vanessa. Recordaba la impresión que le produjo descubrir cómo había cambiado, y también el deseo que recorrió todo su cuerpo al verla; un deseo renovado con sólo escuchar su voz al teléfono.
Había sido más difícil de lo que pensaba librarse de Isabelle. Probablemente ella había fantaseado con la posibilidad del matrimonio. Le llevó dos noches, más joyas y una cena en el mejor restaurante de la ciudad. Todo el mundo, tarde o temprano, lo había traicionado. Incluso su propia familia. Pero nunca se lo hubiera imaginado de Vanessa. Ella lo había arrojado de su casa, le había arruinado la boda y dejado su nombre a la altura del betún. Al usar su dirección de correo electrónico para enviar la foto y la historia, no había duda de que Vanessa quería mofarse de él. E incluso tuvo la desfachatez de revelar al periódico detalles tan íntimos, que sólo ella podía conocer, pues era la única persona a quien se los había confiado. Una severa mueca se dibujó en su rostro. Los buitres que ya habían olido una posible debilidad a la muerte de su padre habían estado rondando durante mucho tiempo, y casi lo consiguieron. Tenía que reconocer que, cuando él le contó aquellas cosas, dos años antes del episodio que supuso el escándalo, su padre aún no había muerto y ella sólo tenía quince años. En aquel entonces, él todavía no había visto sus sueños destrozados por la dura realidad ni por haber sido tan abierto y confiado. El hecho de que ella hubiera guardado las conversaciones que mantuvieron como amigos para usarlas de esa forma le revolvió el estómago. Aquel periodo supuso un punto de inflexión en su vida; y no volvió a permitir que nadie se le acercara tanto. Desde entonces, funcionaba por su cuenta y no necesitaba a nadie.
Dio un puñetazo en la pared. ¿Cómo podía ella haber cambiado tanto de esa manera en tan sólo dos años? Cerró los ojos y se hizo las mismas preguntas una y otra vez. La cuestión era clara: había sido traicionado. No había significado otra cosa para los demás que un medio de ganar dinero. Cuando aquel día volvió las espaldas a Vanessa, también lo hizo a muchas otras cosas.
« ¡Basta!», se dijo. Vanessa Hudgens estaba a punto de averiguar lo que significaba cruzarse en el camino de Zac Efron. Había llegado el momento de que sufriera en sus carnes lo que él había padecido.
Su cabeza regresó al plan que había empezado a urdir desde que la vio de nuevo. Era cierto que nunca había sentido especial pasión por la venganza. De hecho, pensaba más bien que, al poner al descubierto las emociones, podía constituir una debilidad frente al enemigo. Y eso era parte del secreto de su éxito en los negocios, parte de la razón por la que se hallaba en la cima, habiendo llegado aún más lejos que su padre.
Recordó cómo había dudado sobre si recibir o no a Alexei Hudgens cuando éste acudió a él en busca de ayuda. Sonrió de forma inexorable. Había tomado la decisión acertada. El destino así se lo acababa de confirmar. Ahora estaba dispuesto a repensar su visión de la venganza… especialmente cuando resultaba tan tentadora.
Vanessa observaba las calles por las que pasaba. Normalmente nunca tomaba un taxi. El metro cubría de sobra sus necesidades, pero un problema de última hora en la oficina y la avería de un tren le dejaron un margen demasiado justo para llegar a las ocho al Hotel Crillon. Estaba de los nervios y tenía las manos húmedas, así que se las pasó por el vestido sin darse cuenta. ¿Cómo sería volver a ver a Zac? Él era incluso más apuesto de lo que había imaginado. Las duras y masculinas facciones de su rostro se le habían quedado impresas en la retina. Le había parecido aún más alto. Más de un metro noventa de puro músculo. Sintió un estremecimiento de un genuino deseo, e intentó apartar su pensamiento de sus atractivos físicos.
Él nunca se llegó a casar, y desde el fracaso con Pia Kyriapolous no se había vuelto a oír nada al respecto. Por lo que Vanessa podía recordar, Pia enseguida había contraído matrimonio con otro hombre, lo que, sin duda, no hizo sino echar más sal en la herida de Zac. Pia había sido una de las más exitosas modelos de Grecia y la hija de otro poderoso magnate naviero. El día siguiente al anuncio del compromiso, Vanessa tuvo que aguantar los comentarios de todo el mundo diciendo que eran la pareja ideal.
Habiendo ganado en madurez, Vanessa sabía ahora que Zac había condicionado de manera determinante el desarrollo de su sexualidad. Por supuesto, él ni lo había notado, ya que no la veía desde ese punto de vista. Ésa era la razón de que, con el estímulo, casi la presión de su prima Eleni, aquella aciaga noche hubiera salido a su encuentro. Cerró los ojos y tragó saliva. No necesitaba pensar en eso ahora, no cuando estaba a punto de encontrarse con él. Ya era una mujer adulta, capaz de controlar sus emociones.
Abrió los ojos y se sonrió. Había confundido un deseo inmaduro y caprichoso con amor. Y en cuanto a Eleni… Vanessa dio un gran suspiro. No tenía sentido pensar en eso ahora, no había nada que ya pudiera hacer. Agua pasada ya no mueve molino.
El taxi se aproximó a la entrada principal del hotel. En unos segundos, pasó del calor al frío. Se detuvieron, y el portero se acercó a abrir la puerta del coche para que pudiera salir. Observó el nombre del hotel en el toldo situado sobre la entrada y, con tacones altos y un indudable temblor en las piernas, se adentró en el vestíbulo de mármol amarillo oro.
Enseguida lo vio a la puerta del pequeño bar, y sintió la necesidad de darse media vuelta y salir por donde había entrado; ganas de volver a casa, hacer las maletas y regresar a Londres, pero sacó pecho y siguió adelante. Él se encontraba sentado en un taburete alto con la vista fija en el vaso que tenía en la mano. Él no la vio acercarse, y había algo realmente intenso en el modo en que observaba el líquido
del vaso… casi como si estuviera buscando algún tipo de respuesta. Vanessa se detuvo a su lado, intentando no sentirse abrumada por aquel formidable físico.
—Zac —maldijo su voz, que sonó insoportablemente ronca.
Él miró hacia arriba, y ella se sintió atrapada y cautivada por aquellos ojos oscuros. Estaba en un apuro. Él se levantó con ágil elegancia, sin atisbo de expresión en el rostro, y le tomó el abrigo. Con reticencia, ella aceptó su ayuda, pero evitó cuidadosamente todo contacto físico.
—Siento haber llegado un poco tarde. Me entretuve en el trabajo.
—No te preocupes. Podemos tomar algo aquí y luego pasar adentro —él dibujó una sonrisa que no expresaron sus ojos.
Él era el encanto y la educación en persona, pero ella en ningún momento se dejó engañar. La condujo hasta una mesa y, con un gesto, la invitó a sentarse. Pensó que había acertado al haberse puesto una sencilla camisa de seda y una falda negra sin adornos, al no haber hecho ningún esfuerzo. Vino el camarero, y Vanessa pidió agua.
Zac levantó una ceja y pidió un whisky.
— ¿Esta noche no hay alcohol, Vanessa?
Un súbito rubor coloreó sus mejillas al percatarse del doble sentido de la pregunta. Se refería a la noche de marras, cuando ella le arrebató la botella de las manos. De nuevo ella se quedó impresionada de su memoria. ¿No había olvidado nada? Ella negó con la cabeza.
Ella no iba a decirle que después de aquella noche no había vuelto a probar una gota de alcohol. No es que le faltaran ocasiones, pero cuando llegaba el momento, simplemente, no podía. De algún modo, le recordaba al pasado, e incluso el olor le revolvía el estómago. Tenía la incómoda sospecha de que su reacción ante el alcohol tenía que ver con el temor a que sucediera algo fuera de su control, como había ocurrido la noche que se emborrachó y lo besó.
—Mira, estoy segura de que estás ocupado. No hay necesidad de que sigamos adelante con esta cena. ¿Quieres decirme tan sólo qué…?
—Todo a su tiempo, Vanessa —le interrumpió él, mientras se inclinaba hacia delante.
Vanessa tuvo que hacer un esfuerzo para no echar la silla hacia atrás. Presentía que estaba metida en algo grande, pero que no tenía ni idea de qué se trataba. Se sentía como una mosca atrapada en una tela de araña, y no le gustaba. Y menos aún cuando Zac le sonrió como una araña hambrienta.
—Cuéntame, ¿cómo has acabado viviendo aquí en París? —preguntó él en tono afable—. ¿No fuiste a la universidad en Inglaterra?
Ella asintió despacio con la cabeza, dispuesta a reprimir el miedo que sentía, a no mostrarse intimidada. Pero a pesar de todo, no tuvo ninguna dificultad en expresarse.
—Tras la muerte de mis padres, quería alejarme de Londres. Siempre me ha encantado París. Había pasado un año aquí aprendiendo francés durante mis estudios de Empresariales. Parecía una salida clara. Contaba con el dinero de la herencia, y monté nuestra pequeña empresa. Enseguida nos hicimos un hueco al dedicarnos a las relaciones públicas para las compañías inglesas que deseaban establecerse aquí y, viceversa, para las empresas francesas interesadas en Londres.
Zac recordó la rápida investigación que había efectuado aquel mismo día sobre Vanessa. Había descubierto innumerables fotografías suyas en diferentes eventos sociales, y en todas Vanessa parecía ser el alma de la fiesta. Aunque su apariencia en el restaurante parecía indicar otra cosa, pues su ropa no podía ser menos llamativa, en realidad ésta no contribuía precisamente a disimular las curvas que tanto habían llamado la atención de Zac la otra noche.
Y a pesar de que ella no había tomado nada de alcohol, él no tenía la menor duda de que en aquellas fiestas sí lo hacía. Zac comenzó a sentir una rabia difusa, una nebulosa sensación de frustración, pero se esforzó por ser cortés. Al menos por el momento.
—No sólo te has hecho un hueco, como dices, en el negocio de las relaciones públicas. Leí en la prensa financiera que tu compañía había sido galardonada con el premio a la mejor nueva pequeña empresa del año. Eso es un gran logro.
Vanessa estaba muy sorprendida por aquellos halagos y se encogió de hombros con modestia.
—Como dije, entramos en el momento adecuado. Con el túnel bajo el Canal de la Mancha, Inglaterra nunca ha estado tan cerca de Francia, y mucha gente está aprovechándose de ello. Yo soy una de tantos.
—Sí, pero no todo el mundo triunfa. No hay duda de que tienes los genes de los Hudgens.
—Que no son nada comparados con los genes de los Efron—repuso ella con una sonrisa irónica mientras comenzaba a sentirse algo más relajada.
Sorprendida de su propia sonrisa, enseguida frunció los labios. Era consciente de que bajar la guardia suponía entrar en un territorio muy peligroso.
—Es posible —la mirada de Zac descendió hasta su boca.
Aquella repentina sonrisa también le había pillado desprevenido. Era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en apresar aquel labio inferior entre los suyos, explorar esa exuberante y almohadillada suavidad, separarles dulcemente con su lengua.
Aliviado, vio cómo el encargado del restaurante se acercaba a la mesa.
—Señor Efron, siento molestarle. ¿Tomarán otra bebida aquí o desean pasar ahora a su mesa?
Se levantó con la agilidad de una gran pantera, lo que hizo que Vanessa se estremeciera.
—Ahora, Pierre. Gracias por esperar.
Aguardó a que Vanessa se levantara para ir detrás de ella. Tuvo que reprimir un repentino deseo de poner las manos en las curvas de sus caderas, de sentir su balanceo contra su mano, de explorar el roce de la seda de la camisa sobre su piel. Se fijó en el brillo de su cabello, más largo por detrás de lo que se había imaginado. Los revoltosos rizos de la juventud habían sido reemplazados por una suave ondulación.
Aquel paralizante aburrimiento se había disipado definitivamente. Por primera vez en mucho tiempo miraba el futuro con ilusión.
— ¿Está bueno? –preguntó él.
Vanessa lo miró con cautela mientras él se repantigaba en el asiento. Resultaba evidente que Zac se encontraba en su salsa en el suntuoso ambiente de aquel famoso restaurante. Les Ambassadeurs. Ella había oído que éste era el hotel en el que cada año se celebraba un exclusivo baile en el que veinticuatro privilegiadas jóvenes de todo el mundo, entre los quince y los diecinueve años de edad, hacían su presentación en sociedad. Vanessa sintió un escalofrío cuando se acordó de cómo era con diecisiete años.
Ella asintió con la cabeza y, habiéndoselo terminado todo, dejó los cubiertos sobre el plato. Un suave rubor coloreó sus mejillas. ¿Por qué tuvo que comer de aquella manera? Él debía de sentir asco ante el modo como había engullido. El lugar de quitarle el apetito, la tensión le hacía comer más, y no le gustaba nada que se lo recordaran. Después de todo, no hacía tanto tiempo que había dejado de ser una chica regordeta.
—Espectacular —respondió, enérgica, con una resplandeciente sonrisa—. Como recordarás, nunca me ha faltado el apetito.
Él recorrió el cuerpo de ella con su mirada, o lo que podía ver del mismo. En concreto, hasta donde su cintura se curvaba antes de ensancharse de nuevo a la altura de sus caderas. Y lo que contemplaba le estaba resultando una provocadora invitación.
Vanessa sintió cómo subía su temperatura corporal bajo la presión de aquella mirada, lo que le hizo lamentar el haber atraído su atención. Recordó la malintencionada pulla que le lanzó días atrás cuando él sugirió que ella había pasado por un quirófano para hacerse algún retoque. Afortunadamente, él dejó de mirarla así para mirarla directamente a los ojos.
—Parece que sigues siendo tímida. Tal vez eras un poco rechoncha, pero ¿qué adolescente no pasa por eso?
« ¡Rechoncha!».
Vanessa volvió a sentirse humillada cuando recordó lo apasionada que había sido aquella noche en el patio, con qué intensidad había deseado a Zac, pero también qué torpes y desmañadas habían sido sus maneras; cómo, por una vez en su vida, había sido completamente ajena a todo lo que no fuera ese raudal de sensaciones que se había apoderado de ella; cómo había creído poder despertar en él los mismos sentimientos. Quería cerrar los ojos, dejar de verlo.
—Zac, creo que deberías contarme…
—No, aún no –la interrumpió de nuevo, haciendo caso omiso de su súplica.
Ella se acobardó un poco ante el severo tono de sus palabras, y él pareció darse cuenta.
—Dime, Vanessa, ¿por qué sentiste la necesidad de contar aquellas cosas sobre nuestras conversaciones? ¿No bastaba con publicar la foto?
Se puso roja como un tomate. Para cuando se enteró de cómo habían abusado de su propia confianza de una manera tan abominable, ya había sido demasiado tarde. ¿Y entendería él lo que era ser una chica adolescente completamente enamorada? ¿Cómo ella simplemente había confiado en alguien con quien pensaba que podía contar? Por supuesto que no. Tal vez pudiera el Zac que ella había conocido hacía largo tiempo… pero el hombre que tenía ante ella, no.
Se alegró de no haber dicho nada sobre Eleni, de no contar la verdad. Dada la situación de su prima, no era fácil utilizarla para justificarse. Lo que tenía que hacer era averiguar qué era lo que él quería, porque no había ninguna duda de que buscaba algo.
Vanessa endureció su corazón. No tenía más remedio. Las conversaciones que él había mencionado habían pertenecido a otra época, a un tiempo más inocente cuando ella había creído que ambos compartían inquietudes y forma de ser. Pero cuando su padre murió y él se hizo cargo de la empresa naviera, él cambió. Bajo su dirección, la compañía multiplicó de forma exponencial sus beneficios. Aquélla no era la misma persona que algún tiempo antes le había confesado su interés por estudiar Arte. Estaba claro que le había tentado más la oportunidad de ganar dinero, muchísimo dinero, y eso lo había cambiado.
—No lo hice. No fue como tú piensas —respondió ella torpemente.
Él se inclinó hacia delante. Su cara tenía una expresión severa.
—Ah, ¿y entonces cómo fue, Vanessa?
Aquello ya era distinto. Zac estaba enojado, manifestaba su odio. Vanessa sintió algo de alivio. Al menos podía lidiar con eso. Ella lo miró sin amedrentarse.
—Nunca tuve la intención de hacerte daño, Zac. Puedes creer lo que quieras. Aquel día ya te formaste una opinión.
—No me hiciste daño, Vanessa—dijo en tono burlón—, pero con tus acciones imprudentes y crueles, causaste verdaderos estragos.
No era fácil para Vanessa oír aquello. No había sido cruel a propósito. Pero él tenía razón: había sido imprudente. No podía llevarle la contraria en ese punto.
—Tu tío Alexei… —no terminó la frase. Aquel rápido cambio de tema le pilló desprevenida. Parecía como si estuviera jugando con ella a algún tipo de arte marcial mental.
Inmediatamente ella se puso en guardia.
— ¿Qué pasa con él?
—He oído que está atravesando por algunas dificultades —Zac se encogió de hombros como quitándole importancia.
Una sensación de culpa invadió a Vanessa. Recordó de pronto las palabras de su tío la otra noche, cuando mencionó que había tenido que ponerse en contacto con Zac. No se le había ocurrido preguntarle sobre el asunto.
— ¿Qué clase de dificultades? —dejándose llevar por la cólera que sentía en ese momento hacia Zac, picó en el anzuelo. Él estaba sacando provecho de cada momento de la cena, y ella tenía los nervios a flor de piel.
—Nada que no se pueda resolver con una inyección de unos cuantos millones de euros.
Vanessa intentó evitar que su rostro delatase el impacto de la noticia. Estaba claro que Zac estaba buscando algún tipo de venganza, y de repente Vanessa sintió que se encontraba en una posición muy vulnerable.
—Ni siquiera tienes tus acciones, ¿verdad?
Desconfiada, ella negó con la cabeza.
—Por lo que parece, apenas habías enterrado a tus padres y ya las habías vendido.
Ella se quedó boquiabierta por la crueldad de aquellas palabras. No había pasado tal como él insinuaba. En realidad, se las había cedido a Alexei; éste las había vendido y le había pasado a Vanessa la pequeña suma de dinero que necesitaba para comenzar su negocio. Ella rechazó el resto, ya que su tío lo necesitaba más.
Llena de rabia por ese comentario tan injusto, ella se inclinó hacia delante, sin advertir qué dejaba al descubierto una tentadora vista de su escote.
—Lo que hice o dejé de hacer con mis acciones no es asunto tuyo, Zac.
Él hizo un gesto despreciativo, como si no le importara mucho, y Vanessa, impotente, sintió ganas de levantarse y darle una bofetada en la cara para quitarle ese aire de superioridad. Tenía toda la arrogancia de sus antepasados.
—El hecho es que tu tío ha venido a mí pidiéndome ayuda… un préstamo.
Vanessa se echó contra el respaldo de su asiento. «Ay, Alexei, ¿qué has hecho?». Su tío nunca había sido el cerebro de la Compañía Naviera Hudgens. Lo había sido su padre, hasta que…
Su mente se dio de bruces con dolorosos recuerdos.
—Mira, Zac, ¿qué es lo que quieres? Todo esto no puede ser por lo que pasó hace años, ¿verdad?
— ¿Por qué no, Vanessa? ¿Acaso piensas que, después de todo, lo que hiciste no estuvo tan mal? ¿Qué el tiempo lo ha borrado? Intentaste seducirme, y cuando no lo conseguiste, en un ataque de despecho arremetiste contra mí. Impediste un matrimonio tú sola.
—Pero, Zac—se sentía al borde del pánico—, seguramente Pia te habría concedido el beneficio de la duda si se lo hubieras explicado. Estoy segura de que
podrías haberla convencido de que aquello no significaba nada, que era algo intrascendente… —se vio obligada a detenerse un momento cuando el recuerdo se volvió demasiado doloroso—. Si te amaba…
Aquel comentario le dio donde más le dolía, un compartimento de su vida que había cerrado hacía mucho.
— ¿Amor? Eres increíble. El amor nunca tuvo nada que ver con aquel compromiso, Vanessa. Se trataba de un matrimonio de conveniencia, de una fusión entre dos familias. No hace falta decir que la fusión se fue al garete tan pronto como perdieron la fe en mi capacidad para hacer el trabajo. Gracias a tus revelaciones chismosas —la cólera surgió de nuevo—. ¡Por Dios, Vanessa!
Ella se quedó sin habla. Siempre había creído que él había estado enamorado de Pia. E incluso, aunque no había filtrado nada a la prensa, y tampoco tenía nada que ver con aquella maldita foto, siempre se había sentido culpable por intentar seducirlo cuando él sólo había aspirado a una amistad.
La patética debilidad que aún sentía por aquel hombre la sacaba de quicio. Abrió su boca, estuvo a punto de proclamar su inocencia, pero se detuvo. Eleni. Y no se trataba sólo de Eleni. Incluso si él supiera la verdad, Vanessa era aún responsable a su manera. No podía decir nada. Enojada e impotente por el modo en como se encontraba atrapada, dejó su servilleta sobre la mesa, y se fue a levantar cuando él se lo impidió, sujetándola de la mano.
El tacto de aquella piel suave y cálida, el pulso acelerado, como el de un pajarillo atrapado, le dejó confuso durante un instante. Él tenía que recordar por qué estaba allí y esforzarse por mantener el control.
—No he terminado contigo, Vanessa. De hecho, no hemos hecho más que empezar.
Ella apartó la mano, sin preocuparle si la gente estaba mirando.
—No hay nada que empezar, Zac. Me voy.
—No, no lo harás —dijo con una voz baja pero mortífera—. Si te levantas, cargaré contigo, te sacaré de aquí a hombros y te llevaré hasta mi apartamento. No lo dudes. Así que podemos hacer esto aquí y ahora o provocar otro escándalo y dar a los paparazzi que están ahí fuera algo que fotografiar.
Ella, que ya había comenzado a levantarse, se sentó de nuevo. Tenía muy claro que no quería quedarse a solas con él y que no dudaría en cumplir su amenaza.
Cuando ella se sentó, él continuó en un tono agradable, como si estuvieran hablando del tiempo.
—Como te decía, tu tío necesita de un importante crédito. Un crédito para mantener la Naviera Hudgens, literalmente, a flote. Esto me pone en una interesante posición, ¿verdad? —él continuó sin esperar respuesta—. Estaba dispuesto a hacer negocios con Alexei, ya que también me convenía, pero ahora las cosas son curiosamente diferentes. No hace falta que te diga que, por lo que a mis intereses respecta, da completamente igual que le ayude o no. Claro está, ni él ni tu familia puede decir lo mismo.
Las facciones de su rostro eran implacables, y Vanessa se acobardó al pensar cómo el tiempo y las circunstancias habían producido en aquel hombre una terrible combinación de imperturbabilidad y falta de compasión.
—Tu tío —continuó decidido —es perro viejo, pero ya no le quedan otras posibilidades y, como él mismo me confesó, yo soy su última esperanza.
Vanessa se sentía culpable por no haberse enterado de la situación de su tío, pero también porque su tío no hubiera confiado en ella. La idea de que aquello pudiera hacer mucho daño a su familia le resultaba insoportable. Pero incluso así, a pesar de todo, la presencia de Zac era tan imponente que le hacía sentirse algo mareada.
— ¿Cómo es que no me han dicho nada? No lo entiendo.
De pronto, a Zac le dio la impresión de que ella parecía muy joven, perdida y sola. Tenía unos grandes y hermosos ojos. Sintió algo en su interior antes de volver, sin piedad, a la carga.
— ¿Quién sabe? Al vender tus acciones tan pronto y venir a París, alejándote de Inglaterra, el hogar materno de tu madre y el país adoptivo de tu padre, tal vez Alexei y el resto de tu familia pensaron que ya no estabas interesada en sus problemas.
Le dolió que pudiera pensar eso, pero no era cierto. Estaba tan afligida que habló sin pensar.
—No sucedió así. Simplemente fue demasiado para mí. Después del entierro, el negocio se convirtió en su obsesión, en el único tema de conversación que tenían. Mi padre prácticamente se había quitado la vida, y había matado a mi madre, y nadie quería hablar sobre eso. Todo lo que importaba era la compañía —dejó de hablar cuando se le entrecortó la voz, e hizo un esfuerzo por reprimir las lágrimas. No quería que él viera ningún signo de debilidad.
Él tenía una expresión intensa en el rostro, pero enseguida se disipó para dejar paso de nuevo a la frialdad anterior. A su vez, ella también endureció la suya.
Zac pensó que la emoción que había suavizado las facciones de Vanessa podía haber sido producto de su propia imaginación, y se sintió ligeramente confuso. Aquello no estaba transcurriendo de la forma como lo había imaginado. Quería tocarla y acariciar sus mejillas, bajar hasta los labios hasta abarcar con la mano su delicada barbilla. Estaba olvidándose de por qué se encontraban allí. Todo lo que quería era dejar de hablar y llevarla a la cama, tenerla bajo su cuerpo.
De pronto Vanessa se sintió víctima de una injusticia. Todo lo que había hecho había sido abrir su corazón y su alma a aquel hombre. Señaló con el dedo hacia él.
—Mira, Zac, no puedo cambiar el pasado, y tú tampoco, con todo tu dinero. Y yo no estaba sola aquella noche. Puedo haber… iniciado todo, pero intenté decir a mis padres la verdad, explicarles… pero no me escucharon.
Él hizo un gesto de burla.
—Por favor. Es un poco tarde para decirme que defendiste mi honor cuando fuiste tú quien preparó premeditadamente lo de la foto y lo de la historia en los periódicos. Lo tenías todo calculado —él silenció su protesta con una mirada—. Pero hay una forma de que Alexei no resulte perjudicado, una forma en que le dejaré el dinero que necesita para salir del trance.
— ¿De qué manera? —preguntó ella, preocupada. Todo su interés se concentraba en salvar a la familia del desastre.
—Tú, Vanessa.
Y entonces, antes de que ella fuera del todo consciente de sus palabras, él preguntó abruptamente:
— ¿Recuerdas a mi tío Dimitri?
Ella, aún confusa, asintió con la cabeza, tratando de dar sentido a todo aquello.
—Murió hace un mes —añadió él.
—No sabía que estaba enfermo. Lo siento —dijo ella, tensa, al tiempo que se preguntaba qué pretendía.
—Sucedió muy rápido —su penetrante mirada se posó en Vanessa—. En parte, es el motivo por el que te he pedido que vinieras.
«Junto con este ardiente deseo que me come por dentro».
Sintió un latido en el centro de su virilidad. Vanessa no pudo evitar una respuesta sarcástica:
—Bueno, me preguntaba… Tú apenas has llamado para rememorar viejos tiempos.
« ¡Cállate, Vanessa!».
Él no pareció darse cuenta de cómo ella se estaba torturando. Llegó el camarero y quitó los platos. Vanessa no quiso tomar postre y pidió un café; Zac, un licor. Él esperó a que se lo trajeran y volvió a mirarla fijamente. No pensaba dejárselo fácil. Vanessa estaba a la defensiva.
—Debo reconocer que nuestro encuentro fue toda una sorpresa, pero también es verdad que ocurrió en el momento más oportuno.
Ella lo miró, recelosa.
— ¿Qué quieres decir con que fue oportuno?
Él se resistió a posar la mirada en su escote, donde una joya le besaba la tersa piel. En un intento de reprimir el vuelo erótico de su imaginación, apretó la mandíbula aún con más fuerza.
«Piensa en lo que te ha traído aquí. Céntrate en los negocios y en la venganza, y en nada más. Ya habrá tiempo para otras cosas más adelante».
—Necesito una esposa, Vanessa, y vas a ser tú.
Vanessa, lo miró, anonadada. Estaba en completo estado de shock.
Espero que les guste!! besoos
Chauu!
Había sido más difícil de lo que pensaba librarse de Isabelle. Probablemente ella había fantaseado con la posibilidad del matrimonio. Le llevó dos noches, más joyas y una cena en el mejor restaurante de la ciudad. Todo el mundo, tarde o temprano, lo había traicionado. Incluso su propia familia. Pero nunca se lo hubiera imaginado de Vanessa. Ella lo había arrojado de su casa, le había arruinado la boda y dejado su nombre a la altura del betún. Al usar su dirección de correo electrónico para enviar la foto y la historia, no había duda de que Vanessa quería mofarse de él. E incluso tuvo la desfachatez de revelar al periódico detalles tan íntimos, que sólo ella podía conocer, pues era la única persona a quien se los había confiado. Una severa mueca se dibujó en su rostro. Los buitres que ya habían olido una posible debilidad a la muerte de su padre habían estado rondando durante mucho tiempo, y casi lo consiguieron. Tenía que reconocer que, cuando él le contó aquellas cosas, dos años antes del episodio que supuso el escándalo, su padre aún no había muerto y ella sólo tenía quince años. En aquel entonces, él todavía no había visto sus sueños destrozados por la dura realidad ni por haber sido tan abierto y confiado. El hecho de que ella hubiera guardado las conversaciones que mantuvieron como amigos para usarlas de esa forma le revolvió el estómago. Aquel periodo supuso un punto de inflexión en su vida; y no volvió a permitir que nadie se le acercara tanto. Desde entonces, funcionaba por su cuenta y no necesitaba a nadie.
Dio un puñetazo en la pared. ¿Cómo podía ella haber cambiado tanto de esa manera en tan sólo dos años? Cerró los ojos y se hizo las mismas preguntas una y otra vez. La cuestión era clara: había sido traicionado. No había significado otra cosa para los demás que un medio de ganar dinero. Cuando aquel día volvió las espaldas a Vanessa, también lo hizo a muchas otras cosas.
« ¡Basta!», se dijo. Vanessa Hudgens estaba a punto de averiguar lo que significaba cruzarse en el camino de Zac Efron. Había llegado el momento de que sufriera en sus carnes lo que él había padecido.
Su cabeza regresó al plan que había empezado a urdir desde que la vio de nuevo. Era cierto que nunca había sentido especial pasión por la venganza. De hecho, pensaba más bien que, al poner al descubierto las emociones, podía constituir una debilidad frente al enemigo. Y eso era parte del secreto de su éxito en los negocios, parte de la razón por la que se hallaba en la cima, habiendo llegado aún más lejos que su padre.
Recordó cómo había dudado sobre si recibir o no a Alexei Hudgens cuando éste acudió a él en busca de ayuda. Sonrió de forma inexorable. Había tomado la decisión acertada. El destino así se lo acababa de confirmar. Ahora estaba dispuesto a repensar su visión de la venganza… especialmente cuando resultaba tan tentadora.
Vanessa observaba las calles por las que pasaba. Normalmente nunca tomaba un taxi. El metro cubría de sobra sus necesidades, pero un problema de última hora en la oficina y la avería de un tren le dejaron un margen demasiado justo para llegar a las ocho al Hotel Crillon. Estaba de los nervios y tenía las manos húmedas, así que se las pasó por el vestido sin darse cuenta. ¿Cómo sería volver a ver a Zac? Él era incluso más apuesto de lo que había imaginado. Las duras y masculinas facciones de su rostro se le habían quedado impresas en la retina. Le había parecido aún más alto. Más de un metro noventa de puro músculo. Sintió un estremecimiento de un genuino deseo, e intentó apartar su pensamiento de sus atractivos físicos.
Él nunca se llegó a casar, y desde el fracaso con Pia Kyriapolous no se había vuelto a oír nada al respecto. Por lo que Vanessa podía recordar, Pia enseguida había contraído matrimonio con otro hombre, lo que, sin duda, no hizo sino echar más sal en la herida de Zac. Pia había sido una de las más exitosas modelos de Grecia y la hija de otro poderoso magnate naviero. El día siguiente al anuncio del compromiso, Vanessa tuvo que aguantar los comentarios de todo el mundo diciendo que eran la pareja ideal.
Habiendo ganado en madurez, Vanessa sabía ahora que Zac había condicionado de manera determinante el desarrollo de su sexualidad. Por supuesto, él ni lo había notado, ya que no la veía desde ese punto de vista. Ésa era la razón de que, con el estímulo, casi la presión de su prima Eleni, aquella aciaga noche hubiera salido a su encuentro. Cerró los ojos y tragó saliva. No necesitaba pensar en eso ahora, no cuando estaba a punto de encontrarse con él. Ya era una mujer adulta, capaz de controlar sus emociones.
Abrió los ojos y se sonrió. Había confundido un deseo inmaduro y caprichoso con amor. Y en cuanto a Eleni… Vanessa dio un gran suspiro. No tenía sentido pensar en eso ahora, no había nada que ya pudiera hacer. Agua pasada ya no mueve molino.
El taxi se aproximó a la entrada principal del hotel. En unos segundos, pasó del calor al frío. Se detuvieron, y el portero se acercó a abrir la puerta del coche para que pudiera salir. Observó el nombre del hotel en el toldo situado sobre la entrada y, con tacones altos y un indudable temblor en las piernas, se adentró en el vestíbulo de mármol amarillo oro.
Enseguida lo vio a la puerta del pequeño bar, y sintió la necesidad de darse media vuelta y salir por donde había entrado; ganas de volver a casa, hacer las maletas y regresar a Londres, pero sacó pecho y siguió adelante. Él se encontraba sentado en un taburete alto con la vista fija en el vaso que tenía en la mano. Él no la vio acercarse, y había algo realmente intenso en el modo en que observaba el líquido
del vaso… casi como si estuviera buscando algún tipo de respuesta. Vanessa se detuvo a su lado, intentando no sentirse abrumada por aquel formidable físico.
—Zac —maldijo su voz, que sonó insoportablemente ronca.
Él miró hacia arriba, y ella se sintió atrapada y cautivada por aquellos ojos oscuros. Estaba en un apuro. Él se levantó con ágil elegancia, sin atisbo de expresión en el rostro, y le tomó el abrigo. Con reticencia, ella aceptó su ayuda, pero evitó cuidadosamente todo contacto físico.
—Siento haber llegado un poco tarde. Me entretuve en el trabajo.
—No te preocupes. Podemos tomar algo aquí y luego pasar adentro —él dibujó una sonrisa que no expresaron sus ojos.
Él era el encanto y la educación en persona, pero ella en ningún momento se dejó engañar. La condujo hasta una mesa y, con un gesto, la invitó a sentarse. Pensó que había acertado al haberse puesto una sencilla camisa de seda y una falda negra sin adornos, al no haber hecho ningún esfuerzo. Vino el camarero, y Vanessa pidió agua.
Zac levantó una ceja y pidió un whisky.
— ¿Esta noche no hay alcohol, Vanessa?
Un súbito rubor coloreó sus mejillas al percatarse del doble sentido de la pregunta. Se refería a la noche de marras, cuando ella le arrebató la botella de las manos. De nuevo ella se quedó impresionada de su memoria. ¿No había olvidado nada? Ella negó con la cabeza.
Ella no iba a decirle que después de aquella noche no había vuelto a probar una gota de alcohol. No es que le faltaran ocasiones, pero cuando llegaba el momento, simplemente, no podía. De algún modo, le recordaba al pasado, e incluso el olor le revolvía el estómago. Tenía la incómoda sospecha de que su reacción ante el alcohol tenía que ver con el temor a que sucediera algo fuera de su control, como había ocurrido la noche que se emborrachó y lo besó.
—Mira, estoy segura de que estás ocupado. No hay necesidad de que sigamos adelante con esta cena. ¿Quieres decirme tan sólo qué…?
—Todo a su tiempo, Vanessa —le interrumpió él, mientras se inclinaba hacia delante.
Vanessa tuvo que hacer un esfuerzo para no echar la silla hacia atrás. Presentía que estaba metida en algo grande, pero que no tenía ni idea de qué se trataba. Se sentía como una mosca atrapada en una tela de araña, y no le gustaba. Y menos aún cuando Zac le sonrió como una araña hambrienta.
—Cuéntame, ¿cómo has acabado viviendo aquí en París? —preguntó él en tono afable—. ¿No fuiste a la universidad en Inglaterra?
Ella asintió despacio con la cabeza, dispuesta a reprimir el miedo que sentía, a no mostrarse intimidada. Pero a pesar de todo, no tuvo ninguna dificultad en expresarse.
—Tras la muerte de mis padres, quería alejarme de Londres. Siempre me ha encantado París. Había pasado un año aquí aprendiendo francés durante mis estudios de Empresariales. Parecía una salida clara. Contaba con el dinero de la herencia, y monté nuestra pequeña empresa. Enseguida nos hicimos un hueco al dedicarnos a las relaciones públicas para las compañías inglesas que deseaban establecerse aquí y, viceversa, para las empresas francesas interesadas en Londres.
Zac recordó la rápida investigación que había efectuado aquel mismo día sobre Vanessa. Había descubierto innumerables fotografías suyas en diferentes eventos sociales, y en todas Vanessa parecía ser el alma de la fiesta. Aunque su apariencia en el restaurante parecía indicar otra cosa, pues su ropa no podía ser menos llamativa, en realidad ésta no contribuía precisamente a disimular las curvas que tanto habían llamado la atención de Zac la otra noche.
Y a pesar de que ella no había tomado nada de alcohol, él no tenía la menor duda de que en aquellas fiestas sí lo hacía. Zac comenzó a sentir una rabia difusa, una nebulosa sensación de frustración, pero se esforzó por ser cortés. Al menos por el momento.
—No sólo te has hecho un hueco, como dices, en el negocio de las relaciones públicas. Leí en la prensa financiera que tu compañía había sido galardonada con el premio a la mejor nueva pequeña empresa del año. Eso es un gran logro.
Vanessa estaba muy sorprendida por aquellos halagos y se encogió de hombros con modestia.
—Como dije, entramos en el momento adecuado. Con el túnel bajo el Canal de la Mancha, Inglaterra nunca ha estado tan cerca de Francia, y mucha gente está aprovechándose de ello. Yo soy una de tantos.
—Sí, pero no todo el mundo triunfa. No hay duda de que tienes los genes de los Hudgens.
—Que no son nada comparados con los genes de los Efron—repuso ella con una sonrisa irónica mientras comenzaba a sentirse algo más relajada.
Sorprendida de su propia sonrisa, enseguida frunció los labios. Era consciente de que bajar la guardia suponía entrar en un territorio muy peligroso.
—Es posible —la mirada de Zac descendió hasta su boca.
Aquella repentina sonrisa también le había pillado desprevenido. Era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en apresar aquel labio inferior entre los suyos, explorar esa exuberante y almohadillada suavidad, separarles dulcemente con su lengua.
Aliviado, vio cómo el encargado del restaurante se acercaba a la mesa.
—Señor Efron, siento molestarle. ¿Tomarán otra bebida aquí o desean pasar ahora a su mesa?
Se levantó con la agilidad de una gran pantera, lo que hizo que Vanessa se estremeciera.
—Ahora, Pierre. Gracias por esperar.
Aguardó a que Vanessa se levantara para ir detrás de ella. Tuvo que reprimir un repentino deseo de poner las manos en las curvas de sus caderas, de sentir su balanceo contra su mano, de explorar el roce de la seda de la camisa sobre su piel. Se fijó en el brillo de su cabello, más largo por detrás de lo que se había imaginado. Los revoltosos rizos de la juventud habían sido reemplazados por una suave ondulación.
Aquel paralizante aburrimiento se había disipado definitivamente. Por primera vez en mucho tiempo miraba el futuro con ilusión.
— ¿Está bueno? –preguntó él.
Vanessa lo miró con cautela mientras él se repantigaba en el asiento. Resultaba evidente que Zac se encontraba en su salsa en el suntuoso ambiente de aquel famoso restaurante. Les Ambassadeurs. Ella había oído que éste era el hotel en el que cada año se celebraba un exclusivo baile en el que veinticuatro privilegiadas jóvenes de todo el mundo, entre los quince y los diecinueve años de edad, hacían su presentación en sociedad. Vanessa sintió un escalofrío cuando se acordó de cómo era con diecisiete años.
Ella asintió con la cabeza y, habiéndoselo terminado todo, dejó los cubiertos sobre el plato. Un suave rubor coloreó sus mejillas. ¿Por qué tuvo que comer de aquella manera? Él debía de sentir asco ante el modo como había engullido. El lugar de quitarle el apetito, la tensión le hacía comer más, y no le gustaba nada que se lo recordaran. Después de todo, no hacía tanto tiempo que había dejado de ser una chica regordeta.
—Espectacular —respondió, enérgica, con una resplandeciente sonrisa—. Como recordarás, nunca me ha faltado el apetito.
Él recorrió el cuerpo de ella con su mirada, o lo que podía ver del mismo. En concreto, hasta donde su cintura se curvaba antes de ensancharse de nuevo a la altura de sus caderas. Y lo que contemplaba le estaba resultando una provocadora invitación.
Vanessa sintió cómo subía su temperatura corporal bajo la presión de aquella mirada, lo que le hizo lamentar el haber atraído su atención. Recordó la malintencionada pulla que le lanzó días atrás cuando él sugirió que ella había pasado por un quirófano para hacerse algún retoque. Afortunadamente, él dejó de mirarla así para mirarla directamente a los ojos.
—Parece que sigues siendo tímida. Tal vez eras un poco rechoncha, pero ¿qué adolescente no pasa por eso?
« ¡Rechoncha!».
Vanessa volvió a sentirse humillada cuando recordó lo apasionada que había sido aquella noche en el patio, con qué intensidad había deseado a Zac, pero también qué torpes y desmañadas habían sido sus maneras; cómo, por una vez en su vida, había sido completamente ajena a todo lo que no fuera ese raudal de sensaciones que se había apoderado de ella; cómo había creído poder despertar en él los mismos sentimientos. Quería cerrar los ojos, dejar de verlo.
—Zac, creo que deberías contarme…
—No, aún no –la interrumpió de nuevo, haciendo caso omiso de su súplica.
Ella se acobardó un poco ante el severo tono de sus palabras, y él pareció darse cuenta.
—Dime, Vanessa, ¿por qué sentiste la necesidad de contar aquellas cosas sobre nuestras conversaciones? ¿No bastaba con publicar la foto?
Se puso roja como un tomate. Para cuando se enteró de cómo habían abusado de su propia confianza de una manera tan abominable, ya había sido demasiado tarde. ¿Y entendería él lo que era ser una chica adolescente completamente enamorada? ¿Cómo ella simplemente había confiado en alguien con quien pensaba que podía contar? Por supuesto que no. Tal vez pudiera el Zac que ella había conocido hacía largo tiempo… pero el hombre que tenía ante ella, no.
Se alegró de no haber dicho nada sobre Eleni, de no contar la verdad. Dada la situación de su prima, no era fácil utilizarla para justificarse. Lo que tenía que hacer era averiguar qué era lo que él quería, porque no había ninguna duda de que buscaba algo.
Vanessa endureció su corazón. No tenía más remedio. Las conversaciones que él había mencionado habían pertenecido a otra época, a un tiempo más inocente cuando ella había creído que ambos compartían inquietudes y forma de ser. Pero cuando su padre murió y él se hizo cargo de la empresa naviera, él cambió. Bajo su dirección, la compañía multiplicó de forma exponencial sus beneficios. Aquélla no era la misma persona que algún tiempo antes le había confesado su interés por estudiar Arte. Estaba claro que le había tentado más la oportunidad de ganar dinero, muchísimo dinero, y eso lo había cambiado.
—No lo hice. No fue como tú piensas —respondió ella torpemente.
Él se inclinó hacia delante. Su cara tenía una expresión severa.
—Ah, ¿y entonces cómo fue, Vanessa?
Aquello ya era distinto. Zac estaba enojado, manifestaba su odio. Vanessa sintió algo de alivio. Al menos podía lidiar con eso. Ella lo miró sin amedrentarse.
—Nunca tuve la intención de hacerte daño, Zac. Puedes creer lo que quieras. Aquel día ya te formaste una opinión.
—No me hiciste daño, Vanessa—dijo en tono burlón—, pero con tus acciones imprudentes y crueles, causaste verdaderos estragos.
No era fácil para Vanessa oír aquello. No había sido cruel a propósito. Pero él tenía razón: había sido imprudente. No podía llevarle la contraria en ese punto.
—Tu tío Alexei… —no terminó la frase. Aquel rápido cambio de tema le pilló desprevenida. Parecía como si estuviera jugando con ella a algún tipo de arte marcial mental.
Inmediatamente ella se puso en guardia.
— ¿Qué pasa con él?
—He oído que está atravesando por algunas dificultades —Zac se encogió de hombros como quitándole importancia.
Una sensación de culpa invadió a Vanessa. Recordó de pronto las palabras de su tío la otra noche, cuando mencionó que había tenido que ponerse en contacto con Zac. No se le había ocurrido preguntarle sobre el asunto.
— ¿Qué clase de dificultades? —dejándose llevar por la cólera que sentía en ese momento hacia Zac, picó en el anzuelo. Él estaba sacando provecho de cada momento de la cena, y ella tenía los nervios a flor de piel.
—Nada que no se pueda resolver con una inyección de unos cuantos millones de euros.
Vanessa intentó evitar que su rostro delatase el impacto de la noticia. Estaba claro que Zac estaba buscando algún tipo de venganza, y de repente Vanessa sintió que se encontraba en una posición muy vulnerable.
—Ni siquiera tienes tus acciones, ¿verdad?
Desconfiada, ella negó con la cabeza.
—Por lo que parece, apenas habías enterrado a tus padres y ya las habías vendido.
Ella se quedó boquiabierta por la crueldad de aquellas palabras. No había pasado tal como él insinuaba. En realidad, se las había cedido a Alexei; éste las había vendido y le había pasado a Vanessa la pequeña suma de dinero que necesitaba para comenzar su negocio. Ella rechazó el resto, ya que su tío lo necesitaba más.
Llena de rabia por ese comentario tan injusto, ella se inclinó hacia delante, sin advertir qué dejaba al descubierto una tentadora vista de su escote.
—Lo que hice o dejé de hacer con mis acciones no es asunto tuyo, Zac.
Él hizo un gesto despreciativo, como si no le importara mucho, y Vanessa, impotente, sintió ganas de levantarse y darle una bofetada en la cara para quitarle ese aire de superioridad. Tenía toda la arrogancia de sus antepasados.
—El hecho es que tu tío ha venido a mí pidiéndome ayuda… un préstamo.
Vanessa se echó contra el respaldo de su asiento. «Ay, Alexei, ¿qué has hecho?». Su tío nunca había sido el cerebro de la Compañía Naviera Hudgens. Lo había sido su padre, hasta que…
Su mente se dio de bruces con dolorosos recuerdos.
—Mira, Zac, ¿qué es lo que quieres? Todo esto no puede ser por lo que pasó hace años, ¿verdad?
— ¿Por qué no, Vanessa? ¿Acaso piensas que, después de todo, lo que hiciste no estuvo tan mal? ¿Qué el tiempo lo ha borrado? Intentaste seducirme, y cuando no lo conseguiste, en un ataque de despecho arremetiste contra mí. Impediste un matrimonio tú sola.
—Pero, Zac—se sentía al borde del pánico—, seguramente Pia te habría concedido el beneficio de la duda si se lo hubieras explicado. Estoy segura de que
podrías haberla convencido de que aquello no significaba nada, que era algo intrascendente… —se vio obligada a detenerse un momento cuando el recuerdo se volvió demasiado doloroso—. Si te amaba…
Aquel comentario le dio donde más le dolía, un compartimento de su vida que había cerrado hacía mucho.
— ¿Amor? Eres increíble. El amor nunca tuvo nada que ver con aquel compromiso, Vanessa. Se trataba de un matrimonio de conveniencia, de una fusión entre dos familias. No hace falta decir que la fusión se fue al garete tan pronto como perdieron la fe en mi capacidad para hacer el trabajo. Gracias a tus revelaciones chismosas —la cólera surgió de nuevo—. ¡Por Dios, Vanessa!
Ella se quedó sin habla. Siempre había creído que él había estado enamorado de Pia. E incluso, aunque no había filtrado nada a la prensa, y tampoco tenía nada que ver con aquella maldita foto, siempre se había sentido culpable por intentar seducirlo cuando él sólo había aspirado a una amistad.
La patética debilidad que aún sentía por aquel hombre la sacaba de quicio. Abrió su boca, estuvo a punto de proclamar su inocencia, pero se detuvo. Eleni. Y no se trataba sólo de Eleni. Incluso si él supiera la verdad, Vanessa era aún responsable a su manera. No podía decir nada. Enojada e impotente por el modo en como se encontraba atrapada, dejó su servilleta sobre la mesa, y se fue a levantar cuando él se lo impidió, sujetándola de la mano.
El tacto de aquella piel suave y cálida, el pulso acelerado, como el de un pajarillo atrapado, le dejó confuso durante un instante. Él tenía que recordar por qué estaba allí y esforzarse por mantener el control.
—No he terminado contigo, Vanessa. De hecho, no hemos hecho más que empezar.
Ella apartó la mano, sin preocuparle si la gente estaba mirando.
—No hay nada que empezar, Zac. Me voy.
—No, no lo harás —dijo con una voz baja pero mortífera—. Si te levantas, cargaré contigo, te sacaré de aquí a hombros y te llevaré hasta mi apartamento. No lo dudes. Así que podemos hacer esto aquí y ahora o provocar otro escándalo y dar a los paparazzi que están ahí fuera algo que fotografiar.
Ella, que ya había comenzado a levantarse, se sentó de nuevo. Tenía muy claro que no quería quedarse a solas con él y que no dudaría en cumplir su amenaza.
Cuando ella se sentó, él continuó en un tono agradable, como si estuvieran hablando del tiempo.
—Como te decía, tu tío necesita de un importante crédito. Un crédito para mantener la Naviera Hudgens, literalmente, a flote. Esto me pone en una interesante posición, ¿verdad? —él continuó sin esperar respuesta—. Estaba dispuesto a hacer negocios con Alexei, ya que también me convenía, pero ahora las cosas son curiosamente diferentes. No hace falta que te diga que, por lo que a mis intereses respecta, da completamente igual que le ayude o no. Claro está, ni él ni tu familia puede decir lo mismo.
Las facciones de su rostro eran implacables, y Vanessa se acobardó al pensar cómo el tiempo y las circunstancias habían producido en aquel hombre una terrible combinación de imperturbabilidad y falta de compasión.
—Tu tío —continuó decidido —es perro viejo, pero ya no le quedan otras posibilidades y, como él mismo me confesó, yo soy su última esperanza.
Vanessa se sentía culpable por no haberse enterado de la situación de su tío, pero también porque su tío no hubiera confiado en ella. La idea de que aquello pudiera hacer mucho daño a su familia le resultaba insoportable. Pero incluso así, a pesar de todo, la presencia de Zac era tan imponente que le hacía sentirse algo mareada.
— ¿Cómo es que no me han dicho nada? No lo entiendo.
De pronto, a Zac le dio la impresión de que ella parecía muy joven, perdida y sola. Tenía unos grandes y hermosos ojos. Sintió algo en su interior antes de volver, sin piedad, a la carga.
— ¿Quién sabe? Al vender tus acciones tan pronto y venir a París, alejándote de Inglaterra, el hogar materno de tu madre y el país adoptivo de tu padre, tal vez Alexei y el resto de tu familia pensaron que ya no estabas interesada en sus problemas.
Le dolió que pudiera pensar eso, pero no era cierto. Estaba tan afligida que habló sin pensar.
—No sucedió así. Simplemente fue demasiado para mí. Después del entierro, el negocio se convirtió en su obsesión, en el único tema de conversación que tenían. Mi padre prácticamente se había quitado la vida, y había matado a mi madre, y nadie quería hablar sobre eso. Todo lo que importaba era la compañía —dejó de hablar cuando se le entrecortó la voz, e hizo un esfuerzo por reprimir las lágrimas. No quería que él viera ningún signo de debilidad.
Él tenía una expresión intensa en el rostro, pero enseguida se disipó para dejar paso de nuevo a la frialdad anterior. A su vez, ella también endureció la suya.
Zac pensó que la emoción que había suavizado las facciones de Vanessa podía haber sido producto de su propia imaginación, y se sintió ligeramente confuso. Aquello no estaba transcurriendo de la forma como lo había imaginado. Quería tocarla y acariciar sus mejillas, bajar hasta los labios hasta abarcar con la mano su delicada barbilla. Estaba olvidándose de por qué se encontraban allí. Todo lo que quería era dejar de hablar y llevarla a la cama, tenerla bajo su cuerpo.
De pronto Vanessa se sintió víctima de una injusticia. Todo lo que había hecho había sido abrir su corazón y su alma a aquel hombre. Señaló con el dedo hacia él.
—Mira, Zac, no puedo cambiar el pasado, y tú tampoco, con todo tu dinero. Y yo no estaba sola aquella noche. Puedo haber… iniciado todo, pero intenté decir a mis padres la verdad, explicarles… pero no me escucharon.
Él hizo un gesto de burla.
—Por favor. Es un poco tarde para decirme que defendiste mi honor cuando fuiste tú quien preparó premeditadamente lo de la foto y lo de la historia en los periódicos. Lo tenías todo calculado —él silenció su protesta con una mirada—. Pero hay una forma de que Alexei no resulte perjudicado, una forma en que le dejaré el dinero que necesita para salir del trance.
— ¿De qué manera? —preguntó ella, preocupada. Todo su interés se concentraba en salvar a la familia del desastre.
—Tú, Vanessa.
Y entonces, antes de que ella fuera del todo consciente de sus palabras, él preguntó abruptamente:
— ¿Recuerdas a mi tío Dimitri?
Ella, aún confusa, asintió con la cabeza, tratando de dar sentido a todo aquello.
—Murió hace un mes —añadió él.
—No sabía que estaba enfermo. Lo siento —dijo ella, tensa, al tiempo que se preguntaba qué pretendía.
—Sucedió muy rápido —su penetrante mirada se posó en Vanessa—. En parte, es el motivo por el que te he pedido que vinieras.
«Junto con este ardiente deseo que me come por dentro».
Sintió un latido en el centro de su virilidad. Vanessa no pudo evitar una respuesta sarcástica:
—Bueno, me preguntaba… Tú apenas has llamado para rememorar viejos tiempos.
« ¡Cállate, Vanessa!».
Él no pareció darse cuenta de cómo ella se estaba torturando. Llegó el camarero y quitó los platos. Vanessa no quiso tomar postre y pidió un café; Zac, un licor. Él esperó a que se lo trajeran y volvió a mirarla fijamente. No pensaba dejárselo fácil. Vanessa estaba a la defensiva.
—Debo reconocer que nuestro encuentro fue toda una sorpresa, pero también es verdad que ocurrió en el momento más oportuno.
Ella lo miró, recelosa.
— ¿Qué quieres decir con que fue oportuno?
Él se resistió a posar la mirada en su escote, donde una joya le besaba la tersa piel. En un intento de reprimir el vuelo erótico de su imaginación, apretó la mandíbula aún con más fuerza.
«Piensa en lo que te ha traído aquí. Céntrate en los negocios y en la venganza, y en nada más. Ya habrá tiempo para otras cosas más adelante».
—Necesito una esposa, Vanessa, y vas a ser tú.
Vanessa, lo miró, anonadada. Estaba en completo estado de shock.
Espero que les guste!! besoos
Chauu!
lunes, 10 de enero de 2011
Capítulo 2
Ella miró hacia arriba, y sus ojos se toparon con esa profundidad oscura e inconmensurable que le resultaba familiar. Con aquel rostro indescriptiblemente hermoso; un rostro que ella conocía bien, porque había permanecido vivido en su recuerdo. Vanessa se quedó con la boca abierta.
—Zac Efron… —ni siquiera era consciente de que había pronunciado aquel nombre en voz alta. Era como si tuviera que decirlo para saber si lo que estaba viendo era real o sólo un producto de su imaginación. Pero estaba claro que no demasiado real.
— ¿Nos conocemos? —se detuvo y, sorprendido, se giró del todo.
« ¡Es ella! La mujer que he visto antes en la sala», pensó. Pero él la conocía.
La observó con detenimiento. Vanessa hizo un esfuerzo por intentar marcharse.
—Lo siento —se dio media vuelta y, justo cuando creía que podía respirar tranquila después de haberse alejado unos pasos, sintió una fuerte presión en el brazo, y oyó una voz profunda, llena de asombrada incredulidad:
— ¿Vanessa Hudgens?
Ella cerró los ojos. Lo peor acababa de suceder. En ese momento deseó poder seguir caminando y alejarse de allí. La terrible humillación que había sufrido en el pasado perduraba de tal manera en su recuerdo que tuvo que abrir los ojos de nuevo para detener la catarata de imágenes que inundaban su mente. Sin otra opción, finalmente se giró hacia donde él estaba y lo miró.
—Sí —contestó, sin poder descifrar aquel rostro masculino.
Él desvió su mirada de la de ella para observarla nuevamente al detalle.
—Vaya, vaya, vaya. La pequeña Vanessa Hudgens. Cómo ha crecido —hablaba casi para sí—. Tus ojos te delatan; son de un color peculiar, azul y verde. Aunque sólo por eso no creo que te hubiera reconocido. Debes de haberte retocado algo. Si no recuerdo mal, siempre te mostrabas insegura… pero desde luego ha merecido la pena.
Sólo cuando sus ojos se posaron insolentes sobre sus pechos, Vanessa resopló, indignada, aunque, por otro lado, se sintió aliviada, ya que gracias a eso pudo salir del estado de shock en que se encontraba. Finalmente se las arregló para librase de la mano que le agarraba el brazo.
— ¿Cómo te atreves? Claro que no me he retocado nada. Lamento haberme topado contigo, créeme, y estoy segura de que tú también estarás encantado de que me vaya.
—¿Y no sientes haber arruinado mi compromiso hace años… o haber arrastrado mi nombre por toda la prensa amarilla… o haberme humillado públicamente y haber conseguido que me arrojaran de tu casa como si fuera un vulgar ladrón?
Era demasiado esperar que pudiera haberlo olvidado. Sus mejillas se tiñeron de rubor.
Contra su voluntad, Zac tuvo que contener la respiración. Era una mujer magnífica… ¿y cómo lo había transportado de vuelta con tanta facilidad y rapidez a un tiempo que él creía olvidado para siempre?
Zac se sintió impresionado al estar cara a cara con la mujer que le había seducido hacía un instante en aquel mismo salón, por la fuerza que desprendía su belleza vista de cerca y, ahora, por el impacto de saber que ella era Vanessa Hudgens, la chica despechada que casi destrozó su vida. Sólo que ya no era una chica, sino una mujer, una mujer muy sexy, una mujer que le estaba haciendo hervir la sangre de deseo. Era una reacción química instantánea.
Vanessa había abierto la boca en ademán de hablar cuando de pronto apareció una rubia al lado de Zac que le tomó del brazo en evidente indicación de propiedad. ¿Y quién podía culparla? Incluso sin haberlo observado con detenimiento, no había ninguna duda de que era de lejos el hombre más apuesto de cuantos se encontraban allí. Un perfecto y poderoso espécimen de masculinidad, que irradiaba energía sexual por todos los poros de su piel.
Había sido un joven formidable, pero ahora era sencillamente irresistible. Los años habían dado fuerza a su figura, añadiendo madurez a sus facciones, que ahora eran más duras pero no menos atractivas. Poseía un encanto, un carisma sexual que sólo puede dar la edad, la seguridad y la experiencia. Sin embargo, su cabello aún conservaba los rizos que tenía cuando era más joven, lo que tuvo un efecto inquietante en Vanessa. La voz de la otra mujer la devolvió a la realidad.
—Cariño, ¿no vas a presentarnos?
Zac no podía dejar de observar a Vanessa. Una vez más había sido hipnotizado, hasta el punto de ignorar todo lo demás. Él también podía ver que Vanessa estaba confusa, como si los dos hubieran olvidado que se encontraban en un lugar público, rodeados de gente. Pero tenía que atender a Isabelle. Vanessa, no obstante, se adelantó antes de que él pudiera decir nada, dirigiéndose en exclusiva a Isabelle.
—Por favor, discúlpeme. Estoy buscando a una persona y tengo que encontrarla antes de que se vaya. Fue… un placer volver a verte, Zac —dicho lo cual se marchó y se perdió entre la gente.
No le fue nada fácil resistirse al deseo de ir tras ella. El agudo y punzante sentimiento de hastío que Zac había sentido antes ya había desaparecido, como si le hubieran insuflado la energía vital y el deseo que le faltaba. La clase de deseo que no había sentido en mucho, mucho tiempo, el deseo elemental de realizarse por completo. No podía creer que ella hubiese irrumpido de aquella manera en su vida, como una jugosa y suculenta fruta.
No había pensado en ella desde hacía años, y sólo de forma efímera se le había pasado por la cabeza tras retomar la relación con su tío recientemente. De hecho, después de la entrevista con Alexei, se alegró al creer que había superado todo aquello… hasta ahora.
«Vanessa Hudgens». No podía dejar de repetir aquel nombre en su cabeza. ¿Cómo imaginar que sería ella quien avivase las moribundas brasas de su deseo? ¿Cómo imaginar que tendría la oportunidad de hacer algo para vengarse de aquel acto mezquino y despreciable que protagonizó hacía siete años? Un acto cuyas consecuencias fueron más vastas de lo previsible y por el cual nunca tuvo que rendir cuentas a nadie. Curiosamente, y a pesar del tiempo transcurrido, le invadió un renovado sentimiento de rencor e ira.
Esa rabia inicial enseguida se transformó en energía. No podía haber sido más oportuno aquel encuentro con Vanessa. Era el revulsivo que necesitaba. Tenía claro que, de existir algo como el karma, tenía que parecerse a aquello. Estaba dispuesto a no dejar pasar la oportunidad.
Dos días después, Vanessa observó la luz parpadeante del interfono que indicaba el aviso de su secretaria personal.
—Vanessa, Zac Efron está en la línea uno.
Le dio un brinco el corazón. De algún modo, había tratado de convencerse durante las cuarenta y ocho horas anteriores de que en realidad no lo había visto; de que había sido una especie de mal sueño. Intentó decir algo, pero fue incapaz. Haciendo un gran esfuerzo, consiguió liberarse de la inercia que la paralizaba y recuperar el control de su cuerpo.
—Gracias, Cécile. Pásamelo ahora —descolgó el teléfono, presionó el botón correspondiente y respiró hondo—. ¿Hola?
—Vanessa—su voz sonó firme y enérgica.
—Zac —se maravilló de lo tranquila que parecía estar: la procesión iba por dentro. La traicionera llama del deseo que se había encendido al momento de encontrarse con él aún no se había apagado, y eso la asustaba. ¿Qué es lo que quería? Vanessa giró sobre su silla sin prestar atención a la vista de París que se podía contemplar desde su ventana, en un tercer piso.
— ¿Qué puedo hacer por ti, Zac? Estoy segura de que ésta no es una llamada social.
No era normal que el más poderoso magnate naviero del mundo llamara a su pequeña firma anglo-francesa de relaciones públicas.
El ligero acento de su voz acarició el oído de Vanessa.
—Fue toda una sorpresa verte la otra noche. ¿Cuánto tiempo ha pasado, seis años?
—Siete —su respuesta fue demasiado rápida y precipitada. Agarró el teléfono con más fuerza, confiando que él no lo hubiera notado. Lo que dijo a continuación pareció tranquilizarla.
—Sentí mucho lo de tus padres.
Ella estaba cada vez más perpleja. El padre de Vanessa lo había expulsado de su casa, la madre lo había abofeteado y él le había dicho que no quería volver a verla nunca más. Como si le hubiera leído el pensamiento, Zac añadió:
—A pesar de lo sucedido en el pasado, Vanessa, sentí mucho sus muertes.
El impacto que le produjo a Vanessa oír su voz estaba remitiendo.
—Bueno… gracias. ¿Qué… qué puedo hacer por ti, Zac? —repitió ella.
Durante un largo momento, se quedó callado. Ella estaba a punto de volver a repetir la pregunta cuando él, con una tranquilidad impresionante, respondió:
—Quiero que cenes conmigo esta noche.
Vanessa apartó un segundo el teléfono del oído y lo miró, asombrada. Estaba segura de que Zac quería algo. No era lógico que alguien como él quisiera cenar con ella. Era una persona que viajaba por todo el mundo en su jet privado, firmando contratos de miles de millones de dólares, que se reunía con jefes de estado y salía con lo que parecía una lista interminable de modelos y actrices, como Isabelle Zolanz. Estaba claro que alguien así no saldría a cenar con nadie a quien despreciara, especialmente si ese alguien había arruinado su oportunidad para tener un matrimonio feliz, e incluso, según contaban algunos, la posibilidad de una importante fusión empresarial con la compañía naviera de la familia de la novia, aunque ese detalle no podía confirmarlo. Cuando sucedió todo, Vanessa había intentado mantenerse alejada de lo que la prensa decía sobre el escándalo, y en Inglaterra, al menos, el tema no había estado tan presente en las noticias.
—No sé por qué, pero en realidad creo que no quieres, Zac.
—En absoluto, Vanessa, sí que quiero. Me gustaría charlar contigo, ponernos al día después de todo este tiempo —repuso él, con extremada facilidad, como si hubiera anticipado la respuesta de Vanessa.
Ella se sintió algo mareada. Aquello tenía que ser una broma de mal gusto. Estaba jugando con ella.
—Zac, no quiero salir a cenar. En su momento dijiste que no querías volverme a ver.
—Bueno, he cambiado de parecer.
— ¿Por qué? —le preguntó en un tono casi suplicante.
—Digamos que me debes al menos esto, ¿no crees?
Vanessa cerró los ojos. ¿Qué podía decir? Desesperada, pensó en cualquier excusa, pero como si él estuviera leyéndole el pensamiento, su envolvente voz se dejó oír al otro lado del hilo telefónico:
—Tuve una agradable conversación con tu ayudante. Fue de gran ayuda al informarme lo despejada que tenías la agenda esta noche.
Vanessa maldijo en silencio a Cécile. Ya no podía contener esa parte de sí misma que se moría de curiosidad, que quería aceptar la invitación.
No tenía ningún pretexto para rehusarla, y seguir luchando era invitarle a continuar una conversación que podría llevarlos donde ella no quería ir.
—Parece que no tengo elección —dijo con desgana—. Termino de trabajar hacia las seis de la tarde. ¿Cuándo te vendría bien?
—He reservado una mesa a las ocho en el Hotel Crillon, en la Plaza de la Concordia. ¿Te recojo… o envío a mi chófer?
Vanessa pensó en su pequeño piso en el barrio de Marais y se apresuró a responder:
—No, no hay necesidad. Nos encontramos allí.
—Como quieras. A las ocho, entonces. Te esperaré en el bar.
—Zac Efron… —ni siquiera era consciente de que había pronunciado aquel nombre en voz alta. Era como si tuviera que decirlo para saber si lo que estaba viendo era real o sólo un producto de su imaginación. Pero estaba claro que no demasiado real.
— ¿Nos conocemos? —se detuvo y, sorprendido, se giró del todo.
« ¡Es ella! La mujer que he visto antes en la sala», pensó. Pero él la conocía.
La observó con detenimiento. Vanessa hizo un esfuerzo por intentar marcharse.
—Lo siento —se dio media vuelta y, justo cuando creía que podía respirar tranquila después de haberse alejado unos pasos, sintió una fuerte presión en el brazo, y oyó una voz profunda, llena de asombrada incredulidad:
— ¿Vanessa Hudgens?
Ella cerró los ojos. Lo peor acababa de suceder. En ese momento deseó poder seguir caminando y alejarse de allí. La terrible humillación que había sufrido en el pasado perduraba de tal manera en su recuerdo que tuvo que abrir los ojos de nuevo para detener la catarata de imágenes que inundaban su mente. Sin otra opción, finalmente se giró hacia donde él estaba y lo miró.
—Sí —contestó, sin poder descifrar aquel rostro masculino.
Él desvió su mirada de la de ella para observarla nuevamente al detalle.
—Vaya, vaya, vaya. La pequeña Vanessa Hudgens. Cómo ha crecido —hablaba casi para sí—. Tus ojos te delatan; son de un color peculiar, azul y verde. Aunque sólo por eso no creo que te hubiera reconocido. Debes de haberte retocado algo. Si no recuerdo mal, siempre te mostrabas insegura… pero desde luego ha merecido la pena.
Sólo cuando sus ojos se posaron insolentes sobre sus pechos, Vanessa resopló, indignada, aunque, por otro lado, se sintió aliviada, ya que gracias a eso pudo salir del estado de shock en que se encontraba. Finalmente se las arregló para librase de la mano que le agarraba el brazo.
— ¿Cómo te atreves? Claro que no me he retocado nada. Lamento haberme topado contigo, créeme, y estoy segura de que tú también estarás encantado de que me vaya.
—¿Y no sientes haber arruinado mi compromiso hace años… o haber arrastrado mi nombre por toda la prensa amarilla… o haberme humillado públicamente y haber conseguido que me arrojaran de tu casa como si fuera un vulgar ladrón?
Era demasiado esperar que pudiera haberlo olvidado. Sus mejillas se tiñeron de rubor.
Contra su voluntad, Zac tuvo que contener la respiración. Era una mujer magnífica… ¿y cómo lo había transportado de vuelta con tanta facilidad y rapidez a un tiempo que él creía olvidado para siempre?
Zac se sintió impresionado al estar cara a cara con la mujer que le había seducido hacía un instante en aquel mismo salón, por la fuerza que desprendía su belleza vista de cerca y, ahora, por el impacto de saber que ella era Vanessa Hudgens, la chica despechada que casi destrozó su vida. Sólo que ya no era una chica, sino una mujer, una mujer muy sexy, una mujer que le estaba haciendo hervir la sangre de deseo. Era una reacción química instantánea.
Vanessa había abierto la boca en ademán de hablar cuando de pronto apareció una rubia al lado de Zac que le tomó del brazo en evidente indicación de propiedad. ¿Y quién podía culparla? Incluso sin haberlo observado con detenimiento, no había ninguna duda de que era de lejos el hombre más apuesto de cuantos se encontraban allí. Un perfecto y poderoso espécimen de masculinidad, que irradiaba energía sexual por todos los poros de su piel.
Había sido un joven formidable, pero ahora era sencillamente irresistible. Los años habían dado fuerza a su figura, añadiendo madurez a sus facciones, que ahora eran más duras pero no menos atractivas. Poseía un encanto, un carisma sexual que sólo puede dar la edad, la seguridad y la experiencia. Sin embargo, su cabello aún conservaba los rizos que tenía cuando era más joven, lo que tuvo un efecto inquietante en Vanessa. La voz de la otra mujer la devolvió a la realidad.
—Cariño, ¿no vas a presentarnos?
Zac no podía dejar de observar a Vanessa. Una vez más había sido hipnotizado, hasta el punto de ignorar todo lo demás. Él también podía ver que Vanessa estaba confusa, como si los dos hubieran olvidado que se encontraban en un lugar público, rodeados de gente. Pero tenía que atender a Isabelle. Vanessa, no obstante, se adelantó antes de que él pudiera decir nada, dirigiéndose en exclusiva a Isabelle.
—Por favor, discúlpeme. Estoy buscando a una persona y tengo que encontrarla antes de que se vaya. Fue… un placer volver a verte, Zac —dicho lo cual se marchó y se perdió entre la gente.
No le fue nada fácil resistirse al deseo de ir tras ella. El agudo y punzante sentimiento de hastío que Zac había sentido antes ya había desaparecido, como si le hubieran insuflado la energía vital y el deseo que le faltaba. La clase de deseo que no había sentido en mucho, mucho tiempo, el deseo elemental de realizarse por completo. No podía creer que ella hubiese irrumpido de aquella manera en su vida, como una jugosa y suculenta fruta.
No había pensado en ella desde hacía años, y sólo de forma efímera se le había pasado por la cabeza tras retomar la relación con su tío recientemente. De hecho, después de la entrevista con Alexei, se alegró al creer que había superado todo aquello… hasta ahora.
«Vanessa Hudgens». No podía dejar de repetir aquel nombre en su cabeza. ¿Cómo imaginar que sería ella quien avivase las moribundas brasas de su deseo? ¿Cómo imaginar que tendría la oportunidad de hacer algo para vengarse de aquel acto mezquino y despreciable que protagonizó hacía siete años? Un acto cuyas consecuencias fueron más vastas de lo previsible y por el cual nunca tuvo que rendir cuentas a nadie. Curiosamente, y a pesar del tiempo transcurrido, le invadió un renovado sentimiento de rencor e ira.
Esa rabia inicial enseguida se transformó en energía. No podía haber sido más oportuno aquel encuentro con Vanessa. Era el revulsivo que necesitaba. Tenía claro que, de existir algo como el karma, tenía que parecerse a aquello. Estaba dispuesto a no dejar pasar la oportunidad.
Dos días después, Vanessa observó la luz parpadeante del interfono que indicaba el aviso de su secretaria personal.
—Vanessa, Zac Efron está en la línea uno.
Le dio un brinco el corazón. De algún modo, había tratado de convencerse durante las cuarenta y ocho horas anteriores de que en realidad no lo había visto; de que había sido una especie de mal sueño. Intentó decir algo, pero fue incapaz. Haciendo un gran esfuerzo, consiguió liberarse de la inercia que la paralizaba y recuperar el control de su cuerpo.
—Gracias, Cécile. Pásamelo ahora —descolgó el teléfono, presionó el botón correspondiente y respiró hondo—. ¿Hola?
—Vanessa—su voz sonó firme y enérgica.
—Zac —se maravilló de lo tranquila que parecía estar: la procesión iba por dentro. La traicionera llama del deseo que se había encendido al momento de encontrarse con él aún no se había apagado, y eso la asustaba. ¿Qué es lo que quería? Vanessa giró sobre su silla sin prestar atención a la vista de París que se podía contemplar desde su ventana, en un tercer piso.
— ¿Qué puedo hacer por ti, Zac? Estoy segura de que ésta no es una llamada social.
No era normal que el más poderoso magnate naviero del mundo llamara a su pequeña firma anglo-francesa de relaciones públicas.
El ligero acento de su voz acarició el oído de Vanessa.
—Fue toda una sorpresa verte la otra noche. ¿Cuánto tiempo ha pasado, seis años?
—Siete —su respuesta fue demasiado rápida y precipitada. Agarró el teléfono con más fuerza, confiando que él no lo hubiera notado. Lo que dijo a continuación pareció tranquilizarla.
—Sentí mucho lo de tus padres.
Ella estaba cada vez más perpleja. El padre de Vanessa lo había expulsado de su casa, la madre lo había abofeteado y él le había dicho que no quería volver a verla nunca más. Como si le hubiera leído el pensamiento, Zac añadió:
—A pesar de lo sucedido en el pasado, Vanessa, sentí mucho sus muertes.
El impacto que le produjo a Vanessa oír su voz estaba remitiendo.
—Bueno… gracias. ¿Qué… qué puedo hacer por ti, Zac? —repitió ella.
Durante un largo momento, se quedó callado. Ella estaba a punto de volver a repetir la pregunta cuando él, con una tranquilidad impresionante, respondió:
—Quiero que cenes conmigo esta noche.
Vanessa apartó un segundo el teléfono del oído y lo miró, asombrada. Estaba segura de que Zac quería algo. No era lógico que alguien como él quisiera cenar con ella. Era una persona que viajaba por todo el mundo en su jet privado, firmando contratos de miles de millones de dólares, que se reunía con jefes de estado y salía con lo que parecía una lista interminable de modelos y actrices, como Isabelle Zolanz. Estaba claro que alguien así no saldría a cenar con nadie a quien despreciara, especialmente si ese alguien había arruinado su oportunidad para tener un matrimonio feliz, e incluso, según contaban algunos, la posibilidad de una importante fusión empresarial con la compañía naviera de la familia de la novia, aunque ese detalle no podía confirmarlo. Cuando sucedió todo, Vanessa había intentado mantenerse alejada de lo que la prensa decía sobre el escándalo, y en Inglaterra, al menos, el tema no había estado tan presente en las noticias.
—No sé por qué, pero en realidad creo que no quieres, Zac.
—En absoluto, Vanessa, sí que quiero. Me gustaría charlar contigo, ponernos al día después de todo este tiempo —repuso él, con extremada facilidad, como si hubiera anticipado la respuesta de Vanessa.
Ella se sintió algo mareada. Aquello tenía que ser una broma de mal gusto. Estaba jugando con ella.
—Zac, no quiero salir a cenar. En su momento dijiste que no querías volverme a ver.
—Bueno, he cambiado de parecer.
— ¿Por qué? —le preguntó en un tono casi suplicante.
—Digamos que me debes al menos esto, ¿no crees?
Vanessa cerró los ojos. ¿Qué podía decir? Desesperada, pensó en cualquier excusa, pero como si él estuviera leyéndole el pensamiento, su envolvente voz se dejó oír al otro lado del hilo telefónico:
—Tuve una agradable conversación con tu ayudante. Fue de gran ayuda al informarme lo despejada que tenías la agenda esta noche.
Vanessa maldijo en silencio a Cécile. Ya no podía contener esa parte de sí misma que se moría de curiosidad, que quería aceptar la invitación.
No tenía ningún pretexto para rehusarla, y seguir luchando era invitarle a continuar una conversación que podría llevarlos donde ella no quería ir.
—Parece que no tengo elección —dijo con desgana—. Termino de trabajar hacia las seis de la tarde. ¿Cuándo te vendría bien?
—He reservado una mesa a las ocho en el Hotel Crillon, en la Plaza de la Concordia. ¿Te recojo… o envío a mi chófer?
Vanessa pensó en su pequeño piso en el barrio de Marais y se apresuró a responder:
—No, no hay necesidad. Nos encontramos allí.
—Como quieras. A las ocho, entonces. Te esperaré en el bar.
sábado, 1 de enero de 2011
cap 1
El hotel Ritz, París, siete años después
Zac Efron estaba aburrido. Era como si una nube negra hubiese surgido de su propio interior cubriéndolo todo. No parecía darse cuenta de la opulencia que lo rodeaba. Era uno de los hombres más ricos del mundo y estaba hospedado en uno de los hoteles más lujosos. No prestaba atención a lo que se decía sobre él, y los halagos y las exageraciones le dejaban indiferente. De hecho, estaba acostumbrado a ellos desde hacía años, pero nunca les hizo demasiado caso, ya que nunca necesitó de la aprobación de los demás.
¡Es tan apuesto… tan joven! El magnate naviero más exitoso desde Onassis… Es aún más rico… El soltero más deseado…
Los constantes murmullos que le seguían a todas partes sólo aumentaban su tedio. Había alcanzado la cumbre del éxito; un lugar deseado por muchos, pero reservado sólo a unos pocos. Y lo había logrado con esfuerzo y trabajo, lo que aún era más satisfactorio. ¿Pero eso era todo? ¿Cómo podía sentirse así cuando tenía todo por lo que había luchado, cuando una palabra o una orden suya podían influir en el rumbo de la economía mundial? Y si eso no era lo que quería, entonces, ¿qué diablos era? De pronto le llegaron los ecos de un recuerdo lejano, de un viejo sueño desvanecido.
Entonces sintió cómo alguien le tocaba el brazo. No se trataba precisamente de un contacto suave, sino posesivo; de un contacto que le sacó de sus pensamientos para devolverle a la sala, a la mujer que tenía a su lado. Estaba considerada como una de las mujeres más atractivas del mundo y era la última en una larga lista de mujeres del mismo estilo que habían pasado por su brazo y por su cama.
—Cariño.
Estaba irritado, pero desgraciadamente las normas de la buena educación le impedían ignorarla. Se volvió hacia ella y le dirigió una sonrisa forzada al tiempo que se fijaba en el rubio platino de su pelo, que de repente le pareció demasiado chillón, en la cara excesivamente maquillada, en los destellos de avaricia que desprendían sus ojos. Al darse cuenta de que ya no la encontraba atractiva, en ese mismo momento tomó una decisión.
Isabelle Zolanz aún no lo sabía, pero estaba a punto de salir de su vida. Sintió cierto alivio por primera vez en varias semanas. La emoción de saber que sería libre de nuevo le ayudó a paliar aquel terrible aburrimiento. No deseaba pasar ni un minuto más con ella. De hecho, en ese mismo instante decidió llevarla a su casa para romper con ella.
Justo cuando estaba a punto de hablar, algo le llamó la atención. La sala estaba abarrotada, y en el pasillo, al otro lado de la misma, se encontraba una mujer. Era obvio que acababa de llegar. Estaba de puntillas, con el cuello estirado en busca de alguien. Durante un instante, cesó todo ruido en la sala. Él no podía apartar sus ojos de aquella mujer; se le puso la piel de gallina. El bullicio volvió enseguida.
Ella era extraordinariamente cautivadora, pero lo era de un modo que no podía explicar. Desde luego, no se trataba de una supermodelo, pero tenía algo que despertaba su interés. Era sólo de estatura mediana, pero bien proporcionada. Tenía una buena figura, quizás demasiado voluptuosa para su gusto, pero sentía hacia ella una atracción primitiva. El sencillo vestido negro con escote en uve atrajo su mirada a la cintura y a las curvas de sus pechos. Sobre el escote, una piedra preciosa pendiente de un colgante desprendía destellos al roce de la luz.
Zac se vio sorprendido por un irresistible deseo de dirigirse hacia ella, tomarla de la mano y conducirla fuera de allí para comprobar si aquella piel era tan suave y sedosa como prometía. El impulso era tan intenso, que notó cómo los pies se le movían en dirección a esa mujer. Quería tocar el lugar donde descansaba la joya. Y tuvo que admitir, contra su voluntad, pues no se consideraba una persona posesiva, que quería apartarla de los otros hombres que también se habían dado cuenta de su llegada. Ella era como un soplo de aire fresco en una habitación cerrada.
Su piel era muy blanca. El rostro, de facciones marcadas, tenía unos pómulos bien definidos y unos ojos almendrados ligeramente separados. Quería acercase para verlos de cerca y averiguar su color. El pelo, con mechas de color miel, caía suavemente ondulado sobre sus hombros, y el flequillo, peinado hacia un lado, unas veces escondía y otras dejaba al descubierto los enigmáticos destellos de sus ojos.
El la siguió con la mirada mientras ella caminaba con un ligero y femenino contoneo de caderas. La curva interior de su espalda y aquellos bien torneados glúteos provocaron en Zac una súbita excitación que sus pantalones apenas podían disimular.
Estaba aún absorto en la contemplación de esa mujer cuando, al notar que alguien le tiraba del brazo, casi se sacudió de encima la mano responsable. Y sólo entonces recordó dónde estaba y con quién. Se sintió aturdido. Durante unos segundos en los que se había olvidado de todo, se había quedado como en trance. Había algo en aquella mujer, algo que era incapaz de precisar. De alguna manera le resultaba familiar, como si la conociera o la hubiera visto antes en otro lugar…
Haciendo un gran esfuerzo, apartó de ella su mirada y se fijó de nuevo en Isabelle. En su rostro se dibujó una suave sonrisa mientras recordaba cómo hacía sólo unos instantes había querido marcharse. Después de aquello, ahora la belleza de Isabelle era incluso más discordante.
—Perdóname —murmuró él—. Mañana tengo una reunión importante a primera hora. ¿Te importaría que nos fuéramos?
—En absoluto, cariño. Voy al guardarropa a recoger el abrigo —ella sonrió y apretó su brazo, creyendo desacertadamente que él deseaba quedarse a solas.
Zac no sintió ningún remordimiento por lo que estaba a punto de hacer. Una mujer como Isabelle Zolanz estaba acostumbrada a hombres como él. Él, por su parte, disfrutaba de la emoción de la conquista, pero últimamente, para ser francos, perdía el interés enseguida.
De forma inconsciente buscó a la otra mujer, pero ya había desaparecido. Hizo una ligera mueca. Después de todo, probablemente era lo mejor. Por muy hermosa
que fuera una mujer, y aquélla tampoco era tan bella, sabía demasiado bien que construir castillos en el aire siempre terminaba en decepción. Eran todas iguales. En los ambientes en que se movía, no encontraba otro tipo de mujer. Sexo y dinero, eso era todo. Claro que él se manejaba en ese entorno a la perfección, tanto en la cama como fuera de ella.
Sin embargo, le surgió una duda: ¿estaba listo para ser libre de nuevo? Tener una amante le proporcionaba cierta protección, un respiro de los cansinos intentos de otras mujeres para llamar su atención. Entonces frunció el ceño. En realidad necesitaba a una mujer a su lado… pero también necesitaba algo más.
Vanessa se abrió paso entre la multitud. Estiró el cuello, buscando a su tío. Cuando finalmente lo localizó, se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Lo siento, Alexei, me entretuve con el trabajo.
—No importa, cielo. Deja que te invite a tomar algo.
A Vanessa le pareció que su tío estaba algo nervioso. Hablaba de forma acelerada y evitaba su mirada.
—Alexei…
De pronto, él la empujó detrás de una planta e intentó ocultarla con su cuerpo.
— ¿Alexei…? —susurró Vanessa. Sabía que su tío era un tanto dado al teatro, pero aquello era ridículo. Estaba actuando como si estuvieran en una mala película de espías—. ¿Qué diablos te sucede? —ella dibujó una amplia sonrisa y le susurró al oído—: ¿Nos estamos escondiendo de tu amante?
Él se volvió.
—Vanessa Hudgens, tú sabes que yo nunca me fijaría en otra mujer.
—Estoy bromeando —le puso la mano en el hombro en un gesto tranquilizador—, pero estás actuando de forma muy extraña. ¿Crees que puedo dejar de ocultarme detrás de esta planta?
Él se puso pálido. Vanessa no pudo disimular un gesto de preocupación.
— ¿Qué ocurre? Me estás asustando.
—Vanessa —la miró de nuevo y se aflojó la corbata—. Alguien está aquí… alguien que no has visto en mucho tiempo… alguien…
— ¿Quién? —preguntó ella, algo irritada.
Su tío evitó responder la pregunta.
—Intenté llamarte al teléfono móvil hace un instante, pero no conseguí comunicar, y luego me entretuvieron y no pude impedir que entraras antes de…
Ella intentó ser razonable y paciente.
— ¿Antes de qué? Alexei, ¿por qué no querías que entrase? —vio cómo su tío tragaba saliva.
—Porque… bueno, porque… Zac Efron está aquí.
«Zac Efron», repitió ella para sí.
El ruido de la sala se convirtió en un zumbido en los oídos de Vanessa. Apenas era consciente de cuanto la rodeaba. Notó cómo se le paralizaban los brazos y las piernas. Se le habría caído el vaso de no ser porque su tío lo atrapó a tiempo.
«Zac Efron». Sólo era un nombre, se dijo a sí misma. Sólo un nombre, asociado a alguien muy famoso, muy rico, muy atractivo y muy influyente. Alguien que pertenecía a un mundo completamente distinto al suyo. Y, no obstante, era un nombre imposible de olvidar; el nombre de alguien que una vez había formado parte de su vida, casi como un miembro más de su familia. Nunca se hubiera imaginado que tendría que encontrarse de nuevo con aquel hombre. Y ahora él estaba allí, en algún lugar, tal vez a tan sólo unos pasos. Se sintió atenazada por el pánico. Su tío, que la tenía sujeta por las manos, la estaba mirando. Ella, completamente pálida, hizo un esfuerzo por regresar a la realidad.
—Vanessa, cariño, lo siento mucho. La cosa es que no puedes estar aquí. Si él te ve…
Ella asintió, despacio, sin ni siquiera estar segura de por qué lo hacía, fijándose únicamente en las palabras: «si él te ve». No quería imaginarse ni por un instante cómo podría ser su reacción, ni qué aspecto tendría ahora, visto en persona.
Se sentía consternada por no sentir, simplemente, una curiosidad razonable, por darle excesiva importancia al hecho de coincidir en el mismo lugar con él y por preocuparse tanto de si se encontrarían cara a cara. Estaba sorprendida y asustada por la intensidad de su propia reacción, por la emoción a flor de piel después de todo el tiempo transcurrido. Nunca se había imaginado que todo aquello siguiera aún latente.
«Sólo fue un beso, por el amor de Dios», pensó, poco más que un beso. Sin embargo, había conducido a mucho más. Vanessa se enojó consigo misma por no haberlo superado, pero entonces recordó con un repentino malestar que sin su estúpida intervención Zac nunca habría roto su compromiso con la mujer que amaba. ¿Cómo podría él haber olvidado que ella había sido la responsable del fracaso del llamado matrimonio de la década?
Su tío estaba cada vez más inquieto.
—Vanessa, no te había querido decir nada hasta ahora porque temía que te fuera a disgustar. He vuelto a hacer negocios con él, aunque sólo después de que tus padres murieran, claro está. Ya sé que tu padre no lo habría aprobado, pero tenía que hacerlo. No tenía a nadie a quien recurrir, y cuando me concedió una cita… —soltó una breve carcajada nerviosa—. ¡A mí! Una cita. Parece que está dispuesto a olvidar el pasado, conmigo al menos. Ahora bien, de haberse tratado de tu padre, habría sido muy diferente… —se dio cuenta de que empezaba a tartamudear, y sujetó con más fuerza las manos de Vanessa—. Pero si te viera…
Su tío se refería, claro está, al escándalo que sacudió Grecia durante semanas. La prensa se había cebado en la historia de Zac Efron, aprovechándose de la joven hija del amigo de la familia. Justo cuando él estaba a punto de comprometerse con Pia Kyriapolous. Y aunque Vanessa había hecho todo lo que estaba en su mano por defenderlo, nadie la había escuchado. Era demasiado golosa la tentación de representarlo como un villano y a ella como una pobre víctima inocente. Más inútil aún había sido el intento de Vanessa por demostrar su propia inocencia en relación a la foto y a la historia que contaba la prensa. Sólo recientemente ella había descubierto quién había sido el verdadero culpable de todo. Por supuesto, la polémica se había evaporado hacía mucho. Además, desde la muerte de su abuela al verano siguiente, Vanessa sólo había regresado a Grecia en un par de ocasiones, y nunca se había vuelto a topar con Zac.
El exagerado miedo de su tío la trajo de vuelta a la realidad. Sin duda, estaba preocupado de que todo su negocio se fuera a pique si Zac Efron la veía y decidía vengarse.
—Alexei, de veras, no me importa qué tengas con él. Mira, yo me voy. Créeme, tengo tan pocas ganas de verlo como él debe de tenerlas de verme a mí. «Mentirosa. Te encantaría ver cómo ha cambiado después de todo este tiempo», pensó. El pulso se le aceleró con sólo pensarlo. Estaba a punto de abrirse la caja de Pandora, y Vanessa no podía hacer nada para impedirlo. Tenía que salir de allí lo antes posible, así que dio un beso a su tío en la mejilla y se despidió.
—Te llamaré mañana, así podremos hablar con más tranquilidad.
Él asintió con alivio, y Vanessa salió deprisa, con la cabeza gacha, sin mirar a izquierda o derecha, atenta sólo a abrirse paso entre la gente.
Casi en la puerta, tuvo que evitar a una camarera que llevaba una bandeja llena, y se chocó con la espalda de alguien. Ambos se giraron, y Vanessa reconoció con espanto a un hombre muy alto y fuerte, con el cabello negro y rizado a la altura del cuello. Se le puso la piel de gallina y se preguntó cómo no había sido capaz de presentir el peligro. Al contrario, parecía que alguna fuerza maligna la había empujado directamente hacia la boca del lobo. Estaba paralizada.
Zac Efron estaba aburrido. Era como si una nube negra hubiese surgido de su propio interior cubriéndolo todo. No parecía darse cuenta de la opulencia que lo rodeaba. Era uno de los hombres más ricos del mundo y estaba hospedado en uno de los hoteles más lujosos. No prestaba atención a lo que se decía sobre él, y los halagos y las exageraciones le dejaban indiferente. De hecho, estaba acostumbrado a ellos desde hacía años, pero nunca les hizo demasiado caso, ya que nunca necesitó de la aprobación de los demás.
¡Es tan apuesto… tan joven! El magnate naviero más exitoso desde Onassis… Es aún más rico… El soltero más deseado…
Los constantes murmullos que le seguían a todas partes sólo aumentaban su tedio. Había alcanzado la cumbre del éxito; un lugar deseado por muchos, pero reservado sólo a unos pocos. Y lo había logrado con esfuerzo y trabajo, lo que aún era más satisfactorio. ¿Pero eso era todo? ¿Cómo podía sentirse así cuando tenía todo por lo que había luchado, cuando una palabra o una orden suya podían influir en el rumbo de la economía mundial? Y si eso no era lo que quería, entonces, ¿qué diablos era? De pronto le llegaron los ecos de un recuerdo lejano, de un viejo sueño desvanecido.
Entonces sintió cómo alguien le tocaba el brazo. No se trataba precisamente de un contacto suave, sino posesivo; de un contacto que le sacó de sus pensamientos para devolverle a la sala, a la mujer que tenía a su lado. Estaba considerada como una de las mujeres más atractivas del mundo y era la última en una larga lista de mujeres del mismo estilo que habían pasado por su brazo y por su cama.
—Cariño.
Estaba irritado, pero desgraciadamente las normas de la buena educación le impedían ignorarla. Se volvió hacia ella y le dirigió una sonrisa forzada al tiempo que se fijaba en el rubio platino de su pelo, que de repente le pareció demasiado chillón, en la cara excesivamente maquillada, en los destellos de avaricia que desprendían sus ojos. Al darse cuenta de que ya no la encontraba atractiva, en ese mismo momento tomó una decisión.
Isabelle Zolanz aún no lo sabía, pero estaba a punto de salir de su vida. Sintió cierto alivio por primera vez en varias semanas. La emoción de saber que sería libre de nuevo le ayudó a paliar aquel terrible aburrimiento. No deseaba pasar ni un minuto más con ella. De hecho, en ese mismo instante decidió llevarla a su casa para romper con ella.
Justo cuando estaba a punto de hablar, algo le llamó la atención. La sala estaba abarrotada, y en el pasillo, al otro lado de la misma, se encontraba una mujer. Era obvio que acababa de llegar. Estaba de puntillas, con el cuello estirado en busca de alguien. Durante un instante, cesó todo ruido en la sala. Él no podía apartar sus ojos de aquella mujer; se le puso la piel de gallina. El bullicio volvió enseguida.
Ella era extraordinariamente cautivadora, pero lo era de un modo que no podía explicar. Desde luego, no se trataba de una supermodelo, pero tenía algo que despertaba su interés. Era sólo de estatura mediana, pero bien proporcionada. Tenía una buena figura, quizás demasiado voluptuosa para su gusto, pero sentía hacia ella una atracción primitiva. El sencillo vestido negro con escote en uve atrajo su mirada a la cintura y a las curvas de sus pechos. Sobre el escote, una piedra preciosa pendiente de un colgante desprendía destellos al roce de la luz.
Zac se vio sorprendido por un irresistible deseo de dirigirse hacia ella, tomarla de la mano y conducirla fuera de allí para comprobar si aquella piel era tan suave y sedosa como prometía. El impulso era tan intenso, que notó cómo los pies se le movían en dirección a esa mujer. Quería tocar el lugar donde descansaba la joya. Y tuvo que admitir, contra su voluntad, pues no se consideraba una persona posesiva, que quería apartarla de los otros hombres que también se habían dado cuenta de su llegada. Ella era como un soplo de aire fresco en una habitación cerrada.
Su piel era muy blanca. El rostro, de facciones marcadas, tenía unos pómulos bien definidos y unos ojos almendrados ligeramente separados. Quería acercase para verlos de cerca y averiguar su color. El pelo, con mechas de color miel, caía suavemente ondulado sobre sus hombros, y el flequillo, peinado hacia un lado, unas veces escondía y otras dejaba al descubierto los enigmáticos destellos de sus ojos.
El la siguió con la mirada mientras ella caminaba con un ligero y femenino contoneo de caderas. La curva interior de su espalda y aquellos bien torneados glúteos provocaron en Zac una súbita excitación que sus pantalones apenas podían disimular.
Estaba aún absorto en la contemplación de esa mujer cuando, al notar que alguien le tiraba del brazo, casi se sacudió de encima la mano responsable. Y sólo entonces recordó dónde estaba y con quién. Se sintió aturdido. Durante unos segundos en los que se había olvidado de todo, se había quedado como en trance. Había algo en aquella mujer, algo que era incapaz de precisar. De alguna manera le resultaba familiar, como si la conociera o la hubiera visto antes en otro lugar…
Haciendo un gran esfuerzo, apartó de ella su mirada y se fijó de nuevo en Isabelle. En su rostro se dibujó una suave sonrisa mientras recordaba cómo hacía sólo unos instantes había querido marcharse. Después de aquello, ahora la belleza de Isabelle era incluso más discordante.
—Perdóname —murmuró él—. Mañana tengo una reunión importante a primera hora. ¿Te importaría que nos fuéramos?
—En absoluto, cariño. Voy al guardarropa a recoger el abrigo —ella sonrió y apretó su brazo, creyendo desacertadamente que él deseaba quedarse a solas.
Zac no sintió ningún remordimiento por lo que estaba a punto de hacer. Una mujer como Isabelle Zolanz estaba acostumbrada a hombres como él. Él, por su parte, disfrutaba de la emoción de la conquista, pero últimamente, para ser francos, perdía el interés enseguida.
De forma inconsciente buscó a la otra mujer, pero ya había desaparecido. Hizo una ligera mueca. Después de todo, probablemente era lo mejor. Por muy hermosa
que fuera una mujer, y aquélla tampoco era tan bella, sabía demasiado bien que construir castillos en el aire siempre terminaba en decepción. Eran todas iguales. En los ambientes en que se movía, no encontraba otro tipo de mujer. Sexo y dinero, eso era todo. Claro que él se manejaba en ese entorno a la perfección, tanto en la cama como fuera de ella.
Sin embargo, le surgió una duda: ¿estaba listo para ser libre de nuevo? Tener una amante le proporcionaba cierta protección, un respiro de los cansinos intentos de otras mujeres para llamar su atención. Entonces frunció el ceño. En realidad necesitaba a una mujer a su lado… pero también necesitaba algo más.
Vanessa se abrió paso entre la multitud. Estiró el cuello, buscando a su tío. Cuando finalmente lo localizó, se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Lo siento, Alexei, me entretuve con el trabajo.
—No importa, cielo. Deja que te invite a tomar algo.
A Vanessa le pareció que su tío estaba algo nervioso. Hablaba de forma acelerada y evitaba su mirada.
—Alexei…
De pronto, él la empujó detrás de una planta e intentó ocultarla con su cuerpo.
— ¿Alexei…? —susurró Vanessa. Sabía que su tío era un tanto dado al teatro, pero aquello era ridículo. Estaba actuando como si estuvieran en una mala película de espías—. ¿Qué diablos te sucede? —ella dibujó una amplia sonrisa y le susurró al oído—: ¿Nos estamos escondiendo de tu amante?
Él se volvió.
—Vanessa Hudgens, tú sabes que yo nunca me fijaría en otra mujer.
—Estoy bromeando —le puso la mano en el hombro en un gesto tranquilizador—, pero estás actuando de forma muy extraña. ¿Crees que puedo dejar de ocultarme detrás de esta planta?
Él se puso pálido. Vanessa no pudo disimular un gesto de preocupación.
— ¿Qué ocurre? Me estás asustando.
—Vanessa —la miró de nuevo y se aflojó la corbata—. Alguien está aquí… alguien que no has visto en mucho tiempo… alguien…
— ¿Quién? —preguntó ella, algo irritada.
Su tío evitó responder la pregunta.
—Intenté llamarte al teléfono móvil hace un instante, pero no conseguí comunicar, y luego me entretuvieron y no pude impedir que entraras antes de…
Ella intentó ser razonable y paciente.
— ¿Antes de qué? Alexei, ¿por qué no querías que entrase? —vio cómo su tío tragaba saliva.
—Porque… bueno, porque… Zac Efron está aquí.
«Zac Efron», repitió ella para sí.
El ruido de la sala se convirtió en un zumbido en los oídos de Vanessa. Apenas era consciente de cuanto la rodeaba. Notó cómo se le paralizaban los brazos y las piernas. Se le habría caído el vaso de no ser porque su tío lo atrapó a tiempo.
«Zac Efron». Sólo era un nombre, se dijo a sí misma. Sólo un nombre, asociado a alguien muy famoso, muy rico, muy atractivo y muy influyente. Alguien que pertenecía a un mundo completamente distinto al suyo. Y, no obstante, era un nombre imposible de olvidar; el nombre de alguien que una vez había formado parte de su vida, casi como un miembro más de su familia. Nunca se hubiera imaginado que tendría que encontrarse de nuevo con aquel hombre. Y ahora él estaba allí, en algún lugar, tal vez a tan sólo unos pasos. Se sintió atenazada por el pánico. Su tío, que la tenía sujeta por las manos, la estaba mirando. Ella, completamente pálida, hizo un esfuerzo por regresar a la realidad.
—Vanessa, cariño, lo siento mucho. La cosa es que no puedes estar aquí. Si él te ve…
Ella asintió, despacio, sin ni siquiera estar segura de por qué lo hacía, fijándose únicamente en las palabras: «si él te ve». No quería imaginarse ni por un instante cómo podría ser su reacción, ni qué aspecto tendría ahora, visto en persona.
Se sentía consternada por no sentir, simplemente, una curiosidad razonable, por darle excesiva importancia al hecho de coincidir en el mismo lugar con él y por preocuparse tanto de si se encontrarían cara a cara. Estaba sorprendida y asustada por la intensidad de su propia reacción, por la emoción a flor de piel después de todo el tiempo transcurrido. Nunca se había imaginado que todo aquello siguiera aún latente.
«Sólo fue un beso, por el amor de Dios», pensó, poco más que un beso. Sin embargo, había conducido a mucho más. Vanessa se enojó consigo misma por no haberlo superado, pero entonces recordó con un repentino malestar que sin su estúpida intervención Zac nunca habría roto su compromiso con la mujer que amaba. ¿Cómo podría él haber olvidado que ella había sido la responsable del fracaso del llamado matrimonio de la década?
Su tío estaba cada vez más inquieto.
—Vanessa, no te había querido decir nada hasta ahora porque temía que te fuera a disgustar. He vuelto a hacer negocios con él, aunque sólo después de que tus padres murieran, claro está. Ya sé que tu padre no lo habría aprobado, pero tenía que hacerlo. No tenía a nadie a quien recurrir, y cuando me concedió una cita… —soltó una breve carcajada nerviosa—. ¡A mí! Una cita. Parece que está dispuesto a olvidar el pasado, conmigo al menos. Ahora bien, de haberse tratado de tu padre, habría sido muy diferente… —se dio cuenta de que empezaba a tartamudear, y sujetó con más fuerza las manos de Vanessa—. Pero si te viera…
Su tío se refería, claro está, al escándalo que sacudió Grecia durante semanas. La prensa se había cebado en la historia de Zac Efron, aprovechándose de la joven hija del amigo de la familia. Justo cuando él estaba a punto de comprometerse con Pia Kyriapolous. Y aunque Vanessa había hecho todo lo que estaba en su mano por defenderlo, nadie la había escuchado. Era demasiado golosa la tentación de representarlo como un villano y a ella como una pobre víctima inocente. Más inútil aún había sido el intento de Vanessa por demostrar su propia inocencia en relación a la foto y a la historia que contaba la prensa. Sólo recientemente ella había descubierto quién había sido el verdadero culpable de todo. Por supuesto, la polémica se había evaporado hacía mucho. Además, desde la muerte de su abuela al verano siguiente, Vanessa sólo había regresado a Grecia en un par de ocasiones, y nunca se había vuelto a topar con Zac.
El exagerado miedo de su tío la trajo de vuelta a la realidad. Sin duda, estaba preocupado de que todo su negocio se fuera a pique si Zac Efron la veía y decidía vengarse.
—Alexei, de veras, no me importa qué tengas con él. Mira, yo me voy. Créeme, tengo tan pocas ganas de verlo como él debe de tenerlas de verme a mí. «Mentirosa. Te encantaría ver cómo ha cambiado después de todo este tiempo», pensó. El pulso se le aceleró con sólo pensarlo. Estaba a punto de abrirse la caja de Pandora, y Vanessa no podía hacer nada para impedirlo. Tenía que salir de allí lo antes posible, así que dio un beso a su tío en la mejilla y se despidió.
—Te llamaré mañana, así podremos hablar con más tranquilidad.
Él asintió con alivio, y Vanessa salió deprisa, con la cabeza gacha, sin mirar a izquierda o derecha, atenta sólo a abrirse paso entre la gente.
Casi en la puerta, tuvo que evitar a una camarera que llevaba una bandeja llena, y se chocó con la espalda de alguien. Ambos se giraron, y Vanessa reconoció con espanto a un hombre muy alto y fuerte, con el cabello negro y rizado a la altura del cuello. Se le puso la piel de gallina y se preguntó cómo no había sido capaz de presentir el peligro. Al contrario, parecía que alguna fuerza maligna la había empujado directamente hacia la boca del lobo. Estaba paralizada.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Prólogo
—Vanessa, tienes que decirle esta noche que lo amas. Si no se lo dices, nunca lo sabrá. Vuelves a casa dentro de dos días, y el próximo año estarás en la universidad o trabajando… ésta es tu última oportunidad de contarle a Zac cómo te sientes —le exhortó Eleni, la prima mayor de Vanessa.
En ese momento, en algún oscuro lugar de su mente, Vanessa se preguntó por qué Eleni se preocupaba tanto, pero se sintió mezquina y reprimió el pensamiento. ¿Acaso Eleni no había sido su confidente? ¿No la había escuchado hablar de Zac con entusiasmo durante años todas las vacaciones de verano? Eleni sólo la estaba ayudando.
—Pero, Eleni, no lo he visto desde hace mucho tiempo —respondió con la voz insegura por los nervios—. Ahora siempre está en Atenas.
«Y un tanto distante, lo que es algo nuevo en él».
—No importa —contradijo Eleni con vehemencia—. Siempre ha sentido debilidad por ti. Sigue siendo el mismo, la única diferencia es que ahora está forrado.
Vanessa tragó saliva.
«Y se ha hecho un hombre… va a reírse de mí».
—Vamos, Vanessa, no te acobardes ahora.
Ella miró a Eleni. Tenía aquella expresión de impaciencia que siempre le había asustado un poco.
Vanessa asintió nerviosa con la cabeza. El corazón le latía con tal fuerza que parecía que se le iba a salir del pecho. Allí estaba él. Por encima de la cabeza de Eleni podía ver a Zac Efron. Veinticinco años y espectacularmente guapo. Tenía el cabello levemente rizado a la altura del cuello, tal vez algo largo, y de un negro tan intenso, que casi parecía azulado bajo las lámparas. Sus pronunciadas y masculinas facciones eran irresistibles para Vanessa.
Sobrepasaba el metro noventa de estatura, con unas espaldas y unos pectorales formidables. Su cuerpo era atlético y poderosamente masculino. Algunas veces Vanessa se asustaba de lo que sentía cerca de él; era algo que no podía controlar ni tampoco entender plenamente.
Se encontraban en la suntuosa residencia que la familia de Zac poseía justo al lado de la de la abuela de Vanessa, en las colinas que dominan Atenas, donde Vanessa pasaba siempre las vacaciones veraniegas. Cada año, la fiesta con que se despedían del verano en la finca de los Efron era lo más destacado del ambiente social del lugar. La Naviera Efron era una de las compañías más importantes del mundo. Y desde el prematuro fallecimiento de su padre dos años antes, Zac había tomado el control de la empresa.
—Vanessa, te va a ver siempre como una amiga salvo que vayas y hagas algo.
—Ya lo sé —Vanessa estaba angustiada. Volvió la atención a la sala. Nunca había hecho nada tan osado. Normalmente prefería esconderse tras un libro o quedarse soñando en la hamaca situada al fondo del jardín de su abuela. Ni siquiera estaba segura de si quería hacerlo. De pronto vio a Zac cruzar la sala, agarrar una botella de una mesa y desaparecer. Eleni la estaba observando.
—Ness, no le des más vueltas, ahora o nunca. Si no lo intentas te vas a arrepentir toda tu vida. Cuando lo vuelvas a ver ya estará casado y tendrá tres niños…
Aquella idea la hizo sentirse físicamente indispuesta… o quizás era el vino que Eleni no dejaba de ofrecerle para infundirla valor. Eleni sostuvo otra vez el vaso. Vanessa hizo un gesto con su cabeza. Sólo con verlo sentía nauseas. Aquélla era la primera vez que había tomado alcohol y no estaba segura de que le gustara.
—Vamos, Vanessa. ¡Ya!
Impulsada por algo más poderoso que ella, aunque acaso fuera el vino y la sensación de que era el momento, Vanessa avanzó entre la gente como en un sueño. Atravesó la puerta por la que se había marchado Zac y salió al patio. Notó cómo una cálida brisa la acariciaba. Estuvo a punto de volver sobre sus pasos, pero al ver a Eleni en la puerta pensó que no había vuelta atrás.
Al principio no consiguió ver a Zac. Estaba tapado por un árbol cuyas ramas caían hasta las piedras de aquel magnífico jardín. Por fin lo encontró. Se había quitado la chaqueta, y su cuerpo alto y atlético descansaba contra el muro. Vanessa sintió mariposas en el estómago. Su cabeza daba vueltas y sus pensamientos fluían desordenadamente mientras se acercaba a él.
«Es ahora o nunca. Si no lo hago, entonces él nunca sabrá lo que siento». Contuvo la respiración y dio unos pasos hacia donde el árbol dejaba entrever una especie de claro. Ajena a los lejanos sonidos de la fiesta, el corazón le latía apresuradamente. Zac estaba de espaldas, pero ella pudo ver que estaba bebiendo de una botella que tenía en la mano. Debió de hacer algún ruido porque él se giró.
— ¿Quién anda ahí? —Vanessa dio unos pasos hacia él—. Vanessa, ¿eres tú?
—Soy yo —respondió, dejándose ver.
—Deberías volver adentro con los demás —dijo mientras se apartaba.
Se sintió dolida por su evidente deseo de estar a solas, por su rechazo. Entonces, un poco tarde, cayó en la cuenta de que había estado de un humor extraño durante toda la noche, ensimismado, como si le acuciase algún problema, lo que en ese momento resultaba aún más claro.
Habiendo llegado tan lejos, Vanessa hizo oídos sordos y siguió caminando hasta ponerse casi a su lado. La deslumbrante vista de Atenas se extendía a sus pies. Su corazón palpitaba tan deprisa, que se sintió algo mareada.
—Me gustaría quedarme, si no te importa.
Él se encogió de hombros y tomó otro trago de la botella. Vanessa se la arrebató por sorpresa y bebió de ella antes de que él pudiera evitarlo. Tosió y escupió al sentir
cómo el alcohol le quemaba la garganta. Él le dio unas palmaditas en la espalda y la ayudó a sentarse en la parte baja del muro, junto a él. Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro.
— ¿Qué pensabas, que era vino?
Vanessa dejó escapar algunas lágrimas, lo que por un momento la puso nerviosa.
— ¿Qué era eso?
—Ouzo.
Sintió un estremecimiento al darse cuenta de que estaban muy cerca el uno del otro. La musculosa pierna de Zac estaba peligrosamente cerca de la suya. Él puso su abrigo sobre los hombros de Vanessa, y ella tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse, para no cerrar los ojos e inhalar su olor hasta el fondo de los pulmones. Sin moverse, permanecieron sentados en silencio durante unos largos minutos. El ambiente parecía hacerse más denso alrededor de ellos, la tensión aumentaba, y Vanessa se preguntó, cada vez más agitada, qué podía decir, cómo romper aquella atmósfera. Pero Zac se volvió de pronto hacia ella.
—Vanessa… ¿por qué has salido aquí fuera? Deberías regresar, está oscureciendo.
Ella lo miró con una expresión de dolor.
—Yo, sólo… —balbuceó—. No me importa sentarme aquí contigo.
Él dejó escapar una leve protesta.
—Lo siento… no soy la mejor compañía esta noche.
Ella puso una mano en su brazo y lo miró.
— ¿Quieres contarme lo que te preocupa?
Él la estuvo observando durante un buen rato, y a ella se le hizo un nudo en el estómago. Zac parecía estar librando alguna lucha interior. Entonces sucedió. Tomó un mechón del pelo de Vanessa y dejó que se deslizara entre sus dedos. Vanessa se quedó sin respiración.
—El color de tu piel es asombroso, ¿lo sabes?
Vanessa hizo una mueca; no sabía dónde meterse.
—Es horrible. Me ruborizo con demasiada facilidad.
«Y estoy muy gorda», pensó. Cualquier inseguridad emergía a la superficie con demasiada facilidad. Él negó con la cabeza.
—No, lo que pasa es que tienes el color de tu madre. El típico rubor inglés.
—Mi padre dice que por eso se enamoró de ella.
En ese momento algo pasó por la cabeza de Zac, y éste soltó el pelo de Vanessa. El instante mágico se había esfumado. Entonces ella supo que ella ya no tendría valor
para hacerlo. Debería haberlo dejado en paz para que luchase a solas con sus demonios.
—Me vuelvo adentro.
Ella se incorporó, pero dio un traspié. Los brazos de Zac acudieron en su ayuda, apresándola contra su pecho para recuperar el equilibrio. Su deseo de marcharse se desvaneció en aquel instante. Ella tenía las manos contra su poderoso pecho. Podía sentir los latidos regulares. Su aroma la rodeó. Ella elevó los ojos para adentrar su mirada en aquellas profundidades oscuras e impenetrables hasta abandonarse, incapaz de disimular el flagrante deseo que manifestaban sus ojos. Se encontraba inmersa en un mar de sensaciones tan intenso, que había perdido todo sentido de la realidad, del espacio y del tiempo.
Levantó indecisa una mano y con un dedo tembloroso dibujó el sensual contorno de la boca de Zac. Podía sentir la respiración de él contra la palma de su mano.
—Vanessa, ¿qué haces?
Lo miró directamente a los ojos y por primera vez en su vida se sintió valiente, llena de algún tipo de poder femenino desconocido e inexplorado. Sin ser consciente de cómo había reunido el coraje, simplemente repuso:
—Esto —y se levantó, cerró los ojos y presionó con sus cálidos y suaves labios los de él.
Al principio él se quedó estático. Vanessa sintió cómo algo se movía dentro de ella, un intenso y doloroso deseo. Comenzó a albergar una esperanza: él no la apartaba, pero ¿la besaría? Sus labios se movieron tentativamente contra los de él. Entonces, de forma abrupta, su mundo entró en erupción. Él la apartó de un empujón, y Vanessa, mareada por el alcohol, casi se cayó hacia atrás, pero los reflejos de Zac reaccionaron a tiempo para sujetarla.
— ¿Qué demonios crees que estás haciendo?
Él la soltó y, de alguna forma, Vanessa se las arregló para guardar el equilibrio. Un chorro de calor subió hasta su pecho para extenderse por todo su cuerpo, pidiendo a gritos ser liberado.
Pero la forma en que Zac la miraba, horrorizado, lleno de desprecio e incredulidad, la hizo sentirse muy mal.
—Yo… te estaba besando —contestó, vacilante.
—Ya lo sé, Vanessa, no soy tonto —repuso, enojado.
—Lo siento —estaba avergonzada—. No sé qué… —se tropezó, y él la sujetó por los hombros.
—No, Vanessa, dime qué demonios ha pasado. ¿Por qué me besaste?
—Porque… —lo miró: estaba tan hermoso bajo aquella luz crepuscular. Algo la quemaba en su interior, disipando su vergüenza. Tenía que decírselo, y tenía que hacerlo en ese momento—. Lo hice porque… —tragó saliva —te amo, Zac.
— ¿Que tú qué? —él se enderezó. Todo su cuerpo se puso en tensión.
—Yo… te amo.
Ni un movimiento. Vanessa vio cómo la miraba. La sorpresa inicial había dado paso a una expresión de desconcierto y, más tarde, de asco. Zac quitó bruscamente las manos de sus hombros.
—Mira, no sé qué es lo que quieres, Vanessa, pero no me gusta. Esta noche voy a anunciar mi compromiso, y si alguien nos hubiese visto… Maldita sea. Mejor vete, Vanessa.
Su cerebro había oído aquellas palabras, pero no las había registrado. ¿Compromiso? ¿Matrimonio? ¿Pero con quién?
Vanessa sintió unas ganas absurdas de reír, pero enseguida se sintió ridícula. Se puso colorada, como una niña sorprendida, jugando a ser mayor vistiéndose con la ropa de su madre. De pronto fue plenamente consciente de lo poco esbelto de su figura y del vestido que llevaba puesto. Se lo había dejado Eleni, pues con él esperaba aparentar más edad, aunque en realidad le quedaba demasiado apretado. Tenía los labios rígidos y entumecidos, y el cuerpo frío.
—Lo siento, Zac… olvídalo. Olvida lo que ha pasado, olvídate de mí —se volvió y salió corriendo escaleras abajo, hacia el jardín, lejos del patio, lejos de todo. Oyó cómo la llamaba, pero no se paró, y él tampoco la siguió.
Las lágrimas descendían por sus mejillas, y cuando por fin se detuvo, se agachó y no dejó de llorar hasta que se le nubló la vista. Lloró por ser tan ingenua y por haber hecho caso a Eleni. No lograba entender qué le había sucedido. Quizás había sido la luna, o un ataque repentino de locura, o el vino… Qué absurdo haber creído que alguien como Zac Efron iba a fijarse alguna vez en ella, y aún menos que iba a querer besarla. Sintió vergüenza cuando pensó cómo se había lanzado a él. Desde luego, de algo estaba segura: nunca más volvería a tomar ni una gota de alcohol.
Apesadumbrada, Vanessa regresó sobre sus pasos. Para volver a su casa tenía que rodear el palacete de los Efron, y al pasar por la terraza fue incapaz de resistirse a echar un vistazo al interior de la casa. La sala estaba en silencio. La numerosa y elegante concurrencia alzaba sus copas para brindar por la recién anunciada unión de Zac con la impresionante mujer que se encontraba a su lado, Pia Kyriapolous, la célebre modelo. Eran una pareja tan atractiva, que los ojos de Vanessa se humedecieron de nuevo.
Al sentir un golpecito en el hombro, Vanessa se dio la vuelta y vio a Eleni, que la miraba con unos ojos que hablaban por sí solos.
—Ay, Vanessa, lo siento mucho —algo en la forma en que Eleni dijo aquellas palabras hizo que Vanessa se quedase completamente inmóvil.
—Por favor, Eleni, dime que no sabías nada de esto.
—Te hice un favor, Vanessa. ¿Acaso te habrías acercado a él de haberlo sabido?
«Por supuesto que no», pensó Vanessa.
De nuevo se flageló a sí misma por ser tan ingenua, y en ese mismo instante supo que algo había muerto dentro de ella. Se alejó de allí, tanto física como mentalmente. Algo en el rostro de Eleni, algo que nunca había advertido antes, le hizo protegerse. Logró levantar la cabeza, del mismo modo a como se lo había visto hacer a su prima cientos de veces, por lo general cuando Zac estaba cerca, y encogiéndose de hombros, dijo:
—No pasa nada, Eleni. Apenas puedo competir con Pia, ¿verdad? —se las arregló incluso para esbozar una sonrisa—. Pero, como tú dijiste, al menos lo intenté, ¿no?
Y por primera vez en su corta vida, con todo el aplomo de que fue capaz, pasó página como un adulto, y se marchó de la fiesta, dejando atrás a su prima y a Zac.
Cuando Vanessa se levantó a la mañana siguiente, el dolor del pecho no había remitido, y tuvo la horrible sensación de que tal vez todo había sido un sueño, aunque, por supuesto, todo había sido real. Su único consuelo era saber que Zac debía de estar en Atenas y que ella tenía que regresar a Inglaterra al día siguiente. Rogó que Zac se quedara en la capital griega hasta que ella se hubiese ido, y que nadie se enterase jamás de lo que había sucedido. Excepto Eleni, quien, al menos, pensó Vanessa con alivio, no había sido testigo de su humillante fracaso.
Sin embargo, al bajar las escaleras se encontró con una escena de ruido y confusión. Su padre, hablando a gritos, estaba agitando un periódico delante de Zac.
— ¿Cómo pudiste? Confiábamos en ti. Por amor de Dios, sólo tiene diecisiete años. Es poco más que una niña. ¿No tienes suficiente con casarte con una de las mujeres más hermosas de Atenas que tenías que liarte con Vanessa?
Nadie la vio bajar las escaleras.
—He aparecido en las páginas centrales de toda la prensa sensacionalista del país y han hundido mi reputación como hombre de negocios. Gracias a tu hija, mi compromiso está roto.
La madre de Vanessa, que tampoco la había visto bajar, se acercó a Zac y le dio una bofetada. La voz de la madre fue la primera en romper el silencio que siguió:
—Siempre supiste lo que mi hija sentía por ti… Eras como un hijo para nosotros.
Vanessa se detuvo. No podía caminar, estaba paralizada. Sintió unas horribles náuseas. Debió de hacer algún ruido, porque todos se giraron hacia donde ella estaba.
No podía creer lo que acababa de presenciar, aquella violencia, y cómo su madre había expuesto sus más íntimos sentimientos a la vista de todos. Zac le arrebató el periódico de las manos al padre de Vanessa. Al ver aquella expresión de ira y desprecio en su cara, ella quiso salir corriendo.
—Tú… —Zac no pudo continuar la frase.
—Efron, sal de esta casa y no vuelvas nunca —le amenazó el padre.
Zac dio la espalda a Vanessa y se encaró con él.
—Créeme, no quiero volver a veros, a ninguno. Especialmente a ella —le lanzó una mirada tan despreciativa, que ella retrocedió. Luego él abandonó la casa.
Vanessa corrió tras él, desoyendo la llamada de sus padres para que volviera. Zac casi había llegado a la puerta que separaba las dos propiedades.
— ¡Espera, Zac! ¡Espera!
Se paró de forma tan repentina, que casi se dio de bruces con él. Se volvió y, con sus poderosas manos, la agarró de los brazos. La expresión de su rostro ya no parecía de cólera, sino de tristeza. Aquello era si cabe más extraño. Ella intentaba encontrar una explicación.
—Creía que éramos amigos, Vanessa. ¿Por qué lo hiciste? Has arruinado todo… ¿y sólo porque no te quería? —hizo un gesto de desaprobación con la cabeza—. Eras la única persona que no parecía esperar nada de mí. Confié en ti y me tendiste una trampa, contándolo todo.
¿De qué estaba hablando?
—No sé a qué te…
Él la interrumpió con una mirada furiosa y con una mueca de desagrado mientras recordaba el descaro con que lo había besado el día anterior. Si de algo estaba ahora seguro era de que nunca había llegado a conocer de verdad a Vanessa Hudgens, ni tampoco a los padres de ella. La familia de Vanessa había sido como una segunda familia para él y, no obstante, lo habían expulsado de sus vidas, de su casa, como a un perro. Había sido un tonto al confiar en ellos. ¡Pensar que él la había considerado inocente, pura… dulce!
—Has crecido mucho en estos dos últimos años, ¿verdad, Vanessa? Actuaste como las demás. Te enteraste de mi compromiso y pensaste que podías inmiscuirte, que también podías intentarlo.
Tenía una expresión tan dura, que Vanessa no sabía cómo no caía fulminada. Y todavía no había terminado.
—No me gustan las chicas de diecisiete años, y además, no tienes lo que necesito.
Le arrojó el periódico a la cara.
—Ah, y la próxima vez que quieras besar y contarlo, si intentas mantener tu identidad en secreto, es mejor no enviar la copia desde tu propia dirección electrónica. Eres una bruja, Vanessa.
Incapaz de articular palabra, observó con la boca abierta cómo él desaparecía de su vista. ¿Su correo electrónico? ¿Besar y contarlo? Como en una horrorosa pesadilla, miró el periódico que había caído a sus pies. Estaba abierto por una página con una foto en blanco y negro de pésima calidad, como si hubiera sido tomada con la cámara de un teléfono móvil. Pero no había duda de que una de las personas que aparecían en la foto era Zac. El chico de oro del mundo de las compañías navieras. Y la mujer con los brazos alrededor de su cuello, desde luego no era Pia Kyriapolous. La chica de la foto no sería identificable para nadie salvo para aquéllos que la conocieran bien, y era claramente demasiado gordita para ser la famosa modelo. Un titular de escándalo.
¡EL NOVIO! ¡LA NOCHE DEL ANUNCIO DE SU COMPROMISO…!
En ese momento, en algún oscuro lugar de su mente, Vanessa se preguntó por qué Eleni se preocupaba tanto, pero se sintió mezquina y reprimió el pensamiento. ¿Acaso Eleni no había sido su confidente? ¿No la había escuchado hablar de Zac con entusiasmo durante años todas las vacaciones de verano? Eleni sólo la estaba ayudando.
—Pero, Eleni, no lo he visto desde hace mucho tiempo —respondió con la voz insegura por los nervios—. Ahora siempre está en Atenas.
«Y un tanto distante, lo que es algo nuevo en él».
—No importa —contradijo Eleni con vehemencia—. Siempre ha sentido debilidad por ti. Sigue siendo el mismo, la única diferencia es que ahora está forrado.
Vanessa tragó saliva.
«Y se ha hecho un hombre… va a reírse de mí».
—Vamos, Vanessa, no te acobardes ahora.
Ella miró a Eleni. Tenía aquella expresión de impaciencia que siempre le había asustado un poco.
Vanessa asintió nerviosa con la cabeza. El corazón le latía con tal fuerza que parecía que se le iba a salir del pecho. Allí estaba él. Por encima de la cabeza de Eleni podía ver a Zac Efron. Veinticinco años y espectacularmente guapo. Tenía el cabello levemente rizado a la altura del cuello, tal vez algo largo, y de un negro tan intenso, que casi parecía azulado bajo las lámparas. Sus pronunciadas y masculinas facciones eran irresistibles para Vanessa.
Sobrepasaba el metro noventa de estatura, con unas espaldas y unos pectorales formidables. Su cuerpo era atlético y poderosamente masculino. Algunas veces Vanessa se asustaba de lo que sentía cerca de él; era algo que no podía controlar ni tampoco entender plenamente.
Se encontraban en la suntuosa residencia que la familia de Zac poseía justo al lado de la de la abuela de Vanessa, en las colinas que dominan Atenas, donde Vanessa pasaba siempre las vacaciones veraniegas. Cada año, la fiesta con que se despedían del verano en la finca de los Efron era lo más destacado del ambiente social del lugar. La Naviera Efron era una de las compañías más importantes del mundo. Y desde el prematuro fallecimiento de su padre dos años antes, Zac había tomado el control de la empresa.
—Vanessa, te va a ver siempre como una amiga salvo que vayas y hagas algo.
—Ya lo sé —Vanessa estaba angustiada. Volvió la atención a la sala. Nunca había hecho nada tan osado. Normalmente prefería esconderse tras un libro o quedarse soñando en la hamaca situada al fondo del jardín de su abuela. Ni siquiera estaba segura de si quería hacerlo. De pronto vio a Zac cruzar la sala, agarrar una botella de una mesa y desaparecer. Eleni la estaba observando.
—Ness, no le des más vueltas, ahora o nunca. Si no lo intentas te vas a arrepentir toda tu vida. Cuando lo vuelvas a ver ya estará casado y tendrá tres niños…
Aquella idea la hizo sentirse físicamente indispuesta… o quizás era el vino que Eleni no dejaba de ofrecerle para infundirla valor. Eleni sostuvo otra vez el vaso. Vanessa hizo un gesto con su cabeza. Sólo con verlo sentía nauseas. Aquélla era la primera vez que había tomado alcohol y no estaba segura de que le gustara.
—Vamos, Vanessa. ¡Ya!
Impulsada por algo más poderoso que ella, aunque acaso fuera el vino y la sensación de que era el momento, Vanessa avanzó entre la gente como en un sueño. Atravesó la puerta por la que se había marchado Zac y salió al patio. Notó cómo una cálida brisa la acariciaba. Estuvo a punto de volver sobre sus pasos, pero al ver a Eleni en la puerta pensó que no había vuelta atrás.
Al principio no consiguió ver a Zac. Estaba tapado por un árbol cuyas ramas caían hasta las piedras de aquel magnífico jardín. Por fin lo encontró. Se había quitado la chaqueta, y su cuerpo alto y atlético descansaba contra el muro. Vanessa sintió mariposas en el estómago. Su cabeza daba vueltas y sus pensamientos fluían desordenadamente mientras se acercaba a él.
«Es ahora o nunca. Si no lo hago, entonces él nunca sabrá lo que siento». Contuvo la respiración y dio unos pasos hacia donde el árbol dejaba entrever una especie de claro. Ajena a los lejanos sonidos de la fiesta, el corazón le latía apresuradamente. Zac estaba de espaldas, pero ella pudo ver que estaba bebiendo de una botella que tenía en la mano. Debió de hacer algún ruido porque él se giró.
— ¿Quién anda ahí? —Vanessa dio unos pasos hacia él—. Vanessa, ¿eres tú?
—Soy yo —respondió, dejándose ver.
—Deberías volver adentro con los demás —dijo mientras se apartaba.
Se sintió dolida por su evidente deseo de estar a solas, por su rechazo. Entonces, un poco tarde, cayó en la cuenta de que había estado de un humor extraño durante toda la noche, ensimismado, como si le acuciase algún problema, lo que en ese momento resultaba aún más claro.
Habiendo llegado tan lejos, Vanessa hizo oídos sordos y siguió caminando hasta ponerse casi a su lado. La deslumbrante vista de Atenas se extendía a sus pies. Su corazón palpitaba tan deprisa, que se sintió algo mareada.
—Me gustaría quedarme, si no te importa.
Él se encogió de hombros y tomó otro trago de la botella. Vanessa se la arrebató por sorpresa y bebió de ella antes de que él pudiera evitarlo. Tosió y escupió al sentir
cómo el alcohol le quemaba la garganta. Él le dio unas palmaditas en la espalda y la ayudó a sentarse en la parte baja del muro, junto a él. Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro.
— ¿Qué pensabas, que era vino?
Vanessa dejó escapar algunas lágrimas, lo que por un momento la puso nerviosa.
— ¿Qué era eso?
—Ouzo.
Sintió un estremecimiento al darse cuenta de que estaban muy cerca el uno del otro. La musculosa pierna de Zac estaba peligrosamente cerca de la suya. Él puso su abrigo sobre los hombros de Vanessa, y ella tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse, para no cerrar los ojos e inhalar su olor hasta el fondo de los pulmones. Sin moverse, permanecieron sentados en silencio durante unos largos minutos. El ambiente parecía hacerse más denso alrededor de ellos, la tensión aumentaba, y Vanessa se preguntó, cada vez más agitada, qué podía decir, cómo romper aquella atmósfera. Pero Zac se volvió de pronto hacia ella.
—Vanessa… ¿por qué has salido aquí fuera? Deberías regresar, está oscureciendo.
Ella lo miró con una expresión de dolor.
—Yo, sólo… —balbuceó—. No me importa sentarme aquí contigo.
Él dejó escapar una leve protesta.
—Lo siento… no soy la mejor compañía esta noche.
Ella puso una mano en su brazo y lo miró.
— ¿Quieres contarme lo que te preocupa?
Él la estuvo observando durante un buen rato, y a ella se le hizo un nudo en el estómago. Zac parecía estar librando alguna lucha interior. Entonces sucedió. Tomó un mechón del pelo de Vanessa y dejó que se deslizara entre sus dedos. Vanessa se quedó sin respiración.
—El color de tu piel es asombroso, ¿lo sabes?
Vanessa hizo una mueca; no sabía dónde meterse.
—Es horrible. Me ruborizo con demasiada facilidad.
«Y estoy muy gorda», pensó. Cualquier inseguridad emergía a la superficie con demasiada facilidad. Él negó con la cabeza.
—No, lo que pasa es que tienes el color de tu madre. El típico rubor inglés.
—Mi padre dice que por eso se enamoró de ella.
En ese momento algo pasó por la cabeza de Zac, y éste soltó el pelo de Vanessa. El instante mágico se había esfumado. Entonces ella supo que ella ya no tendría valor
para hacerlo. Debería haberlo dejado en paz para que luchase a solas con sus demonios.
—Me vuelvo adentro.
Ella se incorporó, pero dio un traspié. Los brazos de Zac acudieron en su ayuda, apresándola contra su pecho para recuperar el equilibrio. Su deseo de marcharse se desvaneció en aquel instante. Ella tenía las manos contra su poderoso pecho. Podía sentir los latidos regulares. Su aroma la rodeó. Ella elevó los ojos para adentrar su mirada en aquellas profundidades oscuras e impenetrables hasta abandonarse, incapaz de disimular el flagrante deseo que manifestaban sus ojos. Se encontraba inmersa en un mar de sensaciones tan intenso, que había perdido todo sentido de la realidad, del espacio y del tiempo.
Levantó indecisa una mano y con un dedo tembloroso dibujó el sensual contorno de la boca de Zac. Podía sentir la respiración de él contra la palma de su mano.
—Vanessa, ¿qué haces?
Lo miró directamente a los ojos y por primera vez en su vida se sintió valiente, llena de algún tipo de poder femenino desconocido e inexplorado. Sin ser consciente de cómo había reunido el coraje, simplemente repuso:
—Esto —y se levantó, cerró los ojos y presionó con sus cálidos y suaves labios los de él.
Al principio él se quedó estático. Vanessa sintió cómo algo se movía dentro de ella, un intenso y doloroso deseo. Comenzó a albergar una esperanza: él no la apartaba, pero ¿la besaría? Sus labios se movieron tentativamente contra los de él. Entonces, de forma abrupta, su mundo entró en erupción. Él la apartó de un empujón, y Vanessa, mareada por el alcohol, casi se cayó hacia atrás, pero los reflejos de Zac reaccionaron a tiempo para sujetarla.
— ¿Qué demonios crees que estás haciendo?
Él la soltó y, de alguna forma, Vanessa se las arregló para guardar el equilibrio. Un chorro de calor subió hasta su pecho para extenderse por todo su cuerpo, pidiendo a gritos ser liberado.
Pero la forma en que Zac la miraba, horrorizado, lleno de desprecio e incredulidad, la hizo sentirse muy mal.
—Yo… te estaba besando —contestó, vacilante.
—Ya lo sé, Vanessa, no soy tonto —repuso, enojado.
—Lo siento —estaba avergonzada—. No sé qué… —se tropezó, y él la sujetó por los hombros.
—No, Vanessa, dime qué demonios ha pasado. ¿Por qué me besaste?
—Porque… —lo miró: estaba tan hermoso bajo aquella luz crepuscular. Algo la quemaba en su interior, disipando su vergüenza. Tenía que decírselo, y tenía que hacerlo en ese momento—. Lo hice porque… —tragó saliva —te amo, Zac.
— ¿Que tú qué? —él se enderezó. Todo su cuerpo se puso en tensión.
—Yo… te amo.
Ni un movimiento. Vanessa vio cómo la miraba. La sorpresa inicial había dado paso a una expresión de desconcierto y, más tarde, de asco. Zac quitó bruscamente las manos de sus hombros.
—Mira, no sé qué es lo que quieres, Vanessa, pero no me gusta. Esta noche voy a anunciar mi compromiso, y si alguien nos hubiese visto… Maldita sea. Mejor vete, Vanessa.
Su cerebro había oído aquellas palabras, pero no las había registrado. ¿Compromiso? ¿Matrimonio? ¿Pero con quién?
Vanessa sintió unas ganas absurdas de reír, pero enseguida se sintió ridícula. Se puso colorada, como una niña sorprendida, jugando a ser mayor vistiéndose con la ropa de su madre. De pronto fue plenamente consciente de lo poco esbelto de su figura y del vestido que llevaba puesto. Se lo había dejado Eleni, pues con él esperaba aparentar más edad, aunque en realidad le quedaba demasiado apretado. Tenía los labios rígidos y entumecidos, y el cuerpo frío.
—Lo siento, Zac… olvídalo. Olvida lo que ha pasado, olvídate de mí —se volvió y salió corriendo escaleras abajo, hacia el jardín, lejos del patio, lejos de todo. Oyó cómo la llamaba, pero no se paró, y él tampoco la siguió.
Las lágrimas descendían por sus mejillas, y cuando por fin se detuvo, se agachó y no dejó de llorar hasta que se le nubló la vista. Lloró por ser tan ingenua y por haber hecho caso a Eleni. No lograba entender qué le había sucedido. Quizás había sido la luna, o un ataque repentino de locura, o el vino… Qué absurdo haber creído que alguien como Zac Efron iba a fijarse alguna vez en ella, y aún menos que iba a querer besarla. Sintió vergüenza cuando pensó cómo se había lanzado a él. Desde luego, de algo estaba segura: nunca más volvería a tomar ni una gota de alcohol.
Apesadumbrada, Vanessa regresó sobre sus pasos. Para volver a su casa tenía que rodear el palacete de los Efron, y al pasar por la terraza fue incapaz de resistirse a echar un vistazo al interior de la casa. La sala estaba en silencio. La numerosa y elegante concurrencia alzaba sus copas para brindar por la recién anunciada unión de Zac con la impresionante mujer que se encontraba a su lado, Pia Kyriapolous, la célebre modelo. Eran una pareja tan atractiva, que los ojos de Vanessa se humedecieron de nuevo.
Al sentir un golpecito en el hombro, Vanessa se dio la vuelta y vio a Eleni, que la miraba con unos ojos que hablaban por sí solos.
—Ay, Vanessa, lo siento mucho —algo en la forma en que Eleni dijo aquellas palabras hizo que Vanessa se quedase completamente inmóvil.
—Por favor, Eleni, dime que no sabías nada de esto.
—Te hice un favor, Vanessa. ¿Acaso te habrías acercado a él de haberlo sabido?
«Por supuesto que no», pensó Vanessa.
De nuevo se flageló a sí misma por ser tan ingenua, y en ese mismo instante supo que algo había muerto dentro de ella. Se alejó de allí, tanto física como mentalmente. Algo en el rostro de Eleni, algo que nunca había advertido antes, le hizo protegerse. Logró levantar la cabeza, del mismo modo a como se lo había visto hacer a su prima cientos de veces, por lo general cuando Zac estaba cerca, y encogiéndose de hombros, dijo:
—No pasa nada, Eleni. Apenas puedo competir con Pia, ¿verdad? —se las arregló incluso para esbozar una sonrisa—. Pero, como tú dijiste, al menos lo intenté, ¿no?
Y por primera vez en su corta vida, con todo el aplomo de que fue capaz, pasó página como un adulto, y se marchó de la fiesta, dejando atrás a su prima y a Zac.
Cuando Vanessa se levantó a la mañana siguiente, el dolor del pecho no había remitido, y tuvo la horrible sensación de que tal vez todo había sido un sueño, aunque, por supuesto, todo había sido real. Su único consuelo era saber que Zac debía de estar en Atenas y que ella tenía que regresar a Inglaterra al día siguiente. Rogó que Zac se quedara en la capital griega hasta que ella se hubiese ido, y que nadie se enterase jamás de lo que había sucedido. Excepto Eleni, quien, al menos, pensó Vanessa con alivio, no había sido testigo de su humillante fracaso.
Sin embargo, al bajar las escaleras se encontró con una escena de ruido y confusión. Su padre, hablando a gritos, estaba agitando un periódico delante de Zac.
— ¿Cómo pudiste? Confiábamos en ti. Por amor de Dios, sólo tiene diecisiete años. Es poco más que una niña. ¿No tienes suficiente con casarte con una de las mujeres más hermosas de Atenas que tenías que liarte con Vanessa?
Nadie la vio bajar las escaleras.
—He aparecido en las páginas centrales de toda la prensa sensacionalista del país y han hundido mi reputación como hombre de negocios. Gracias a tu hija, mi compromiso está roto.
La madre de Vanessa, que tampoco la había visto bajar, se acercó a Zac y le dio una bofetada. La voz de la madre fue la primera en romper el silencio que siguió:
—Siempre supiste lo que mi hija sentía por ti… Eras como un hijo para nosotros.
Vanessa se detuvo. No podía caminar, estaba paralizada. Sintió unas horribles náuseas. Debió de hacer algún ruido, porque todos se giraron hacia donde ella estaba.
No podía creer lo que acababa de presenciar, aquella violencia, y cómo su madre había expuesto sus más íntimos sentimientos a la vista de todos. Zac le arrebató el periódico de las manos al padre de Vanessa. Al ver aquella expresión de ira y desprecio en su cara, ella quiso salir corriendo.
—Tú… —Zac no pudo continuar la frase.
—Efron, sal de esta casa y no vuelvas nunca —le amenazó el padre.
Zac dio la espalda a Vanessa y se encaró con él.
—Créeme, no quiero volver a veros, a ninguno. Especialmente a ella —le lanzó una mirada tan despreciativa, que ella retrocedió. Luego él abandonó la casa.
Vanessa corrió tras él, desoyendo la llamada de sus padres para que volviera. Zac casi había llegado a la puerta que separaba las dos propiedades.
— ¡Espera, Zac! ¡Espera!
Se paró de forma tan repentina, que casi se dio de bruces con él. Se volvió y, con sus poderosas manos, la agarró de los brazos. La expresión de su rostro ya no parecía de cólera, sino de tristeza. Aquello era si cabe más extraño. Ella intentaba encontrar una explicación.
—Creía que éramos amigos, Vanessa. ¿Por qué lo hiciste? Has arruinado todo… ¿y sólo porque no te quería? —hizo un gesto de desaprobación con la cabeza—. Eras la única persona que no parecía esperar nada de mí. Confié en ti y me tendiste una trampa, contándolo todo.
¿De qué estaba hablando?
—No sé a qué te…
Él la interrumpió con una mirada furiosa y con una mueca de desagrado mientras recordaba el descaro con que lo había besado el día anterior. Si de algo estaba ahora seguro era de que nunca había llegado a conocer de verdad a Vanessa Hudgens, ni tampoco a los padres de ella. La familia de Vanessa había sido como una segunda familia para él y, no obstante, lo habían expulsado de sus vidas, de su casa, como a un perro. Había sido un tonto al confiar en ellos. ¡Pensar que él la había considerado inocente, pura… dulce!
—Has crecido mucho en estos dos últimos años, ¿verdad, Vanessa? Actuaste como las demás. Te enteraste de mi compromiso y pensaste que podías inmiscuirte, que también podías intentarlo.
Tenía una expresión tan dura, que Vanessa no sabía cómo no caía fulminada. Y todavía no había terminado.
—No me gustan las chicas de diecisiete años, y además, no tienes lo que necesito.
Le arrojó el periódico a la cara.
—Ah, y la próxima vez que quieras besar y contarlo, si intentas mantener tu identidad en secreto, es mejor no enviar la copia desde tu propia dirección electrónica. Eres una bruja, Vanessa.
Incapaz de articular palabra, observó con la boca abierta cómo él desaparecía de su vista. ¿Su correo electrónico? ¿Besar y contarlo? Como en una horrorosa pesadilla, miró el periódico que había caído a sus pies. Estaba abierto por una página con una foto en blanco y negro de pésima calidad, como si hubiera sido tomada con la cámara de un teléfono móvil. Pero no había duda de que una de las personas que aparecían en la foto era Zac. El chico de oro del mundo de las compañías navieras. Y la mujer con los brazos alrededor de su cuello, desde luego no era Pia Kyriapolous. La chica de la foto no sería identificable para nadie salvo para aquéllos que la conocieran bien, y era claramente demasiado gordita para ser la famosa modelo. Un titular de escándalo.
¡EL NOVIO! ¡LA NOCHE DEL ANUNCIO DE SU COMPROMISO…!
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