martes, 22 de febrero de 2011

Capítulo 4

antes k nada le kiero dedicar este cap a mi amiga angela k hoy culple años felicidades y estero k te guste


— ¿Cómo?

—Sí, Vanessa, ha llegado el momento de que pagues por lo que hiciste hace siete años. ¿Creías que nunca te pasaría factura? Reconozco que no lo tenía planeado; me hacía feliz pensar que nunca nos volveríamos a ver, pero al encontrarnos la otra noche… —una mueca se dibujó en su rostro; buscaba las palabras adecuadas—, eso y una desafortunada serie de circunstancias a las que debo hacer frente… en fin, todo esto ha sido puramente fortuito.

Una pesadilla. Estaba viviendo una pesadilla, no podía ser otra cosa. La mente de Vanessa se desprendió de todo. Miraba a su alrededor, aturdida, y no podía ver más que parejas cenando. Parecían de verdad. De repente volvió a la realidad: alguien la llamaba por su nombre.

—Toma, bébete esto.

Desde el otro lado de la mesa, Zac le ofrecía una copa llena de un líquido de color ámbar oscuro que había pedido tras la cena. Ella negó violentamente con la cabeza y le apartó la mano.

Él la miró. Su voz sonaba insoportablemente dura.

— ¿Se puede saber qué es lo que te pasa?

Ella sacudió la cabeza, ignorando su pregunta.

— ¿Por qué demonios quieres casarte conmigo, Zac? No lo entiendo.

Él dejó su copa en la mesa y sonrió de forma algo siniestra.

—No te preocupes, Vanessa, no es que quiera casarme contigo. Cuando mi tío Dimitri murió, me dejó su parte de la Naviera Efron. Es la única que todavía escapaba a mi control.

Ella lo miró, aún conmocionada.

—Era algo de esperar. Nunca ocultó que deseaba que yo la heredase.

Ella asintió vagamente, incapaz de articular palabra.

—Pero su testamento albergaba una sorpresa. Dimitri tenía bastante sentido del humor, y él sabía lo que yo pensaba acerca del matrimonio —imperturbable, respondió a la mirada que Vanessa le había dirigido sin ni siquiera darse cuenta—. Nunca lo haría por propia voluntad. No ha nacido la mujer con la que quiera casarme.

Una punzada de dolor atravesó el corazón de Vanessa. Pero Zac era ajeno a los estragos que estaba causando en su interior. ¿Acaso ella le había hecho algo parecido?

Él interrumpió sus pensamientos.

—En el testamento estipuló como condición que debo casarme antes de los seis meses siguientes a su muerte si no quiero perder su parte de la compañía —una mueca acompañó a sus palabras—. Es como si mi tío supiera que ésta era la única forma de hacerme ceder ante su ridícula visión romántica de la vida.

Vanessa hizo un esfuerzo por centrarse en el discurso de Zac para evitar así caer en un torbellino de emociones.

—Pero ¿es que su parte de la compañía era tan grande?

—No, pero se trata de una parte clave. Como sabes, cuando mi padre murió me hice con el control del negocio.

Vanessa sintió una inesperada compasión al recordar el caos de aquella época. Pero Zac no apreciaría su preocupación o interés, y menos aún su compasión. ¿Y cómo era capaz siquiera de sentirse comprensiva?

—El testamento de Dimitris especifica que, de no casarme en el plazo de seis meses, sus acciones serán para la Naviera Stakis.

Vanessa se quedó boquiabierta. Las dos compañías, la Stakis y la Efron, eran enemigas irreconciliables. Hasta ella sabía eso. Tratos bajo cuerda, rumores de vínculos con el narcotráfico y la prostitución ilegal… Stakis era la oveja negra del mundo de las compañías navieras y el único emporio empresarial capaz de hacerse con la Naviera Efron. Si lo que decía Zac era cierto, y si él no se casaba, Stakis adquiriría aún más poder.

Zac no podía evitar sentir placer ante las expresiones que ponía Vanessa, ante su evidente comprensión del mundo de donde él venía.

—Mi tío, en un intento de verme felizmente casado, me ha colocado en una situación de suicidio profesional si no contraigo matrimonio.

—Ya sé que no es un escenario ideal, pero ¿de verdad es tan terrible lo que puede pasar si no te haces con la herencia de Dimitris?

Él asintió con la cabeza.

—Las acciones que obraban en su poder tienen una importancia estratégica en el mercado. Es la pieza que mantiene todo el edificio en pie. Sin ellas, todo se podría venir abajo. Y él sabía lo repugnantes que me parecen las prácticas de Constantine Stakis. Él ha estado esperando una oportunidad como ésta durante años. El matrimonio parece un precio pequeño para mantener el legado de mi familia intacto y evitar que Stakis pueda causarnos daño.

Otra vez aquella palabra: matrimonio. Su cerebro la rechazaba. Vanessa negó con la cabeza.

—Imposible. No podría. No puedo.

Zac sintió una oleada de irritación y rabia. ¿Por qué le contaba todo aquello? Contrariado, hizo un gesto con la mano.

—Todo esto resulta innecesario. Ni siquiera te mereces una explicación. Todo lo que necesitas saber es que el destino de tu familia depende de mí, y el único modo de salvarlos es casándote conmigo. En caso contrario, tu familia ya puede despedirse de su fortuna.

—Pero, eso es… absurdo… arcaico. Tú no quieres tener nada que ver conmigo; me odias.

Él se volvió a inclinar hacia delante.

—El odio es la otra cara del amor, Vanessa. Claro que no te odio —la recorrió con la mirada de tal manera que ella lo pudo sentir en su piel—. Pero sí que te deseo.

Atónita, sintió un escalofrío. Los ojos de él se habían oscurecido y había bajado ligeramente los párpados. Parecía soñoliento.

¿Él la deseaba? ¿Por qué semejante confesión le había producido a Vanessa un sentimiento de excitación en todo su cuerpo en lugar de dolor o de asco?

—Bueno, yo, desde luego, no te deseo, Zac, así que sería algo no correspondido —tenía la espalda tan tensa, que le dolía. Su propia voz le sonó artificial y manifiestamente poco sincera.

Antes de que ella pudiera apartarse del peligro, él la volvió a tomar de la mano. Vanessa sintió el latido traicionero de la sangre entre sus piernas y las apretó con fuerza. Él, con la mirada, estudió al detalle el cuerpo de ella, empezando por el rostro, deteniéndose en el pulso acelerado de su cuello y terminando en el pecho, donde una respiración rápida y entrecortada hacía poco por disimular su agitación. Ante el hormigueo en sus pechos y la erección de los pezones, Vanessa suspiró por que él no se diera cuenta de la reacción.

Seguro de sí mismo, volvió a posar sus ojos en los de ella.

—Una vez me deseaste, Vanessa, y todavía me deseas. Si ahora mismo me levantara del asiento, diera la vuelta a la mesa y te besara, no te resistirías.

La sola idea le dejó a Vanessa la boca seca.

—Tienes una opinión muy elevada de ti mismo –dijo ella con escaso convencimiento, sabedora de que sus palabras no tendrían el menor efecto.

No había nada que pudiera hacer para parar lo que se le venía encima. Sin embargo, jugó una última baza.

— ¡Isabelle Zolanz! ¿Cómo te vas a casar conmigo si estás saliendo con ella? ¿Por qué no te casas con ella? Al fin y al cabo sois pareja —algo se le revolvió en su interior al decir aquello, y tuvo que disimular su reacción.

Él le soltó la mano y sacudió la suya en un característico gesto griego de rechazo.

—Isabelle ya no forma parte de mi vida.

A Vanessa le sorprendió la frialdad de su tono.

—No me pareció la otra noche que ella lo supiera.

—Ahora ya lo sabe —repuso, zanjando cualquier discusión al respecto.

Vanessa pudo imaginarse lo brutal que había sido y sintió lástima por la otra mujer.

Si no lo había hecho ya, tenía que asumirlo. El joven que ella había conocido, la persona de quien había sido amiga y confidente, había cambiado radicalmente. En su lugar había un despiadado hombre de negocios, un verdadero macho dominante. Y ella tenía algo que ver en aquella transformación. Nunca debió haberle abordado aquella noche. Pero ya era tarde para arrepentirse y lamentar lo que pasó. Ya era demasiado tarde.

Ella intentó razonar con él.

—No lo haré, Zac. Es una locura. Siento lo que sucedió, de verdad lo siento. No fue mi intención.

«Mentirosa… Aquella noche fuiste a por él».

Ella tragó saliva y reprimió sus dolorosos pensamientos.

—No puedes castigarme por algo que tuvo lugar cuando tenía diecisiete años.

— ¿Diecisiete años? —se rió amargamente—. No eras ninguna ingenua, Vanessa. Recuerdo cómo eras con Giorgio… Tenías al pobre chico besando por donde pisabas. Tenías casi los dieciocho, estabas a punto de ir a la universidad, de convertirte en una persona adulta. Sabías perfectamente lo que estabas haciendo —sacudió la mano en un gesto de impaciencia—. Pero esto ya no tiene que ver con el pasado. De hecho, todo ese asunto ha llegado a aburrirme. Tiene que ver con el presente. Todo lo que hace el pasado es ofrecerme una pequeña posición de fuerza respecto a ti. Una pequeña retribución, endulzada por un deseo muy intenso.

La invadió un sentimiento de tristeza. Él estaba tan equivocado. Ella no había pensado en Giorgio desde hacía años. Era otro amigo de sus primos, y lo único que había hecho era aprovecharse de su insistencia para intentar, sin éxito, dar celos a Zac. Pero lo había hecho con la inocencia e inconsciencia propias de una adolescente. Nunca le cupo la menor duda de que Giorgio era lo bastante fuerte como para encajar su negativa; de hecho, éste no tardó en buscar el consuelo de otra prima. ¿Acaso debía ser castigada por cada pequeña falta?

Ella negó, taxativa, con la cabeza.

—No, no lo haré. No puedes obligarme —«por favor», añadió para sí. Él no tenía ni idea del terrible castigo que supondría para ella.

—Demasiado tarde. Ya lo tengo decidido. Si no te casas conmigo, tu tío Alexis sufrirá las consecuencias. Por cierto, ¿no tenía tres hijos estudiando en los Estados Unidos?

— ¡Ya basta! —el pánico atenazaba su voz—. Eres un sinvergüenza.

Él inclinó su cabeza.

—No, Vanessa, no lo soy. Debo casarme cuanto antes, y tú has aparecido en el momento oportuno. Además, estás sin compromiso y eres una mujer muy atractiva.

— ¿Entonces es eso? ¿Sólo me quieres porque satisfago tus estándares de perfección física?

Él dibujó una leve sonrisa.

—Distas mucho de la perfección física, Vanessa, no te equivoques. Sin embargo, por alguna razón me siento más atraído por ti de lo que me he sentido por ninguna mujer desde hace mucho tiempo… Así que no creo que vaya a haber ningún problema en nuestra noche de bodas cuando vengas a buscarme.

A pesar de todo aquel descaro, Vanessa sólo reaccionó a la afirmación de que accedería de buen grado a acostarse con él.

—Nunca me…

—Sí, sí lo harás —la interrumpió bruscamente—. Y voy a disfrutar con cada momento de esta dulce venganza, con cada paso, con cada parte de tu cuerpo que vas a descubrir según vayas entregándote a mí, como hiciste hace siete años. ¿No crees que, ahora que necesito una mujer, es justo que ocupes el lugar de Pia después de impedir mi matrimonio con ella?

Vanessa no pudo reprimir un escalofrío al escuchar aquellas palabras. Y sabía que no lo motivaba el miedo. Odiaba a ese hombre y no tenía escapatoria.

— ¿Cómo puedo estar segura de que le darás el préstamo?

—Podría ver cómo tu familia se hunde. Dios sabe que estoy en mi derecho. Pero al contrario de lo que crees, Vanessa, no soy tan cruel. Puedes dar por hecho que el día de la boda tendrá el dinero.

Ella sintió unas ganas terribles de salir corriendo de allí y alejarse lo más posible, pero estaba segura de que él terminaría por encontrarla. Abatida, se reclinó en la silla, incapaz de mantenerse erguida ante semejante condena.

—A pesar de lo que puedas pensar, no busco su sufrimiento —añadió él.

Ella se dio cuenta de que tenía que hacer algo, tenía que intentar hacerle entrar en razón. Debía de haber un ser humano debajo de aquel hombre impasible. En ese momento, sacó fuerzas y apeló al Zac que había conocido tiempo atrás.

—Zac… —él comenzó a interrumpirla, pero ella levantó la mano—. Por favor, déjame decirte algo —le suplicó, mirándolo con intensidad—. Nunca acudí al periódico con aquella historia. Nunca habría hecho algo así. Tú me conocías.

Él guardó silencio mientras Vanessa, desesperada, se esforzaba por convencerlo.

— ¿Por qué iba a hacerlo, Zac? ¿Por qué?

El cuerpo de él, a tan sólo unos centímetros del de ella, estaba tenso. Hizo un gesto como de no tomárselo en serio.

—Muy sencillo, porque eras una más de una larga lista de gente que pensaba que podía ganar dinero a mi costa. ¿Fue tu padre quien te empujó a hacerlo para saldar sus deudas, Vanessa? ¿O lo hiciste porque sí, para llamar mi atención? Aquel día te dije que no me interesaban las adolescentes —su boca dibujó una mueca—, pero si hubieras venido a mí como eres ahora…

Recorrió todo su cuerpo con una mirada cargada de deseo. Ella debería haber sentido asco; debería haberla enfadado, pero no fue así. En realidad, la hizo sentirse sofocada y confundida.

Pero él no había terminado.

—Para decirte la verdad, hace tiempo que me dejó de interesar por qué lo hiciste —negó con la cabeza—. Cambiaste Vanessa. La chica que conocí nunca me habría intentando seducir para conseguir una fotografía.

A ella le invadió de nuevo un sentimiento de dolor y humillación. No podía creer que él hubiera pensado eso de ella.

Vanessa se mordió el labio con tanta fuerza, que pudo sentir el sabor de su sangre. Como si su rechazo no la hubiera dolido lo suficiente aquella noche, él tenía que repetir una y otra vez lo inoportunos y desagradables que habían sido sus requerimientos amorosos. Todos los intentos por que escuchara, para que entrara en razón, parecían estar condenados al fracaso.

—Lo siento. No tengo palabras para decirte cuánto lo siento.

—Ya es un poco tarde.

Aquellas palabras la golpearon como un latigazo, estremeciéndola de dolor.

—Pero en realidad no sucedió de esa manera. Yo no…

—Déjalo ya —su rostro expresaba desprecio e incredulidad—. Había tres personas allí esa noche: tú, yo y quienquiera que fuera tu fiel fotógrafo. Una lástima que fuera tan sólo un aficionado… pero fue suficiente.

Ella se desplomó de nuevo en su asiento, apesadumbrada por su crueldad y cinismo. Y ahora que ya sabía lo que él quería, todas las vías de escape estaban clausuradas. No podía seguir insistiendo en su inocencia y tampoco podía explicar lo que en verdad había pasado, ya que ello involucraría a una persona incapaz de defenderse de ese peligroso Zac. En el funeral de los padres de Vanessa, Eleni, casi histérica, se había acercado a su prima con un terrible sentimiento de culpa. Le contó todo: cómo la había seguido hasta el patio, sacado la fotografía, entrado en su correo electrónico y enviado la historia a la prensa.

Durante un momento efímero, Vanessa pudo abstraerse del presente para recordar aquel doloroso día en que coincidieron el entierro de sus padres y la confesión de Eleni. Vanessa siempre había albergado alguna sospecha, pero escucharlo de sus labios era algo muy diferente. Perplejidad, ira, consternación, dolor… sentimientos todos ellos suscitados al conocer la verdad de boca de su prima. Cuando había estado a punto de reaccionar contra Eleni, el marido de ésta entró en escena y le explicó con todo detalle por qué Eleni había actuado de aquella manera. Ése era precisamente el motivo por el cual Vanessa no podía defenderse ahora.

Se enteró de que su prima había tenido una crisis nerviosa y había estado en tratamiento tras sufrir varios abortos. Vanessa había visto el dolor en el rostro del marido de Eleni. Sólo tras aquel incidente, y con el beneficio que representa la madurez y el contemplar las cosas en retrospectiva, Vanessa pudo ver lo enamorada que Eleni había estado de Zac, aunque también lo manipuladora que siempre había sido, especialmente en todo lo que tenía que ver con él.

Sin embargo, Vanessa era consciente de que, a pesar de lo que hizo Eleni, si ella no hubiera ido tras Zac aquella noche, nada de lo que sucedió después habría ocurrido. Ella era la única culpable de su propio comportamiento, más allá de las consecuencias que acarreó o de su total ausencia de malicia. Y ahora Zac tenía en su mano el futuro de la Naviera Hudgens. Derrotada, posó sus ojos en él.

—No tengo elección, ¿verdad?

Él respondió con calma.

—Por supuesto que sí, Vanessa. Siempre hay una elección. La tuya es muy sencilla: si te marchas ahora, tu tío no recibirá un solo euro y, por lo tanto, tu familia se verá en la ruina. En cambio, si accedes a casarte conmigo, contará con el préstamo y podrá superar la crisis.

Ella hizo la pregunta fatídica.

— ¿Cuánto tiempo estaríamos…?

Él se encogió de hombros.

—Tanto como yo quiera, Vanessa. El día en que me aburra de ti, en que pierda el interés, ése será el día en que nos divorciemos. Sólo entonces podrás dar por terminado nuestro matrimonio.



Listoo! Espero que les guste!! Besos

2 comentarios:

  1. :O Aceptara???
    Creo que le toco..
    jaja
    probre VAnessa
    ..
    siguela pronto..
    me encanto
    :D

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  2. hay amiga gracias x la dedikarme ste capitulo!!!y pz claro k me enkanto!!!!
    stubo super genial siguela pronto.........
    no me dejes asi y osea komo zac le dic k staran
    kasados el tiempo k el kiera???
    osea Nessa no es una kosa la cual puede
    desechar cuando el kiera!!!!
    bueno siguela pronto y gracias =) te kiero!

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